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20 abril, 2017
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Parir en Estados Unidos

¿Qué hace una chilena embarazada de 41 semanas –cuya guagua no se anima a nacer–, en un país donde la cesárea es el último recurso? Aquí, una periodista de Paula cuenta su experiencia de un trabajo de parto de 40 horas, incluida una propuesta para usar fórceps y un espejo de cuerpo entero, para ver los avances.

Por Manuela Jobet


Paula 1224. Sábado 22 de abril. Especial Madres.

Hace dos años me vine a vivir a Evanston, una ciudad chica al norte de Chicago, con seis meses de embarazo y llena de prejuicios sobre lo que sería tener a mi primer hijo acá: no te ponen anestesia, los doctores son fríos, no te hacen ecografías, evitan la cesárea como seaDado que mi marido era estudiante y yo no podía trabajar por la visa, nos dieron un seguro del Estado que cubría 100% las consultas y también el parto, que en el sistema privado cuesta alrededor de 10 mil dólares. Erie, mi centro de salud, me pareció agradable, al igual que la doctora. La primera vez que fui me pidieron un test de orina para corroborar mi embarazo –aunque era muy evidente–, y me dieron la orden para la única ecografía que me harían; en Chile, hasta las 27 semanas me habían hecho siete, todas de rutina. En Estados Unidos las evitan porque aumentan la temperatura corporal y eso podría provocar algún problema, una muestra más del espacio que ha ido ganando todo lo natural en este proceso. Otra es que mientras en Chile el 49% de los partos son cesáreas, la cifra en Estados Unidos alcanza un 32%. Asimismo, no hacen episiotomías, ya que los doctores no las consideran necesarias y los métodos de inducción son progresivos y muy variados según los resultados que se vayan dando en el camino.

A las 37 semanas los controles comenzaron a ser semanales. Al cumplir las 40, me monitoreaban cada tres días, mientras la ansiedad crecía por ausencia de síntomas de parto. Lo mismo pasaba en mi entorno. A diario recibía mensajes y mails pidiendo novedades. Me sentía presionada. Me angustiaba también la idea de que mi mamá tendría que volver a Chile y yo seguiría esperando. Y la notaba inquieta, nerviosa de que la guagua se iba a “pasar”. Yo me tranquilizaba por el simple hecho de estar en Estados Unidos. Hasta que llegué a la semana 41 y 5 días y pusimos fecha para la inducción: el 5 de diciembre a las 4 de la mañana me interné en el hospital. Dilatación cero, cuello del útero completamente cerrado y ni atisbos de contracciones. Sería largo. La doctora de turno me explicó el procedimiento: nada de remedios orales. Empezaríamos con una sonda para ablandar el cuello del útero. Recién 12 horas más tarde podríamos ver los resultados. Mi frustración creció cuando la doctora me advirtió que todo el proceso podría durar hasta tres días. 12 horas más tarde, recién tenía un centímetro de dilatación. Estaba agotada y me puse a llorar. La doctora lo veía como un gran avance; yo lo único que quería a esas alturas era estar en Chile. Allá, pensaba, ya me habrían sacado a Santiago, por cesárea. Pero no, tocaba pasar al siguiente paso: introducir una sonda con globos en los extremos que lentamente irían inflando con agua para presionar el cuello del útero. Seis horas más.

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Manuel, mi marido, y mi mamá no se despegaron de mí en ningún minuto. Eran las 4 de la mañana. Llevaba un día entero en esa pieza con persianas y música de Eddie Vedder de fondo. Afuera nevaba. Entonces entró la doctora –una nueva, porque hubo cambio de turno– y me dijo que estaba con dilatación cuatro y decidió romperme la bolsa para acelerar el proceso. Al poco rato empezaron las contracciones y llegó la salvadora epidural.

Como ya no sentía dolor, y solo me daba cuenta de las contracciones a través de un monitor, a ratos dormía y soñaba con un vaso enorme de coca light con harto hielo. 12 horas después estaba completamente dilatada, pero Santiago no bajaba lo suficiente para empezar a pujar. Autumn, la enfermera que me acompañaba desde las 7 de esa mañana, me ponía de lado para ayudarlo a encajarse bien. Con una paciencia infinita, me prometió que antes de las 7 de la tarde, que terminaba su turno, esto habría terminado.

