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20 abril, 2017
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Mi campaña por des-rosificar a mi hija: ¡No quiero que mi hija sea princesa!

“Me pone de mal humor que se divierta con tacitas, cocinitas, tablitas de planchar, barbies, little ponies, hello kitties y cochecitos de bebé. Pero dejo que lo haga a cambio de que también retoce con la caja de herramientas, el globo terráqueo (…). Cuando puedo la insto a usar la escoba del kit de limpieza para jugar a ser bruja, no para barrer”. La ex ministra Karen Poniachik reflexiona aquí sobre niñas, niños y estereotipos.

Por Karen Poniachik P. / Ilustraciones: Paloma Moreno


Paula 1224. Sábado 22 de abril de 2017. Especial Madres

Cuando celebramos el Simjat Bat de mi hija Ana, ceremonia religiosa en la cual se le pone el nombre en hebreo a las niñas judías, el rabino, entre muchas bendiciones, le auguró a la entonces bebita que el día más importante de su vida sería aquel en que subiera a la jupá (palio nupcial). El comentario fue poco afortunado, considerando que yo, su madre, nunca me he casado. Sin embargo, no me sorprendió tanto porque no es más que un reflejo de las escrituras, historia y cultura judías.

Un libro de la israelí Naomi Shepherd demuestra que, desde las épocas bíblicas, las mujeres han jugado un papel secundario y subsidiario en el judaísmo. Estaban confinadas a criar hijos, administrar la casa y, cómo no, a cocinar. Solo a comienzos del Siglo XX surgieron figuras revolucionarias que ya fuera por entusiasmo político, curiosidad intelectual o simplemente para llevarles la contra a sus padres, empezaron a romper estos rígidos esquemas. El libro relata las historias de las mujeres judías de los guetos y shtetls (pequeñas villas donde vivían los judíos pobres de Europa) que se unieron al Bund para luchar en contra del Zar y de las que emigraron a Palestina para trabajar la tierra o combatir la ocupación británica. También recuenta las vidas de las jóvenes de primera y segunda generación de inmigrantes al “nuevo Mundo” que adhirieron a movimientos sindicales, al activismo político de izquierda y al mundo intelectual.

Yo de universitaria quise ser revolucionaria, pero a lo más que llegué fue a lo que hoy todos coinciden fue “salvar el honor” de una familia momia que apoyó al Sí, al participar activamente en las protestas en contra de la dictadura. Rebelde y peleadora sí fui… y continúo siéndolo. Dicen que lo que se hereda no se hurta, así es que espero que mi hija Ana, hoy a punto de cumplir 8 años, sea igual de contestataria, con el costo en paciencia y templanza que eso me significará.

Un potente video de ComunidadMujer, parte de la campaña #lasniñaspueden, insta a las jovencitas a luchar contra los estereotipos que apuntan a que sean recatadas, suaves, se vean bonitas y hagan las tareas domésticas. Las urgen, en cambio, a ser audaces, ambiciosas, emprendedoras y creativas. En esa línea, no sé qué bicho me picó a mí de chica que me hizo ser como soy, tan distinta a lo que se espera de las mujeres judías tradicionales. Recuerdo que una vez mi papá llegó de un viaje a Europa con sendos Swiss Army Knives, de los grandes, color rojo, de regalo para mis hermanos y una muñeca Heidi para mí (esa, la del Abuelito dime tú). Armé tal pataleta que al final me tuvo que regalar la bendita mega-cortapluma, que aún utilizo para diversos menesteres.
Nunca aprendí a cocinar así es que no sé hacer las galletas de amapolas que hacía mi Babi Zuli, ni el gefilte-fish de la abuelita Clothy ni los beigalej de la Tía Lichi. Así las cosas, no tengo nada en materia culinaria que transmitir “de generación en generación” como obliga la tradición. Tampoco hago trabajos manuales ni labores domésticas. Y de moda, que sí sé, no hay caso con la mocosa: se pone lo que quiere, independientemente de que la combinación sea desastrosa. Espero que algún día le surja el sentido del ridículo.

Donde sí me cuesta ceder es en materia de juegos: me pone de mal humor que se divierta con tacitas, cocinitas, tablitas de planchar, barbies, little ponies, hello kitties y cochecitos de bebé. Pero dejo que lo haga a cambio de que también retoce con la caja de herramientas, el globo terráqueo, la colección de insectos, los bloques de construcción y un cuerpo humano armable que le regalé. Cuando puedo la insto a usar la escoba del kit de limpieza para jugar a ser bruja, no para barrer.

Existe casi nula conciencia sobre los problemas asociados a los estereotipos que exageran hasta el ridículo los rasgos de masculinidad y feminidad a través de superhéroes y princesas, respectivamente. Una investigación del Instituto de Ingeniería y Tecnología del Reino Unido reveló que los juguetes con foco en Ciencias, Tecnologías, Ingeniería y Matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) estaban tres veces más dirigidos hacia niños que a niñas en catálogos y tiendas de juguetes. Más grave aún, una búsqueda online bajo los términos “juguetes para niñas y niños” demostró que el 89% de estos era color rosado para ellas versus 1% para ellos.

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Mi batalla personal en contra de la “des-rosificación” no es por pura obstinación. Efectivamente, estos estereotipos tienen impacto al momento en que las jovencitas deciden elegir carreras, optando considerablemente menos que los hombres por aquellas vinculadas a STEM. El World Economic Forum advierte que si la brecha de género persiste y la velocidad a la que las chicas están accediendo a empleos STEM no crece al mismo ritmo que la demanda, las mujeres están en riesgo de perder las mejores oportunidades de trabajo y, con ello, de ingresos y pensiones.

Así, aumentar la participación de las mujeres en STEM es clave para reducir brechas. Y esto no solo es positivo para las mujeres: Las empresas STEM se benefician de la diversidad y está comprobado que una mayor equidad de género tiene un efecto significativo en el crecimiento de los países.

En esa campaña estoy con mi hija. Me carga que se disfrace de princesa. Me cargan las princesas. Hace dos años la llevé al Crucero de Disney y me chocó ver a decenas de niñitas enloquecidas haciendo cola para fotografiarse con Cenicienta, Blancanieves, Rapunzel, Ariel y Campanita, todas vestidas con tules color pastel, pelucas plásticas, pestañas postizas, base de color rosado y con sonrisas bobas congeladas en el rostro. Le pregunté a Tiana cómo era besar a un sapo y se tupió porque la respuesta no estaba en el libreto. Algo de razón tenía Ariel Dorfman. Minnie, en cambio, vestida top de nautical vintage, con falda polka dots y zuecos amarillos, pasaba inadvertida entre la histeria colectiva provocada por las princesas.

Al desembarcar le compré a Ana disfraces de médico, astronauta, obrera de la construcción y montones de juegos STEM en las tiendas online Learning Resources (www.learningresources.com) y Educational Insights (www.educationalinsights.com). Le encanta aprender dónde están los países y jugar a adivinar los nombres de los planetas y las galaxias. Pero igual se pone el traje de Elsa de Arandelle y canta a gritos Libre soy. Y también cocina galletas con amapolas como solía hacerlo mi abuela. Ahora, respecto a las tradiciones judías a las que somos tan ajenas, hay una que sí mantenemos para cada festividad, la que considerada una mitzvah, o mandamiento, que le corresponde solo a las mujeres: prender velas. Es un momento de espiritualidad profunda en el que la luz llega a casa y nos conectamos Ana y yo, tomadas de la mano, y damos las gracias por tenernos la una a la otra.

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