Al ritmo de las manos

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Al ritmo de las manos

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Tengo muchos materiales: lanas del sur, palillos de distintas maderas, hilos de bordar brillantes, opacos, caros y baratos. Botones de la calle Rosas, colecciones de papeles y revistas viejas del Persa, retazos de telas de Independencia y lápices de distintas partes del mundo. Si hay algo que he acumulado en mi vida, son materiales. Siempre ha sido así, desde que le sacaba la corchetera y los lápices a mi papá de su escritorio, y le encargaba papel lustre a mi mamá cuando iba al supermercado. Ahora lo veo en mis hijos, los que me encargan masking tape y hojas carta cada vez que voy a comprar. Y mientras no estoy, dejan hilos enredados, plumones destapados sobre la cama y coloridos murales con iniciales que delatan al autor. Sería un descaro enojarme por esto, lo que se hereda no se hurta.

No tengo recuerdos de mí sin un proyecto manual andando. Desde esos años de niñez, cuando calcaba las especies de plantas de los libros de botánica de mi papá para hacer tarjetas de Navidad, hasta hoy que me he cosido vestidos y tejido chalecos, siempre he tenido algo en las manos. Ahora lo digo de frente y con orgullo de saber hacer cosas, pero hubo un largo tiempo en que lo escondí, como quién esconde el gusto por una canción cebolla o un amor prohibido. Lo escondía porque el estigma de que bordar es de vieja o la idea de que son labores demasiado femeninas (por lo tanto, poco modernas y distantes del discurso actual feminista) me hacían sentir rara y perna. Tampoco soy brillante en mis labores. No soy profesional, ni dedico mi vida a dar clases. Lo mío es doméstico, cotidiano y, por lo tanto, más veces ninguneado.

Pero como la venganza es de los nerds, hoy saco el bordado en cualquier parte y me importa muy poco si alguien piensa que parezco costurera. A mucha honra. Y mientras lo hago, me imagino con el pelo largo y un vestido abultado, cual mujer de algún cuadro de Renoir.

Me gustan las labores manuales y sé por qué. Primero, porque no puedo quedarme quieta: si mi cuerpo está quieto, entonces mi mente esta inquieta. Así es, y entiendo muy bien cuando alguien dice que tejer la sacó de la depresión. El arte sana. Segundo, porque saber hacer cosas con las manos me ha permitido fabricar y regalar a los demás cosas únicas que ellos valoran muchísimo: ven el trabajo que hay detrás y se sienten afortunados de recibir algo que no fue comprado. Y he ahí la tercera razón: cada vez compro menos, porque soy capaz de reparar mi ropa y la de mi familia, tejer parches en los codos gastados, minitelares en los agujeros de los pantalones y de hacer vestidos con el lino bueno de un mantel manchado. Los materiales duran bastante y no necesito comprar demasiados. Además, como ando con la creatividad a flor de piel, puedo reutilizar muchas de las cosas que ya tengo en mi casa.

Y por supuesto, lo paso bien en el proceso: me siento útil, hábil, sustentable, en paz, sintiendo texturas, mirando colores y volviendo a la calma y al ritmo de lo que pueden hacer mis manos: puntada a puntada, sin sentir el tiempo y tan concentrada, como en un cuadro de Renoir.

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