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26 julio, 2016
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La biología del placer

¿Por qué nos gusta tanto hacer algunas cosas y otras no? ¿Qué pasa en el cerebro cuando estamos frente a un potencial estímulo placentero? La neurociencia investiga cada vez con más interés el poder que tienen los placeres en la conducta humana, desde los más banales, hasta los que permiten perpetuar la existencia. Acá, el neurobiólogo chileno Francisco Aboitiz, director del Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la UC, explica por qué.

Por Ximena Heinsen / Ilustración: Fabián Rivas


Paula 1205. Sábado 30 de julio de 2016

Fue gracias a un error. En 1954, mientras ayudaba al neurosicólogo Peter Milner en un experimento que hacía para comprender el comportamiento de las ratas, el estudiante de sicología James Olds, implantó con un par de milímetros de equivocación, el electrodo que debía llegar al segmento reticular del animal, la zona del cerebro que estaban estudiando. Después de presionar por primera vez una palanca que activaba el electrodo en su cerebro, la rata comenzó a apretarla frenéticamente, ya que con el pequeño error de cálculo de Olds, lo que en realidad se le estaba estimulando era lo que ha sido llamado centro del placer.

“La ratita se dio cuenta que si apretaba la palanca le llegaba una descarga eléctrica. Y le quedó gustando, porque era muy rico. Entonces se quedó apretándola, miles de veces por hora, no quiso hacer otra cosa. Al punto que dejó de comer y terminó muriendo”, explica el neurobiólogo Francisco Aboitiz, doctorado por la Universidad de California y director del Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la UC. El descubrimiento que hicieron por esos años Milner y Olds en la McGill University de Canadá, dio paso a otros posteriores que permitieron a los neurocientíficos determinar el sistema del placer, comandado desde el cerebro por dos centros –el área del tegmento ventral y el núcleo accumbens–, que se conectan a través de neuronas en un complejo proceso bioquímico donde la dopamina, un neurotransmisor, cumple un rol fundamental. “El núcleo accumbens es parte de un centro del cerebro donde se activan todos los programas motores para movernos, para dejar una situación como está y cambiarla de tal manera de llegar a consumar eso que causa placer. Lo que sea. Es el centro de la motivación”, dice Aboitiz, cuyo trabajo se ha centrado en el déficit atencional, el trastorno neurosiquiátrico más común en la infancia y que está estrechamente relacionado con desbalances en el sistema del placer.

¿Qué es el placer?
Es una respuesta de motivación a una fuente de consumación. El placer es lo que nos motiva a consumar algo, ya sea sexo, comida, estar con la pareja o interactuar socialmente. Es lo que lleva a los seres humanos a consumar una acción. Es nuestro motor. Pero más que el placer mismo, que es pasajero, lo realmente importante es el recuerdo del placer. Es la memoria del placer lo que realmente nos motiva. El recuerdo de haberse tomado una rica copa de vino en un lugar, o haberse sentido relajado tomando sol en la playa… Eso es lo que mueve a las personas a tener conductas, hábitos, que asocian con el placer.

¿Qué sentido tiene que sintamos placer?
Hay dos elementos naturales que son la versión más obvia del placer, que son aquellas cosas que nos permiten sobrevivir y mantener la especie. El sexo y la comida. Esos son los placeres más básicos. Y tiene mucho sentido que nos den placer, porque es algo que vamos a buscar. Un poquitito más arriba está la gratificación social, el afecto. Desde la guagua que siente placer al ver a su mamá y viceversa. El afecto para nosotros como seres humanos es muy importante. En base a esas tres cosas –comida, sexo y gratificación social– nosotros construimos nuestras vidas. Y claro, después hay placeres como: “me gustaría pegarme un viaje, qué rico, pero ahora no tengo plata”, entonces ese impulso inmediato pasa a ser un impulso a largo plazo, porque es mucho más postergable que nuestros placeres básicos.

 

¿Por qué se ha interesado la neurociencia en entender cómo funciona el sistema del placer?
Porque es de una importancia tremenda. Hoy día sabemos que es mucho más importante de lo que se pensaba antes, es lo que se llama la conducta motivada.