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Empecé a pujar, pero sin éxito. Manuel me daba una mano, mi mamá la otra y Autumn me explicaba qué tenía que hacer. Me costaba entender las instrucciones. Tanto esfuerzo y cansancio me dio fiebre. Tenía acidez y sentía que las energías se me iban apagando. Ya llevaba una hora en eso cuando entró una doctora a ver cómo íbamos. Me habló de usar fórceps. Por primera vez sentí terror. Le pregunté sobre los riesgos y le pedí recomendaciones, pero solo me decía que habían riesgos neurológicos y que por eso debía firmar un papel. La decisión era mía. Enojada y asustada saqué fuerzas y en un inglés vergonzoso le dije furiosa que no iba a usar fórceps, que no le firmaría ningún papel y que si iba a ser cesárea, que me la hicieran ahora porque no podía más. Pero la cesárea nunca fue una opción, porque ni Santiago ni yo estábamos en riesgo, me dijeron. Rematé suplicándole a Autumn que sacara a la doctora de la pieza. No quería a nadie más ahí. Volví a empezar a pujar y esta vez me ofreció traer un espejo de cuerpo. Me explicó que ir viendo los avances me ayudaría. Trajo, además, una barra metálica con forma de arco a la que le amarró  dos tiras de género. La idea era que, al venir la contracción, me agarrara de ellas para pujar con más fuerza. Todo me parecía muy primitivo, pero dio resultados. Finalmente empezó a asomarse la cabeza de Santiago, y no alcancé a darme cuenta cuando salió: 4 kilos 100 gramos y 54 centímetros de largo. Yo lloraba. Manuel cortó el cordón umbilical y cayó desplomado sobre una silla. Estaba tan cansado como yo. Eran las 18:42 del 6 de diciembre. Mi trabajo de parto había durado 40 horas. Me pregunté después qué hubiese pasado en Chile, y pensé que probablemente todo hubiese durado menos gracias a una cesárea. Y, aunque no las veo como algo negativo, el parto normal ha sido por lejos la mejor experiencia que he vivido.

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Costear el embarazo

El Estado de Illinois entrega un seguro llamado All Kids a niños que cumplan con dos requisitos: haber nacido en el Estado y que sus padres no superen un ingreso anual que varía según la cantidad de integrantes de la familia. Al estar mi marido estudiando y yo no poder trabajar, no teníamos ingresos, por lo que cumplimos con las calificaciones. Bajo la premisa que “todos los niños merecen la oportunidad de crecer sanos”, All Kids no discrimina por condición inmigratoria de los padres. El seguro cubre visitas médicas, hospitalización, remedios con receta, dentista y oftalmología. Se hace efectivo desde el embarazo, con lo que la madre tiene cobertura para chequeos médicos y beneficios como un sacaleches eléctrico doble, y hasta el año de vida del niño cuando se puede re postular cada 12 meses.

Mi segundo hijo

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Esta vez me tocó vivir la experiencia desde otro punto de vista. Ahora mi marido trabaja y tenemos un buen seguro de salud que nos cubre gran parte de los gastos médicos. Por eso pude elegir a mi doctora, quien me monitorearía durante el embarazo y el parto. Durante los 9 meses me hicieron 4 ecografías: a las 9 semanas para confirmar el embarazo; a las 13 para descartar síndrome de down y trisomía 18; a las 20 para ver y evaluar el crecimiento y anatomía del feto, y una última de rutina a la semana 22. Recién a las 20 semanas supe que tendría otro hombre. El parto fue inducido en la semana 39 para evitar un parto tan largo y una guagua grande como había sido Santiago. Llegué al hospital con dos centímetros de dilatación. Como el proceso ya había empezado, la idea era acelerarlo con oxitocina a la vena. Eran dosis muy bajas que subían cada media hora. Me internaron a las 4 de la mañana y a las 6 de la tarde en punto nació Gaspar. ¡Un parto rapidísimo para mí!

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