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20 Abril, 2017
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¿Comerse la placenta?

Hace un par de años las mujeres comenzaron a pedir su placenta en clínicas y hospitales, para usos rituales y medicinales. Entre ellos, comer un pequeño trozo, por sus beneficios postparto. La tendencia agarró tal fuerza, que el Ministerio de Salud acaba de emitir un decreto que obliga a entregar el órgano si la madre lo pide.

Por Daniela González y Sofía Merino / Ilustración: Paloma Moreno


Paula 1224. Sábado 22 de abril de 2017. Especial Madres.

Un órgano transitorio

La placenta se desarrolla a partir de la misma célula que da origen al bebé y que contiene, por ende, su misma información genética. Este órgano –que es transitorio, porque solo se da en una gestante– se inserta en los tejidos uterinos y alimenta de sangre y oxígeno al embrión, cubriéndolo. A su vez, a través de ella, el feto traspasa el dióxido de carbono y otras sustancias metabólicas al torrente sanguíneo de la madre, para ser eliminados. La placenta contiene hierro, minerales y sustancias que regulan la inmunidad y la coagulación sanguínea, además de hormonas responsables de la producción de la leche, como la oxitocina, y de vitamina K, que tiene una función antihemorrágica y que es inyectada al recién nacido en los centros hospitalarios.

Una reglamentación para todos. 

La primera regulación en Chile para permitir la entrega de placentas, una normativa que se inició en 2009, estaba reservada solo a la V y VIII regiones, con el fin de respetar las prácticas rituales de las etnias rapa nui y mapuche. Pero después de un trabajo de dos años, que incluyó mesas de diálogo entre el Ministerio de Salud, Seremi, Colegio de Matronas y varias organizaciones comunitarias de mujeres, se produjo un cambio rotundo: en marzo se publicó la normativa y se habló por primera vez de la placenta como un órgano –y no como un desecho biológico–, por lo que todos los establecimientos de salud, públicos o privados, están obligados a entregar la placenta si la madre la pide. Hay una sola condición: que presente exámenes que certifiquen que no hay peligro de transmisión de enfermedades virales. “Falta, eso sí, un trámite para el que se dispuso un plazo hasta mayo: publicar la norma técnica que fijará todas las condiciones necesarias para la entrega de la placenta”, cuenta Elizabeth Duarte, partera y doula, quien participó activamente en conseguir esta modificación reglamentaria y que hoy es miembro de una red iberoamericana sobre recomendaciones y usos de la placenta.

En las clínicas privadas hay distintas reacciones: algunas se encuentran a la espera de la normativa técnica, como la Clínica Alemana, y otras llevan varios años entregando la placenta cuando una mujer la pide, como Indisa –que entregan una o dos a la semana– y Las Condes, quienes señalan que el 50% de quienes prefieren el parto natural, solicitan la placenta.

Testimonio: Mi ritual con la placenta

Por Javiera Rossel, periodista (32)

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Javiera y su hija Antonia, junto al matico.

“La primera vez que escuché que la placenta se podía comer pensé que jamás haría algo así. Me lo comentó una doula, cuando estaba embarazada. Ella no la había comido, pero sí la había plantado en un palto, siguiendo creencias ancestrales. ‘A lo más podría hacer lo mismo’, pensé.

Me tomé mi embarazo con mucha responsabilidad: estudié, reporteé, averigüé. Quería vivir el parto en serio, ser participante de ese momento, entonces decidí tener un parto natural respetado, no intervenido. Para prepararme, llegué a un taller con dos doulas que, además, trabajaban con la placenta. Era la segunda vez que escuchaba del tema, pero esta vez fue distinto. Entendí que comer la placenta era una parte mínima dentro de un proceso mucho más profundo y la fui concibiendo como un órgano sagrado: aparece solo durante la gestación, contiene toda la información genética del hijo, permite la conexión madre-hijo y los une durante la gestación. Me hizo total sentido. Así, tomé la decisión de pedir mi placenta en la clínica para comer un trozo de ella, para hacer una lectura de su estado, hacer cápsulas, rendirle honores y plantarla junto a un árbol. Cuando le conté a mi pareja, me miró raro. Pero ya me había mirado así cuando le dije que iba a tener parto natural sin anestesia, entonces no se sorprendió tanto y fue respetuoso. Mi madre también lo fue, aunque al principio me dijo que mejor lo mantuviera en reserva, porque la gente no lo entendería. Para lograr que la clínica me entregara la placenta, tuve que mandar una carta formal antes del parto y presentar varios exámenes protocolares para que me dieran el visto bueno.

