Amor y crecimiento económico: la trampa de estudiar

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Una de las consecuencias del crecimiento y del desarrollo es la incorporación masiva de las mujeres a las universidades y al mercado laboral. Según un estudio de Harvard, esto ha tenido problemas en países como Chile: mientras más títulos académicos tiene la mujer, mientras más exitosa, menor su probabilidad de casarse.




Paula 1218. Sábado 28 de enero de 2017.

Un joven ejecutivo se acerca a una atractiva mujer que conversa con sus amigas. Con esa seguridad de los tipos exitosos, se introduce y comienzan un animado diálogo, hasta que llega el momento en que él le pregunta:

–¿Y tú qué haces?

–Trabajo en un banco de inversiones–, dice ella.

-Ahhh… ¿en serio?–, dice él un tanto sorprendido. –¿Y qué estudiaste?–

–Comercial y un MBA en Harvard–.

El ejecutivo se queda mudo. Luego de un par de minutos, se disculpa –se acaba de acordar de que tiene que irse–. "Bueno, un gusto", le dice. Y sale raudamente del bar. Casi arrancando.

La escena, no deja de llamar la atención, pero refleja una de las principales conclusiones de un estudio de la Universidad de Harvard denominado Schooling can't buy me love, donde se analizan las dificultades que tienen para casarse las mujeres con altos grados académicos en América Latina. De acuerdo a los autores, luego de analizar el comportamiento y datos de varios países de la región –incluyendo Chile– pudieron establecer que esto se explica porque los hombres le siguen asignando un mayor valor al rol de dueña de casa de las mujeres. En ese sentido, mientras más estudios posee ella, menor la probabilidad de que se quede en la casa.

Esta es una realidad completamente distinta a la observada en países desarrollados. En Estados Unidos, por ejemplo, el caso es a la inversa. Mientras más estudios, más atractiva se hace la mujer para los hombres. El punto de fondo, es que allá el matrimonio es visto como una sociedad, donde ambos comparten los roles de la familia y el trabajo. De alguna manera, ellos esperan que la mujer participe en el financiamiento del hogar, al tiempo que ellas esperan que los hombres participen en la crianza de los hijos y las labores domésticas.

Esto es evidente si uno mira la sección de matrimonios de The New York Times, llamada irónicamente la sección de "fusiones y adquisiciones", emulando los grandes acuerdos entre empresas. Ahí los apellidos cuentan poco o nada. El verdadero éxito no está en que las familias tengan un origen parecido, sino en el currículum de los novios.

Un ejemplo publicado en esas páginas: Sara Landing y Anthony Streich se casaron el sábado en Nueva York. La señora Landing, 35 años, es business developer manager de J.P. Morgan, y graduada con honores –cum laude– de la Universidad de Harvard, y posee un MBA de Duke. Su padre es socio de un importante estudio de abogados. El señor Streich, es director de fusiones y adquisiciones de Merrill Lynch. Se graduó en la Universidad de Columbia y recibió su MBA de Princeton.

En suma, una fusión o un matrimonio perfecto, de acuerdo a la cultura norteamericana. Todo esto puede sonar muy frío, pero lo que refleja es que allá el hombre no tiene problemas para enamorarse de una mujer par en materia de títulos, trabajo e ingresos. Es más, ambos parecen buscarlo, porque entienden el matrimonio como una sociedad donde se comparten roles.

"Dicen que las nuevas generaciones no son así. Que los jóvenes están transitando aceleradamente al matrimonio-sociedad, estilo gringo. Puede ser, pero en el intertanto, las variables de ajuste son dos: menos matrimonios y menos hijos".

La contradicción chilena

En Chile y en América Latina la situación parece ser la inversa, según descubren los investigadores de Harvard. En términos técnicos, en estos países, el matrimonio no es visto como una sociedad, sino como una función de producción, en donde los roles están separados: ellos asumen la carga laboral; ellas, la familiar.

Si bien esto es algo que nadie declara abiertamente, los fríos datos o costumbres reflejan aquello. La idea de que las mujeres muy preparadas y exitosas laboralmente asustan a los hombres latinos, es algo indesmentible. Esto se puede ver en el día a día, pero también en diversas encuestas. Por ejemplo, ellos no dudan en decir que el trabajo en casa es tan gratificante como en la oficina, algo que, por supuesto, ellos no estarían dispuestos a hacer. Y esto choca abiertamente con la percepción de las chilenas, que en las mismas encuestas, el 70% no considera para nada eso y prefieren desarrollarse, al igual que ellos, en el ámbito profesional.

Pero hay más. Los chilenos, mayoritariamente, responden que una mujer no puede tener buenas relaciones con sus hijos si trabaja. Por supuesto, ellas son las primeras en contradecir aquello. Pero lo concreto es que en Chile el segmento de mujeres que trabaja menos son las casadas, con una participación de solo el 42% en el mercado laboral.

Todo esto genera un problema no menor. En Chile la mujer está incorporándose muy fuerte a la universidad. Este año, ellas representaron el 52% de los seleccionados en las universidades. Son mayoría. Este fenómeno, que comenzó el 2009, asegura que el 60% de los egresados serán mujeres, esto es, una fuerza laboral femenina.

En otras palabras, vamos directo a un choque de culturas. A medida de que los países se desarrollan, las mujeres comienzan a estudiar más, a trabajar más y eso tendría que tener un correlato en su éxito no solo profesional, sino también personal. Pero si el amor es esquivo a medida que ellas tienen más estudios –como dice el estudio de Harvard–, entonces estamos en problemas.

Dicen que las nuevas generaciones no son así. Que los jóvenes están transitando aceleradamente al matrimonio-sociedad, estilo gringo. Puede ser, pero en el intertanto, las variables de ajuste son dos: menos matrimonios y menos hijos. O, la otra, muchas mujeres capacitadas que se quedan en sus casas o aceptan solo trabajos de bajo perfil. Ninguna es una buena solución para el amor, ni para el desarrollo de los países. Por eso, lo mejor es apostar a un cambio cultural en serio.

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