Nov 01
Mi amante Brian
Por Teresa Campano.
No lo presentaba a mis amigas, lo ocultaba de mis padres, mis primas no lo invitaban a ninguna junta por informal que fuera. No enganchaba con mis compañeros; escuchaba cumbia villera, usaba zapatillas enormes y caras, y cantaba tan fuerte Luna del grupo Ráfaga que daban ganas de arrancar. La verdad es que no había como integrarlo, si decía “shile” y comía chicle con la boca abierta. Pero lo reconozco: Brian, el príncipe del amor, algo tenía que me traía loquita. Eso era, hacía el amor como los dioses.
Fue hace harto tiempo, cuando yo estudiaba y él ayudaba a su papá, dueño de un minimarket bien concurrido en la Vega. El príncipe B trabajaba sólo en la mañana, porque recuerdo que en las tardes siempre estaba desocupado. Una de esas tardes me fue a buscar a la universidad y nos fuimos a un motel en Estación Central. Me dijo que quería que fuera “suya”, así bien cursi. Y a mí me encantó. Nunca habíamos tenido sexo y, entrando al motel, de regalo nos entregaron dos pisco sour, pero en copas de helado. Y claro, cómo no mencionar las dos bolsas de chubi que venían en la bandeja. ¡Anda a pedir otra cosa! Me pregunto cuándo y cómo se les ocurrió que el chubi era combinable con el alcohol, pero en fin. Claro a Sir Brian no le hizo ni cosquillas, lo encontró de lo mejor, si hasta dijo: “Yo a los chubi desde chico que los he encontrado bien bacanes, la pulenta”. Pero lo más lindo fue abrir la cama y encontrar una moneda de cinco pesos en medio de las sábanas: “¡Cha, estamos con suerte, Tere, mira platita!”-exclamó-. Tres plops de Condorito.
Pero el preámbulo y el reconocimiento del lugar terminaron pronto y nos fuimos a la acción. En donde realmente se manejaba. Porque sacó a relucir todos sus recursos sexuales y sus atributos físicos, y obvio, el príncipe de la Vega, lo hacía impeque. Él tenía fuerza y actuaba con decisión. Era lejos el macho más ardiente del continente. De ahí en adelante una cierta necesidad se apoderó de mí. Una necesidad de su cuerpo, de sus manos, de su boca gruesa. Su manera considerada de tratarme como una princesa. A veces, cuando estudiaba con mis compañeras en la noche, recordaba su valerosa y brava manera de hacerme perder la razón y me daban ganas de tomar un taxi y volar hacía el motel del Chubi.
Incluso al principio me parecía como full entrete ir a moteles con él. Lugares en donde se esmeraba para seducirme, a su manera, claro. e acuerdo que todas las tardes me traía una mandarina extraída del minimarket de su taita. Y como Cris Angel, el mago más taquilla, mientras estábamos en pleno coito, Brai (para los amigos) sacaba de la nada la mandarina y me la ponía frente a la cara. ¡Una mandarina pa’ la reina! –decía-. Una mandarina para la reina. ¿Habían escuchado algo tan…tan…sublime?
Una vez fuimos con su papá, que era igualito a Barry White y rey de los minimarket, a la casa que tenía esta “familia real” en el Quisco. Fuimos en la van del padre, ¡y qué menos! ¡Una van para familión, como estrellas de la televisión! Si ahí lo que menos faltaba era la plata, y nos fuimos felices escuchando sound. La Yasna (hermana chica del príncipe) me hacía trencitas en el pelo y la mamá, o sea la Reina Madre, me daba insistentemente la receta del bistec de pana con ajo, mientras se engullía tres sanguches de arrollado huaso sin asco.
Mientras que el Barry White chileno se empeñaba en hacer bromas de súper buen gusto como: “Oye Brayatan, a penas salga la luna llena te tení’ que llevar a la Teresita a las rocas…Ya sabí de lo que hablo, campeón. Yo les presto un chalcito chilote, el mismo que ocupé con la vieja. ¿Cierto, vieja, que ese chal vale oro? Chupalla, si la lana hablara”. Qué considerado era este padre de familia ¡Trágame Volcán Llaima o tápame con tu ceniza! –pensé-. Prefiero quedar llena de arena en la playa y hacerlo a lo natural, que depositar mi trasero en el mismo lugar donde Barry poseyó a su mujer, la de la pana con ajo y donde probablemente concibieron a mi cuasi pololo.
Fue como un tanto traumático ese paseo. Y, si mal no recuerdo, fue como el principio del fin. En la noche fuimos a las rocas y Brian me expulsó inconcientemente de su vida con el aliento a pana con ajo más extraordinario de la historia reciente. Tanto que terminamos nuestro romance de motel en el momento. Pero el flaite como tipo de galán, debo enfatizarlo, ejerce una atracción incalculable. Sobre todo si es guapo y tiene una pachorra especial. Como un machismo erótico que te deja loquita. Brian hablaba poco, pero sus frases en la cama eran demasiado eróticas y lindas, como de amor. “Entrégate mi prisionera”-susurraba al oído como Luismi. El asunto es que yo me entregaba sin problema, porque podía ser su prisionera, su reina, su bailarina sound, o su princesa forever.
¿Mi príncipe, todavía tiene el chal? Lo lavamos bien lavado con cloro y yo encantada sería de nuevo su princesa. Pero como decía su mami, oiga: “callampín bombín”. Sería Top Secret. Pa’ los dos nomás.

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