Calmar la comezón

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Calmar la comezón

Por Eleonora Aldea Pardo / Ilustración: Gertrudis Shaw

Todos los fuegos el fuego es un libro de cuentos de Cortázar que yo no he leído. Sé de su existencia porque mi marido, en una de nuestras últimas discusiones, usó esa frase para explicarme por qué no le interesaba, por ahora, estar con otra mujer. Según él, dentro suyo tiene la certeza de que dentro mío yo tengo a todas las mujeres del mundo. O por lo menos a todas las que a él le pudieran interesar. “Todas las mujeres la Nori”, me dijo.

Es, sin duda, una de las cosas más hermosas que alguien me haya dicho alguna vez. Me hizo sentir enamorada. Y, al mismo tiempo, me hizo sentir absolutamente culpable de haber sido yo la que había insistido en que habláramos sobre la posibilidad de abrir la relación.

La comezón de los siete años es una película, que yo no he visto, en la que actúa Marilyn Monroe. Y cuando me encontré navegando por internet con la teoría de que el cuerpo se renueva cada 7 años, generando nuevas células, pensé no sólo en esa película sino también en el picor que yo misma había empezado a sentir, al cumplir 7 años junto a mi marido. ¿Podría haber un sustento científico que explicara el desajuste que se vive después de 7 años en pareja? ¿Podría mi cuerpo saber la respuesta a esa pregunta que aún no me atrevía a hacerme?

La verdad es que no. Teorías hay muchas, pero nada muy definitivo. Especialmente en esta era en la que cualquier declaración parece tener estudios y experimentos que la avalan y desmienten al mismo tiempo. Algunos dicen que sí, otros dicen que no, y yo digo que poco importa lo que explique la ciencia cuando uno está tratando con temas del corazón.

Es un hecho que luego de un período de enamoramiento absurdo, las parejas comienzan a verse como realmente son. A ponderar pros y contras para decidir si se sigue enfrentando el futuro juntos o si es mejor tomar la ruta alternativa. Y no necesitamos la ciencia para explicarnos eso, porque pasa todo el día, todo el tiempo. A los 6 meses, al año, a los 3 años, a los 7, a los 30 y así: vivir en pareja se va convirtiendo en una carrera de obstáculos, puestos por nosotros mismos, cada cierto tiempo.

El obstáculo que le puse a mi relación, el año pasado cuando cumplimos 7 años con mi marido, fue otra persona que como el maní más alérgeno que puede encontrarse, me detonó una comezón desesperante. Y a pesar de que yo no pedí conocer a esta otra persona, sí digo que el obstáculo me lo puse yo misma porque una vez que lo conocí, quise conocerlo mucho más y busqué activamente maneras de lograrlo. Lo que ya supone una falta flagrante, si vemos las relaciones desde el estricto punto de vista monógamo en el que las hemos colocado. Punto de vista que considera el puro interés en otra persona como una señal de que algo va mal en la relación.

¿Amé menos a mi marido mientras buscaba pasar más tiempo con esta otra persona? No, nunca, y puedo decirlo con la misma honestidad con la que confieso haberme equivocado al no haber sido sincera desde el principio. ¿Amé más a mi marido cuando finalmente sinceré frente a él mis sentimientos y acciones “ilegales”? Absolutamente, sí. Porque mi marido comprendió ahí, y comprende ahora, que no hay ninguna manera en la que una sola persona pueda satisfacer todas tus necesidades, para siempre. Y que aunque él, al ser una persona más tranquila y estable que yo, considere que dentro de mí están todas las mujeres que a él podrían satisfacerlo, también dentro mío existe una inquietud insaciable que es parte de lo que él ama.

No sé si puedo declarar que interesándome por otra persona, me enamoré más de mi marido. Suena un poco descarado, lo admito. Sí sé que seguimos juntos, que este febrero cumplimos 8 años juntos, que este octubre cumplimos 5 casados, y que sabe todo lo que pasó, lo que yo quería que pasara, y finalmente lo que nunca pasó con esta otra persona.

Sólo puedo sospechar que para él fue más fácil aceptar y perdonar, justamente porque lo que no pasó fue mucho más que lo que sí pasó. Nunca pasó nada, realmente, fuera de mi cabeza. Sin embargo me parece que la fidelidad como la entendemos, o quizás como la fantaseamos, no puede reducirse a si tocaste o no, besaste o no. No puede reducirse a obedecer una regla inventada por nosotros mismos, que nos impide intimar físicamente con una u otra persona. Porque la intimidad no se construye en base a aproximaciones físicas, no solamente.

Por eso para mí es valioso que él haya comprendido. Que aunque nunca toqué y nunca besé, el puro deseo de hacerlo era algo digno de comunicárselo. Necesario de comunicárselo. Y que el tener la confianza y la seguridad de poder hacerlo, hace que entre nosotros exista una intimidad mucho más profunda que la que compartimos sólo porque nos vemos desnudos e intercambiamos fluidos. Que aunque llevemos más de 7 años de no estar con nadie más y quizás algún día decidamos abrirnos a estar con otras personas, él sigue siendo la única persona con la que quiero compartirlo todo, experimentarlo todo, probarlo todo. Que aunque para mí él no sea todos los hombres, sí es a él al que sigo eligiendo.

 

Eleonora Aldea Pardo es diseñadora gráfica independiente, especializada en lettering, y autora de Especimen, un libro autobiográfico que mezcla letras dibujadas con letras escritas. Es una enamorada del amor, su marido, sus hijos, las fotos, las letras, internet y la tele.

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