Si es tan importante en términos de motivarnos a la acción, ¿por qué se condena el placer? ¿Por qué nos educan para evitarlo?
Para la ciencia el placer no es ni bueno ni malo. Si hay un juicio es por un tema absolutamente cultural. Y es lógico que sea así, porque para vivir en sociedad uno necesita controlar ciertos impulsos, si no, no podríamos sobrevivir. Uno puede tener el impulso de querer irse a la piscina, porque es rico, pero lo posterga porque tiene que estudiar. Es lo que en neurociencia se denominan mecanismos top down, que es cuando logras controlar los impulsos inmediatos en pos de un placer mayor, como puede ser la satisfacción de obtener un título universitario y sobresalir socialmente. Pero postergar un placer más impulsivo por uno mayor al final también es una conducta regida por el placer, solo que a otro nivel. Si yo me controlo de comer voy a estar más flaco, y me voy a sentir mejor.

“El placer es lo que nos motiva a consumar algo, ya sea sexo, comida, estar con la pareja o interactuar socialmente. Es lo que lleva a los seres humanos a consumar una acción. Es nuestro motor”, dice el neurobiólogo Francisco Aboitiz.

¿Todos experimentamos las sensaciones placenteras de la misma manera?
Es subjetivo. Cuando se activa el sistema del placer por supuesto que se producen efectos a nivel orgánico, hay vasodilatación por ejemplo y otros efectos probablemente relacionados con la liberación de sustancias que ocurre en el núcleo accumbens por la acción de la dopamina, principalmente endorfinas. Pero cómo es que la activación de este núcleo produce la sensación subjetiva de placer, es un tremendo misterio. De hecho, ha sido llamado el “problema duro” (the hard problem) de la neurociencia, y hay muchos que piensan que es de verdad insoluble, ya que nunca podremos explicar cómo un grupo de neuronas puede generar una experiencia mental subjetiva.

O sea no es tan simple como que comemos chocolate, liberamos endorfinas y nos sentimos bien…
En realidad muchas de las endorfinas tienen más que ver con procesos de respuesta al dolor que con sensaciones placenteras, porque al final el dolor y el placer son dos caras de una misma moneda. Todo lo que nos da placer, en el fondo, deriva de sistemas de control del dolor. Hay quienes plantean que incluso la búsqueda del placer, se basa en que te empiezas a sentir mal. De los adictos se dice que buscan la droga para sentir sensaciones placenteras. Pero, ¿por qué esa búsqueda del placer, esa memoria del placer es tan importante? Porque se empiezan a sentir mal y aparece un sistema de compensación para hacerle el quite al dolor.

¿Y qué pasa con la serotonina, llamada comúnmente la hormona de la felicidad?
La serotonina es un neurotransmisor parecido a la dopamina, pero tiene que ver con el estado de ánimo, que es crónico, y no con la motivación y el placer, que es algo agudo. El sentirse feliz o deprimido se relaciona con la estabilidad anímica, por eso a los depresivos les dan estimuladores de la serotonina.

¿Se puede hablar de un buen o mal manejo del placer?
Hay enfermedades de este sistema del placer, la más obvia, es la adicción.

A nivel clínico, ¿cuáles han sido las aplicaciones más relevantes de los descubrimientos que se han hecho sobre el funcionamiento de este sistema?
El mayor impacto ha tenido que ver con el estudio, diagnóstico y tratamiento de las conductas adictivas de todo tipo, ya que al final, todas se tratan de un descontrol de la liberación de dopamina en el núcleo accumbens. Otro ámbito importante ha sido el tratamiento del trastorno por déficit atencional e hiperactividad, que afecta principalmente a niños que tienen un déficit en el sistema de transmisión de dopamina. Hemos visto que ellos tienen dificultades en mantener el foco de atención mientras tienen que ejecutar una tarea cognitiva monótona, precisamente porque su cerebro es extremadamente sensible a los estímulos que, por su propia novedad, les causan un placer más inmediato. Son mucho más impulsivos e hiperactivos que niños capaces de postergar un placer por otro cuya compensación es a largo plazo, como el aprendizaje. Una de las grandes complicaciones de estos niños es que tienen una alta incidencia en trastornos adictivos si no son tratados adecuadamente.

