Cambiando el mundo

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Cambiando el mundo

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

Mientras escribía hace un par de semanas sobre Greta Thunberg, la niña sueca que ha llamado la atención de los adultos sobre los peligros del cambio climático, me encontré con muchos otros niños que, como ella, están transformando el mundo. Pero lo que de verdad me interesó es cómo también estos jóvenes desmienten la idea que tenemos de los adolescentes de hoy. La idea de una generación ensimismada en sus celulares y en sí mismos, que de espaldas al mundo y a sus pares transitan indiferentes hacia la adultez. Jóvenes cuya máxima aspiración es tener un millón de seguidores en Instagram y hacerse ricos y famosos con el mínimo esfuerzo. Chicos y chicas que a los adultos nos es difícil entender. Pero tal vez estamos equivocados. Tal vez estos jóvenes sí poseen una visión del mundo, y las esperanzas suficientes para cambiarlo.

Es alentador cuando uno(a) de ellos(as) encuentra una forma de canalizar esas esperanzas en acciones concretas. Hay algo que estos jóvenes tienen en común y que los distingue de las generaciones anteriores: la convicción de que una sola voz puede hacer la diferencia, que esa voz puede ser la suya y que vale la pena levantarla. Así como Greta comenzó por ausentarse de clases los viernes para ir a pararse frente al Parlamento con un letrero advirtiendo a sus gobernantes sobre los peligros del cambio climático, otros chicos están haciendo lo suyo. Uno de ellos es Boyan Slat, holandés, quien a los 16 años, después de pasar unas vacaciones en Grecia con su familia, quedó choqueado por la cantidad de plástico que había en el mar. Desde niño había aprendido a bucear, pero nunca se había encontrado con un fondo marino que estuviera tan polucionado como aquel. De vuelta a clases decidió explorar la polución en los océanos en la asignatura de ciencias. A los 18 años descubrió un sistema que usa las corrientes marinas para concentrar el plástico en ciertas zonas, reduciendo el tiempo de limpieza de los océanos de siglos a años. Boyand es la persona más joven en recibir el premio de las Naciones Unidas al aporte al medio ambiente. Hoy compañías y organizaciones del mundo están empezando a hacer uso de su descubrimiento. Pero él no es el único. No puedo dejar de nombrar a Malala, la chica más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. A los 11 años estaba escribiendo un blog para una estación local de la BBC abogando por el derecho de las niñas de su pueblo -gobernado por los talibanes- a estudiar. A los 15, un francotirador talibán le disparó en la cabeza cuando iba al colegio en el bus local. Pero esto no la detuvo. Malala continuó su lucha y hoy en UK, donde vive, dirige un número de organizaciones que defienden el derecho de las niñas a educarse. En otro polo del mundo, en el condado de Nueva York, Mary Grace Henry, a los 12 años, tomó conciencia de que el acceso a la educación era su mayor privilegio.

Privilegio que millones de chicas en el mundo no tenían. Decidió cambiar la vida de al menos una chica de su edad en Uganda, financiando su educación. Aprendió a hacer cintillos reversibles para el pelo y comenzó a venderlos en su colegio. Pronto había logrado conseguir bastante dinero. Pero eso no era suficiente. Ese mismo año fundó la organización Reverse The Course y expandió su producción de accesorios para el pelo. Hoy tiene una empresa cuya totalidad de sus ganancias va a financiar la educación de cientos de niñas en África. Como estos jóvenes hay muchos otros jóvenes que, desde sus ciudades y pueblos, han tomado conciencia de que pueden cambiar el mundo si se lo proponen. Y tal vez nosotros, como adultos, podemos aportar nuestro granito de arena, otorgándoles la confianza para hacerlo.

 

 

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