En marzo del año pasado y tras 18 horas de parto, nació de manera natural mi hija Antonia. Una vez que di a luz y alumbré la placenta, una de mis doulas fue silenciosamente con un cooler pequeño y la guardó allí. Horas después preparó un batido con frutillas, arándanos, frambuesas, un poco de miel y un trozo de un centímetro de placenta. Lo tomé. Y aún recuerdo ese sabor. Fue como un elixir, un shot de energía, estaba exquisito. Me sentí tan viva, tan mujer, tan animal; había parido de forma natural, me sentía querida, amaba a mi hija, era tanta la felicidad, tanta oxitocina corriendo dentro mío. Tomé batidos los dos días siguientes. La placenta, que había sido inmediatamente congelada para no romper la cadena de frío, fue descongelada dos semanas después en mi casa, para hacer una lectura, que consistía en verla en su totalidad e interpretarla. Mi placenta tenía toda su parte derecha calcificada, dura. Era muy loco, porque durante mi embarazo tuve parálisis facial del lado derecho y, por casi 6 meses, no pude sonreír ni mover la cara. Mi embarazo no fue fácil. Murió un familiar de forma violenta y tuve mucho estrés. Y creo que mi placenta protegió a mi hija de todas esas emociones negativas. Fue mi lectura poética y me hizo sentido.

Después, pusimos la placenta sobre una tela y quedó estampada su forma: es como un árbol de la vida. Las doulas deshidrataron la parte que no estaba calcificada e hicieron 30 cápsulas, que me fui tomando en el tiempo. En mayo, dos meses después, rendimos honores a la Antonia y plantamos la placenta en un matico que se estaba secando. Hoy es un árbol maravilloso lleno de hojas verdes. Ese día hicimos un nuevo ritual con las mujeres de mi familia materna y las invitadas le regalaron un don a mi hija. Ella va a saber que ese es su árbol, que tiene su placenta y que será suyo para toda la vida. Fue el mejor cierre para un parto maravilloso y lo volvería a hacer de la misma manera”.

Un estudioso español

Trece años de estudio ha dedicado el español Sergio Sánchez, doctor en Medicina, para ahondar en los beneficios de ingerir la placenta, especialmente en el impacto que esta tiene en la bioquímica de la sangre y en la leche de la madre. “Las diferencias entre madres que ingieren y las que no, son sorprendentes”, dice este investigador, cuyo trabajo es el primero en el mundo en demostrar beneficios tan claros de su consumo, en términos bioquímicos.

El estudio consistió en tomar muestras de sangre en un grupo de madres que había ingerido placenta y otro que no. También se analizaron muestras de placenta y de leche materna a la tercera semana y al tercer mes después del parto. Aquellas que la habían ingerido, tenían 11 aminoácidos más en la sangre que las que no comieron. Los aminoácidos son importantísimos para fabricar neurotransmisores, hormonas, proteínas y para dinámicas inmunológicas. Estas muestras las enviaron a la Universidad de Maastricht en Holanda, donde se descubrió una diferencia significativa en la actividad de la vitamina K en las madres que habían ingerido placenta y las que no. “Esta vitamina es radical, porque es antihemorrágica y la hemorragia en el postparto es una de las complicaciones más frecuentes. Además, tiene oxitocina, lo que ayuda a contraer el útero”, explica Sánchez, quien este año probablemente visitará Chile para un seminario sobre el tema. Todo ser humano que no ingiere placenta, añade, tiene déficit de vitamina K, por eso es que a todos los recién nacidos hay que inyectarles esta vitamina para evitar hemorragia. www.canariasbiomedica.com

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Hace un año y medio, la American Journal of Obstretrics & Gynecology, la revista científica más prestigiosa de ginecología y obstetricia, publicó una edición especial sobre la placenta humana, en la que se afirma que se trata de un órgano multitalentoso, pero aún misterioso. Le dedicó 20 estudios médicos. www.ajog.org

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En Chile los mapuches creen que la placenta lleva el espíritu de la madre y del niño y por ello debe ser enterrada debajo de un árbol nativo, para darle protección y fortaleza al hijo. Los rapa nui, por su parte, antiguamente también la devolvían a la tierra junto con una planta, para no olvidar dónde se enterró. De esa manera se creía que se le alargaba la vida al bebé.

Más allá del prejuicio

Por Antonia Ochsenius, doula y facilitadora de medicina de la placenta

El uso de la placenta es una tradición ancestral que las parteras, en muchísimas culturas, han utilizado para los cuidados postparto de la madre y del bebé, ya sea para el consumo o para rituales. Ellas han mantenido vivo este conocimiento –que proviene de la naturaleza mamífera– y que hoy la ciencia felizmente comienza a descubrir.

Su uso no se puede estandarizar, porque se trata de una medicina personalizada hecha por y para la madre y el bebé, que tiene una dimensión física –de sus beneficios en el cuerpo humano– y espiritual, por un sinfín de rituales que son sanadores, sin consumirla necesariamente. En mi labor de facilitadora de la medicina de la placenta, veo cómo al estar en presencia de este órgano, espontáneamente se va revelando algo, ya sea en la palabra o en el silencio. Algo se completa, se cierra. Las madres, los padres u otros familiares presentes se estremecen al conocer la placenta del recién nacido, y es asombroso ver cómo van trascendiendo los prejuicios culturales, el nervio inicial, y se da una profunda conexión que es muy difícil de explicar. Se trata de una sensibilidad humana, mamífera y espiritual en torno al nacimiento, al misterio de la vida. La naturaleza es perfecta, y los avances en torno al nacimiento no deben ser trasladados solo al territorio médico. Es tarea de todos educarnos y propiciar que lo que soñamos para el nacimiento de nuestros hijos sea posible.

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