¿Qué predispone a una persona a tener un buen o un mal manejo del sistema del placer?
Existen antecedentes genéticos que predisponen, pero no determinan, a conductas adictivas y a déficit atencional, y curiosamente son del mismo tipo: la mayoría asociados a mutaciones en genes del sistema dopaminérgico. También existen causas sicosociales como el abandono, la deprivación o la pobreza, que son probablemente más importantes.

¿Son postergables los placeres?
Todo lo puedes postergar incluso la conducta sexual. Lo que no puedes postergar para siempre es el deseo de comer y beber agua.

La dicha de comerse un pollo asado

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Una mujer que no ha comido hace horas va de compras al supermercado. Cuando está en el pasillo del aseo, huele un pollo rostizado y empieza a salivar. Va, lo compra, se lo come y es tremendamente feliz. ¿Qué pasa en esa persona que puede llegar a sentirse tan plena con un simple pedazo de pollo asado? Según explica el neurobiólogo Francisco Aboitiz, lo que ocurre a nivel biológico es que se activa el sistema del placer, comandado desde el cerebro por dos núcleos –el área tegmental ventral (ATV) y el núcleo accumbens–, que son responsables de todos los procesos bioquímicos que nos llevan a generar conductas placenteras. Las células del tegmento ventral de esa persona, que están conectadas con todos los sentidos, captan el olor del pollo y se ponen alerta, pues están ante un estímulo potencialmente placentero. Las células de esta área, las neuronas dopaminérgicas, se conectan con las del núcleo accumbens, donde liberan la dopamina, que es un neurotransmisor, y ahí se desencadenan una serie de procesos que son los que en definitiva llevan a esa persona a moverse, comprar el pollo, comérselo y sentir satisfacción al hacerlo.

El buen sexo
Según datos que maneja el Instituto del Bienestar (www.institutodelbienestar.cl), que dirige la sicóloga Mónica López, existen varios modelos dentro de la sicología que plantean que las experiencias placenteras aportan al bienestar. Entre ellas, el sexo. De acuerdo a varias investigaciones, son muchos los beneficios que se asocian a una sexualidad placentera. El sicólogo Jaime Sánchez, miembro del Instituto del Bienestar, se refiere a los más destacables:

Reduce el estrés: pionero en la investigación sexual en EE.UU. en los años 40, Alfred Kinsey estimó que el sexo reducía el estrés y que las personas que tenían una vida sexual satisfactoria eran menos ansiosas y violentas. Esto puede corroborarse con los hallazgos que indican que el contacto sexual libera oxitocina (la hormona del apego) la que reduce la secreción de cortisol (la hormona del estrés crónico).

Mejora las defensas: de acuerdo al ginecólogo Dudley Chapman, los orgasmos aumentan un 20% las células del sistema inmune.

Regula el ciclo menstrual: una investigación del doctor Winnifred Cutler concluyó que las mujeres que tenían sexo una vez por semana tenían ciclos menstruales más regulares.

Alivia el dolor: según un estudio de la Rutgers University las mujeres que tenían orgasmos regularmente desarrollaban umbrales al dolor más elevados cuando sufrían enfermedades como la artritis. Al tener un orgasmo, los niveles de oxitocina se elevan 5 veces sobre lo normal, lo que se acompaña de un aumento de endorfinas que alivian el dolor.

Lleva a una vida más longeva: un estudio de la Universidad de Duke para el que se le hizo seguimiento a 252 personas por más de 25 años determinó que la frecuencia sexual en hombres era un predictor significativo de su longevidad, no así en las mujeres donde el indicador asociado a una vida más larga fue la capacidad de disfrutar del sexo.

Ayuda a tener una vida feliz: según estudio de la Universidad de Warwick y el Dartmouth College, que analizó la felicidad y vida sexual de 16.000 personas, habría una asociación positiva entre una rica vida sexual y la felicidad. Las personas más felices del estudio eran los casados, quienes tienen, en promedio, un 30% más relaciones sexuales que los solteros.

 

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