“Mi abuela pasaba mucho tiempo con nosotras y todo lo que hacíamos con ella se sentía especial”. La casa en que crecí de Valentina Pinto

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“Mi abuela pasaba mucho tiempo con nosotras y todo lo que hacíamos con ella se sentía especial”. La casa en que crecí de Valentina Pinto

Por Consuelo Lomas

La casa de mi infancia para mí no fue la de mis papás, sino que la de mis abuelos. Allí mi hermana y yo pasábamos la mayor parte del tiempo cuando mi abuela nos pasaba a buscar al colegio y nos llevaba de vuelta a su casa para estar durante la tarde con ella. Prácticamente todos mis recuerdos de niña son en esa casa de Vitacura, en la calle Lauca.

La casa de mis abuelos era de concreto y tenía dos pisos. Al entrar, el vestíbulo era oscuro y habían plantas por todas partes, lo que desde mi perspectiva de niña hacía que pareciera casi una selva. La decoración era muy setentera con muebles de madera oscura. Hacia un lado de la casa estaban el comedor y el living donde había un enorme retrato que le hicieron a mi abuela cuando era joven. Hacia el otro, habían varias piezas donde todavía vivían mis tíos que en esa época eran veinteañeros. Como era un lugar habitado solo por adultos y nosotras fuimos las primeras nietas y sobrinas, la casa de mis abuelos era nuestro reino. Mi abuela pasaba mucho tiempo con nosotras y todo lo que hacíamos con ella se sentía especial. Desde tomar té y comer marraqueta con mantequilla y mermelada, hasta jugar cartas o dominó.

Normalmente nos instalábamos las tres en su dormitorio, que era mi lugar favorito de toda la casa. En esa época todo pasaba en la pieza de mi abuela que estaba en el segundo piso y que fue construída después que el resto de las habitaciones como parte de una remodelación. Mi hermana y yo nos sentábamos en su cama y jugábamos con el perro o a las cartas sobre una mesita con ruedas, mientras mi abuela tejía o bordaba alfombras y mi abuelo leía el diario. A mi abuela le gustaban muchísimo las manualidades y lo que más hacía era bordar. Recuerdo que tenía una palangana de cobre redonda muy grande donde guardaba los ovillos de todas las lanas de colores. Esa fuente la heredamos nosotros, ahora está en la casa de mis papás y la usamos para toda clase de cosas.

Los fines de semana nos daban permiso para quedarnos a dormir en la casa de los abuelos. Cuando alojábamos allá, nos llevaban el desayuno a la cama en la mañana, algo que era impensado en la casa de mis papás. Recuerdo que pasábamos horas acostadas en la cama viendo dibujos animados en la tele aún cuando a mi abuela no le gustaban porque le parecían un montón de ‘monos feos’. A pesar de eso, nos daba permiso para verlos porque siempre fue muy cariñosa con nosotras y nos daba el gusto en casi todo. Recuerdo algunas oportunidades en que nos retó por algo que hicimos, pero eso era la excepción a la regla: nosotros éramos las regalonas de la casa y todos nos hacían sentir especiales y queridas.

Los sábados toda la familia se reunía en esa casa a la hora de almuerzo. Como éramos hartos, era un evento importante y mi abuela se preocupaba de que hubiesen varias opciones y distintos platos. Para mi hermana y para mí siempre había un menú especial.

Es curioso ya que casi no recuerdo la casa en la que vivía con mis papás, pero la casa de Lauca es una imagen nítida en mi cabeza. Me acuerdo del olor de la comida que cocinaban y de las sensaciones que me provocaba estar en ese lugar, de sentirme protegida y acompañada. Mi abuela Eugenia murió cuando yo tenía ocho años y para mí, mi infancia terminó allí. Ese mismo año mi abuelo se fue a vivir a otro lugar, ya habían nacido otros nietos y como no estaba mi abuela las cosas cambiaron muy rápidamente. Si algún día tengo hijos me gustaría que me vieran como nosotras veíamos a mis abuelos en esa época, los reyes de un mundo lleno de juegos y el cariño.

Valentina Pinto (25) vive en Santiago y es abogada. En su tiempo libre ha tomado cursos de maquillaje y peluquería para fiestas.

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