Slow Beauty

Belleza

Slow Beauty

Por Andrea Hartung

En una sociedad donde todo se hace tan rápido como sea posible y en la que se exigen resultados en tiempo récord, la industria de la belleza perdió sus rituales y se empezó a enfocar solo en los resultados, dejando de lado la experiencia. El slow beauty nace como una ‘contratendencia’ para devolver las pausas a la rutina, poniendo el foco en tratamientos integrales.

“Resultados en 30 días” o “baja de talla después de ocho sesiones” son promesas que dan cuenta del ritmo vertiginoso con el que convivimos a diario y de la rapidez con la que esperamos ver cambios. Esta misma mentalidad es la que nos lleva a pensar que no existen arrugas buenas y que madurar de un cuerpo de 20 a uno de 40 años es una verdadera maldición. Para hacer frente a esta vorágine de inmediatez y de negación a los procesos naturales es que hace una década comenzó a sonar el concepto ‘slow beauty’, y que en los últimos meses está ganando terreno en Europa, Estados Unidos y también en Chile.

Así como el slow fashion llegó para contrarrestar la producción masiva y en serie de indumentaria, el slow beauty busca volver a las bases de la belleza integral, demostrando que nuestro estilo de vida y el tiempo que nos regalamos todos los días influye también en cómo nos vemos y sentimos.

En su artículo de la era del fast beauty a la era del slow beauty, el valor posmoderno (2007), la científica de la Universidad de Komazawa Kaori Ishida, da luces de un movimiento que por ese entonces recién comenzaba: “Fast beauty es belleza estandarizada, para la cual la juventud es indispensable. Por lo tanto, el efecto inmediato de mantener y buscar juventud es un requisito para los cosméticos. Opuesto a esto, el slow beauty es un valor estándar para el próximo escenario social. Es la diversificación del valor de la belleza (…) y la belleza se va adquiriendo todos los días de manera acumulativa”.

Según escribe la investigadora en el International Journal of Cosmetic Science, tenemos que reencontrarnos con el valor y la dignidad de envejecer, sin dejar de cuidarnos, pero tomándonos el tiempo y dándoles un sentido hedonista y placentero a los tratamientos. Por ejemplo, darnos el espacio para que la rutina de belleza dure al menos media hora y hacerlo de forma relajada, conectándonos con cada paso.

Otra ‘activista’ del slow beauty es Shel Pink, quien hace varios años fundó sparitual.com y que en noviembre pasado publicó el libro Slow beauty: rituals and recipes to nourish the body and feed the soul (Slow beauty: rituales y recetas para nutrir el cuerpo y alimentar el alma).

Para ella este método funciona “porque es un estilo de vida, no un arreglo rápido; es trabajar desde el interior para vernos y sentirnos mejor que nunca”. Ella relaciona este movimiento con el slow fashion del mundo de la moda, en cuanto no solo implica llevar a cabo rituales sino que además tener conciencia sobre los productos que usamos: que no testeen en animales, que tengan tan pocos químicos como sea posible, y que estén en línea con el comercio justo.

EXPERIENCIA SLOW

En Lisboa, Bio Day Spa ofrece servicios de slow beauty, donde se cuida la piel con rituales personalizados, que se realizan usando productos orgánicos, libres de químicos. Handmade Beauty, en tanto, se encuentra en Madrid y entre sus servicios ofrecen el Ritual Facial Mother Earth, que promete revitalizar y nutrir la piel usando productos como la palta, la zanahoria y el higo. La gracia de estos dos centros, más que sus tratamientos, es su atmósfera; las luces bajas, los aromas suaves y la música son fundamentales para que las personas salgan sintiéndose completamente revitalizadas.

En Chile, María Olga Estrada, cosmetóloga y dueña de Clínica MOE, lleva implementando este sistema hace varios años. “Slow beauty es darse tiempo para conectar con uno mismo, volver al ritual de belleza pausado disfrutando de la energía de manos sabias y sanadoras en un ambiente especialmente preparado para conectarse con el placer de cuidarse”, explica. Y añade: “En estos tiempos de prisa hemos perdido los antiguos y maravillosos rituales de belleza y la conexión con la alegría de vivir; hasta los momentos de placer se han convertido en una carrera de obstáculos. Un ejemplo son las mascarillas faciales, que pasaron de ser un ritual de media hora a un mero trámite de cinco minutos frente al espejo”.

María Olga cuenta que no es raro que lleguen pacientes con la expectativa de un tratamiento rutinario, pero que de solo mirarlos se nota que tienen la mente ocupada con problemas que no les permitirán relajarse ni disfrutar del tratamiento: “Ahí yo les digo que hoy no los voy a tratar, pero les pido que se sienten, les ofrezco un té y empiezo a conversar con ellos, hasta que logran desahogarse”.

Otro caso similar es el de Zapatitos Rojos Wellness Boutique, donde la experiencia comienza al cruzar la puerta de entrada, en el momento en que una anfitriona pide a sus clientes que se quiten los zapatos y los cambia por unos cómodos calcetines o pantuflas blancas y ofrece una taza de agua de hierbas. “Nuestro compromiso es ofrecer tratamientos naturales y amorosos, como el peeling, que en este caso se realiza con ácidos naturales, que estimulan la regeneración normal de la piel, sin exigir, sin sustancias extrañas, y lo hacemos en no menos de ocho sesiones que no son invasivas ni irritan la piel”, explica Karen Espinoza, cosmetóloga y dueña del lugar.

Respecto a los procesos vitales que la filosofía del slow beauty intenta respetar, Karen añade: “Sabemos que con el paso del tiempo vamos a envejecer; sin embargo, nos preguntamos por qué esta piel luce con arrugas o rosácea, por qué tiene acné… y ahí suele haber una respuesta relacionada con aquello a lo que estamos constantemente expuestos, al clima y a nuestros propios hábitos. Cuando tomamos conciencia de esto es más fácil sanar y mantener un buen resultado”.

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