Besos sin lengua

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Besos sin lengua

Por María Paz Rodríguez / Ilustración: Gabriel Ebensperger, archivo Paula.

Columna de María Paz Rodríguez (@soylaro), autora de la novela Mala Madre y El gran hotel.

Paula.cl

Cita 1
Chica conoce a chico y, por un truco virtual de ella, él la invita a salir, conversan y ella piensa que tienen “tanto” en común. Esa noche nieva en Santiago y la chica lee esto como una señal. Caminan congelados, sobre todo ella que siempre usa vestidos a pesar de que hagan varios grados bajo cero. No importa, se dice, vale la pena, y la chica sigue la corriente de esa noche. Vuelven a salir, él es actor, ella escribe poesía en esa época y, más adelante, novelas. Él es tan alto como la chica    —lo cual no es fácil para una mujer de un metro ochenta— y ella quiere creer, insiste en su mente, en creer que este podría ser el definitivo. Lo contempla, cree que siente, le entrega todas sus expectativas y juega a que —después de varias citas— está enamorada. Hay un solo problema, pequeñito; una cosa poca que ella ignora y no le cuenta a sus amigas. Él le da besos sin lengua. Ella sabe que es raro. Bien raro en verdad, pero ella se dice —quiere creer— que él la respeta. No se atreve a preguntar, tampoco, a usar su propia lengua, y sigue saliendo a pesar de que después de cada cita, algo de extrañeza queda en el aire.

Cita 2
La misma chica, unos meses después, conoce a un nuevo chico. Se acerca a su mesa en un bar mientras él toma una botella de vino y lee un libro solo, triste y exageradamente cliché. La chica empieza a fantasear. Él es artista, pintor. Es perfecto, piensa ella, y al minuto se lo imagina en su taller; se lo imagina teniendo conversaciones sobre arte, sobre literatura, sobre las cosas que supuestamente conversa la gente culta con la que ella se identifica. El tipo tiene a su favor que es guapo, muy. Pero apenas abre la boca, ya en su mesa, esa noche, en ese bar, la chica se da cuenta de que el tipo no la deja hablar. La chica lo encuentra raro, pero ignora este pensamiento y se afirma en la idea de que los artistas son así y que bueno, el tipo es guapo, de nuevo, no hay que ser prejuiciosas con lo otro.

Como es de esperarse, ambas citas y relaciones terminan mal para la chica. Esa chica que está constantemente disfrazando la realidad de sus propias fantasías. Esa chica que desdibuja a estos pretendientes para instalar su propio relato; es experta, trabaja inventando realidades; así y todo, el problema de relacionarse con una sombra es que al final, se sufre. La realidad siempre supera la ficción, dicen por ahí, y esa chica, que alguna vez fui yo, estaba buscando lo que veía en las películas o en las series o en los libros. Y no fue capaz de ver que los besos sin lengua no eran más que un acto teatral o que la imposibilidad de hablar con ese pintor, esa noche, no era más que un presagio de alguien que nunca la vería a ella, porque nunca le dio la palabra.

Pero ignoramos estas intuiciones; una y otra vez, las ignoramos, cedemos y nos dejamos llevar —aquí el alcohol ayuda mucho, sobre todo en mi caso—. A nadie le gusta que le digan: ‘Te lo dije’. Menos, tener que decírselo uno misma. Sin embargo, es esa vocecilla —tipo Pepe Grillo— la que sabe, advierte y bueno, espera que lo que tiene que pasar, pase. En cierto sentido es bueno tener estas experiencias, aprender y afinar el ojo con las personas. Pero cuando esto se transforma en un patrón, creo, es fácil no avanzar y, en este encuentro y desencuentro de personajes, quedarnos pegados en la “idea” del otro más que en la realidad. 

Cuento esto porque tiendo a la decepción; a las decepciones. Entonces, ¿quién está mal? El otro que no alcanza a llegar a la estatura mental que yo le asigno en mis expectativas, o yo, de nuevo, que no me permito “ver”; que maquillo lo que me rodea para que funcione, aunque sea temporalmente. Y digo, temporal, por eso que “no es”. Eventualmente, tiene fecha de caducidad y sí, duele más cuando uno ha perdido más tiempo.

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