Aprender a esperar

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Aprender a esperar

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Si hay algo que me ha costado aprender en la vida es a esperar: me tirita el ojo, doy vueltas en círculos. Por más que trato de gobernar mi ansiedad a punta de flores de Bach, siento que me cuesta mucho. Sonará contradictorio confesarlo si se lee el título de esta sección, Más Lento, pero –como peco de honesta y jamás de ostentosa– prefiero dejarlo claro: vivir así es una decisión y tengo mucho que soltar todavía. Estoy en proceso.

Después de todo, nadie nos enseña a vivir lento. Todo lo contrario; la rapidez, la eficiencia y la productividad son las palabras del siglo. Que nadie espere, ni un segundo. Ni el sueldo a fin de mes para comprar algo, hagámoslo ahora y en cuotas con la tarjeta de crédito. Despacho en 24 horas, ¡y listo!

Nunca antes vi las bondades de la lentitud, siempre estaba en la etapa siguiente en todos los procesos, incluso aprendí a hablar y a leer siendo muy chica. De puro ansiosa, me comía las uñas en el colegio, tenía jaquecas y apretaba los dientes en la noche. Me daban lata los libros muy largos, estudiaba en un segundo y me aburría rápido. Quería hacer muchas cosas. Siempre sentía que me estaba perdiendo algo. Quería invitar a muchas amigas, ir a todas las fiestas (cosa que nunca logré, porque no me daban permiso) y hablar hasta por los codos. Me desesperaba la gente lenta, esa que solo es capaz de hacer una cosa al día. Sentía que andar lento –como levitando por el aire– era un despropósito total. Mi lema era no perder el tiempo, jamás. Planificaba el día como si tuviera más horas y la semana más días. Me creía dueña de una energía sin fin. Se me olvidaba respirar, tomar agua, mirar el cielo. Pero tenía fin, no era eterna. Mis canas ahora me lo recuerdan.

Que nadie me condene. No es histeria, es la manera que tenemos de vivir: acelerados, rápidos, afanados en atender todas las notificaciones del celular como si realmente fuera importante hacerlo. Sobre informados en extremo. Queremos saber todo, hacer todo, ir a todo. Estamos híper conectados y eso es enfermo. Es de esas enfermedades que se notan poco, que la Isapre y Fonasa cuestionan o rechazan. Es de esas que minimizamos porque se parecen al éxito, pero son todo lo contrario. Estoy hablando del estrés, por si hay alguna duda.

Estamos estresados, electrificados, casi haciendo corto circuito. Y muchas mujeres, con doble jornada, llevando la maternidad a cuesta como un peso que olía a leche y miel, pero que se transformó en sudor y lágrimas. ¿Nos estaremos pisando la cola en este sistema que no le sirve a nadie o solo a unos pocos? Así como está, no da para más. Ya lo he dicho varias veces.

Pero agrego: que vivir lento sea un derecho, que nadie nos apure si queremos esperar. “Paren el mundo que me quiero bajar”, y que Mafalda nos ampare. Que trabajar sea un gusto y que nos alimente, que criar no sea una carga solitaria. Que no¬ tengamos que saber todo ni responder bien a todas las preguntas. Desconectémonos y vivamos más tranquilas, más felices y más lento.

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