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Jun 25

Lapsus adolescente

Columnas

Por Alejandra Parada.

Parezco una frutilla. Todo por culpa de mi hermana, que se le ocurrió regalarle a mi marido para su cumpleaños tres espejos de aumentos distintos -¡enormes!-  para pegar en nuestro baño. Muy estilosos -acero oscuro, mango como de boxeo-, pero tremendamente atractivos para una personalidad como la mía: adictiva, y seca, desde chica, para detectar espinillas, puntos negros, granos subcutáneos y cuánta imperfección pueda existir en la piel humana por mínima que sea.

No me acuerdo cuando me reventé el primer grano, pero sí de haber torturado intensamente a mi primer pololo para que me dejara pellizcarle la espalda en la playa. A lo 15 tenía una piel de guagua que se convirtió en un desastre a los 18, en el segundo año de universidad. No sé si fue el maravilloso aire santiaguino –antes vivía en Viña- o los nervios de zambullirme a full en un medio mucho más competitivo y estresante, pero lo cierto es que a cada lado de la cara empezaron a formárseme unas verdaderas montañas asquerosas que no sabía cómo tratar. Después de cortarme una melena francesa que no hizo más que aumentar el problema, me apliqué agua de quillay –que hervía por horas en una olla gigante- con el ortodoxo método de reventarme todo con aguja incluida. Imagínense cómo me quedó la cara y la autoestima en esa época. ¡Fatal! Por suerte los anticonceptivos me salvaron de la depresión endocrina, regulando mis hormonas y matando el problema de un tiro.

Desde esa época que mi cutis no había sido tema. Tengo una rutina de limpieza diaria –mañana y noche- y una piel normal que resiste con dignidad el paso del tiempo, con sus arrugas y las eufemísticas líneas de expresión. Hasta que me topé frente a frente con los famosos espejos, que me hipnotizaron en mala.
Partí mirándome las cejas. Sólo para chequear si había que sacar la pinza y retocar. Media hora de trabajo más tarde, bajé hasta el contorno de ojos. ¡Horror! ¡Las patas de gallo llegaban hasta el continente asiático en profundidad! Me hice una máscara de huevo, me eché cuanta crema humectante encontré, incluidos rosa mosqueta y aceite humano, guardados en el baúl de los recuerdos desde mi cesárea.

Pero no fue sino hasta llegar a la nariz cuando la ansiedad se manifestó en su máxima expresión. La famosa Zona T, desde el inicio del naso hasta la pera, quedó en segundos convertida en papilla. Mis dedos se volvieron locos. Reventé todo, pese a que mi cerebro oía a mi mamá y a la dermatóloga gritar al mismo tiempo: “Alejandra, ¡te estás charqueando la cara!”. Sabía que tenían razón pero no podía parar. Magnificados por el aumento de los espejitos mágicos, cada poro de mi cara se transformó ante mis ojos en un depósito de basura que había que limpiar. Apreté, apreté y apreté. Me saqué de encima el estrés de días mientras lo hacía y fui feliz. Pero no calculé que el alivio era momentáneo: cuando recuperé la cordura era la versión humana y femenina de Rudolf el reno. ¡Qué rosácea ni qué ocho cuartos! Efectivamente, me había hecho mierda la cara y parecía, ya lo dije, un frutillón.

Por suerte al día siguiente hacía frío. Me puse gorro y bufanda hasta las orejas y partí a la oficina con una reserva de hielo en el cooler de mano para aplacar la hinchazón. Sólo mostré más que los ojos cuando se me desinflaron los rastros del ataque de furia. Pero para entonces ya estaba furia conmigo misma por idiota.

Mi marido todavía se ríe de mi flashback adolescente. Quiere llevarme a los juegos Diana para ver cómo reacciono antes los espejos deformantes. Yo no le encuentro la gracia, francamente. En cuanto a los espejitos, ahí siguen, día tras día. Pero ni los miro. Me da pánico que me vuelvan a atrapar.

7 comentarios en " Lapsus adolescente "

  1. Miranda dice:

    No será mucho? … digo yo …

    Julio 1, 2009 a las 7:54 pm

  2. Constanza Phuss dice:

    ohh identificada completamente con la historia aunque yo tengo 20 años .
    Es inevitable , hay espejos en todos lados y el deseo incontrolable de reventar el maldito grano es de locos.
    puedo estar pasando por una tienda y si tiene espejo y lo vi , lo unico que pienso es que esta estorbando y que debo llegar a mi casa a eliminarlo .

    Julio 1, 2009 a las 1:28 am

  3. Pamela dice:

    incre

    Junio 29, 2009 a las 7:17 pm

  4. Jacinta dice:

    Que perdida de tiempo compañera!!

    Junio 29, 2009 a las 6:43 am

  5. Natalia dice:

    Que miedoo..

    Junio 28, 2009 a las 5:48 pm

  6. Camila dice:

    Qué divertido! Tengo una amiga que hace exactamente lo mismo. Cuando estábamos en el colegio, si por algo se caracterizaba era porque en cada clase, sacaba su espejito tipo casa e ideas, su pinza, y empezaba entre pinza y dedos a reventar todo lo que viera en su cara, y cuando la convencíamos de que no, no tiene nada más que reventar, comenzaba a mirar nuestras caras con aires sospechosos, y yo como siempre, arrancaba, me dan terror sus dedos, jajaja.
    Muy divertida la columna, suerte

    Junio 28, 2009 a las 5:27 pm

  7. Anónimo dice:

    que puedo decir………
    me senti mas q identificada con la historia !
    que desgracia esa cuando una se encuentra frente al espejo y miles de voces te dicen q no lo hagas pero uno sigue vailentemente y ataca…y ahi queda la caga totalyabsolutamente
    pase un buen rato leyendo tu historia
    ohh
    realmente me senti identificada

    Junio 28, 2009 a las 4:38 pm

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