Nov 26
Re-encontrarse: una mirada nueva
26/11/2009 Paula 1035
Por Alejandra Parada
Viajar es redescubrirse. Volver a ser uno. No tiene que ver con olvidar a los hijos, los dolores ni los problemas, pero sí con reconectarse con quién era uno antes de…. Antes de transformarse en trabajólica. Antes de casarse. Antes de ser mamá. Antes de hacer el supermercado, la feria, los doctores, las Isapres, los turnos y las acarreadas eternas por la ciudad a dejar y buscar niños. Aunque eso uno lo haga feliz, son responsabilidades que, admitámoslo, se transforman muchas veces en una lata.
Y viajar te deja ser. Ser como eras antes, cuando sólo eras. No sé si libre es la palabra. Suena siútica por lo demás. Pero estar de viaje irremediablemente evoca una sensación diferente en el alma. En la mía, al menos. No tiene que ver con que antes era más joven sino con sentirme más poderosa, más segura, con más posibilidades, con decisiones pequeñas y quizás tontas pero que te van mostrando quién eres, qué quieres, qué buscas, dónde estás. Algo que, entre medio de la rutina, muchas hemos olvidado. O, al menos, perdido de vista. Los fantasmas no se van. Las penas no se esfuman. Pero al menos sí sientes que tu corazón, tu cabeza y tu cuerpo se alinean y vuelves a ser tú. Como decía un papelito que saqué al final de una clase de yoga a la que fui: “El cuerpo es el arco; la postura, la flecha y el alma, el objetivo”.
Así las cosas, mis días se han debatido entre asuntos tan fundamentales como: “¿Qué hago hoy: pirámides o recorrido por el Zócalo? ¿Librerías o Parque de Chapultepec? ¿El mercado de artesanías o el Museo de Bellas Artes? ¿Me compro un corazón de lata o será una ídem llevarlo en el avión”.
A lo mejor suena banal. Y hasta lo sea. Pero en una vida en la que la que la rutina se ha instalado como un moai, decidir panoramas tan pequeños marcan la diferencia. “¿Me quedo un día más en DF o me voy al tiro a la playa?”. No se trata de querer tener el control de todo. Se trata sólo de pensar, después de muchos años, en qué es lo que uno quiere y poder hacerlo. Sin culpas, sin remordimientos, sin llorar. Porque sí, hay hijos y no están contigo, pero estarán con su padre, sus abuelos, sus tíos, su nana que lo quiere más que a nadie en el mundo. Y, además, no te has fugado fuera de Chile, sólo te has permitido, después de mucho, darte un tiempo para ti.
Eso que nunca consigues en tu casa, en tu ciudad, es el regalo del viaje. Poder mirarte de nuevo. Re-descubrirte. Quererte con ganas y ver qué no te gusta de ti para intentar cambiarlo. Reinventarte, a la larga, siendo la misma en tu centro. No hay que cruzar el mundo entero para lograrlo. Tal vez un fin de semana en Algarrobo surta el mismo efecto, tenga la misma magia. Pero estar sola –o con uno misma- es clave para seguir. Más aún cuando has vivido una debacle, un terremoto, quizás una sola réplica. Para ser más felices y hacer más felices a los que están a nuestro alrededor. Es indispensable para mirar hacia delante con los mismos ojos y una mirada nueva.

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Loreto dice:
Toda la razón, yo tiendo a dejarme de lado por la pega, las cuentas, la plata, las dudas y todo explota. las explosiones las vivo como ataques de colon, pero es reflejo de que necesito un tiempo a solas. Quizas una manicure, una tarde vitrineando, o un fds como dice la autora en una playa, o hacer gimnasia, o reencontrarse con un antiguo hobby. Gracias por la idea, de seguro luego, antes de navidad, iré a ver a esos seres queridos que tengo en el sur!
Noviembre 26, 2009 a las 8:35 am