“En nuestro patio llegamos a tener hasta 300 animales”. La casa en la que crecí: Nour Benito

Columnas

“En nuestro patio llegamos a tener hasta 300 animales”. La casa en la que crecí: Nour Benito

Por Consuelo Lomas

“La casa en que crecí fue mi hogar desde que nací hasta que me fui a vivir sola cuando tenía 25 años. Colinda por la parte de atrás con la Plaza de Ñuñoa, y está en un sitio grande que compartíamos con mis abuelos, quienes también tenían su casa en el mismo terreno. Mis papás siempre tuvieron un estilo muy ecléctico para decorar los distintos espacios. Hasta el día de hoy, la casa de mi mamá está llena de objetos diferentes que han traído desde distintos lugares del mundo. Sin embargo, lejos lo más especial de la casa es que en nuestro patio teníamos un zoológico.

Mi abuelo siempre fue muy entusiasta de la naturaleza y le fascinaban los animales. Por eso comenzó a recibir en su casa distintos tipos de aves y monos que habían sido maltratados en circos o que estaban enfermos. Cuando yo nací, en mi casa ya vivían muchos rescatados. Llegamos a tener casi 300 animales, en su mayoría distintos tipos de aves: guacamayos, flamencos, loros, patos mandarines, águilas, incluso pingüinos.

Teníamos un cuidador que se preocupaba de alimentarlos y mantener limpias las jaulas. Y mis hermanos y yo también participábamos mucho en su cuidado. Era una instancia familiar que compartíamos con mi abuelo y con nuestros papás. Teníamos que ponernos de acuerdo, porque era mucho trabajo mantener un zoológico en la casa. Yo siempre lo pasé muy bien jugando con los animales, y aprendí muchísimo sobre el cuidado de distintas especies observando a mi abuelo. Sus conocimientos eran completamente autodidactas, ya que él era ingeniero y se dedicaba a temas muy diferentes. Nadie era veterinario, pero todos éramos amantes de la naturaleza y dedicábamos mucho tiempo a cuidar a los monos, las aves y los ciervos. Fue muy especial poder compartir con animales de esa forma desde niña. Como se trataba de rescates, se generaba una convivencia muy integrada entre ellos. Y ellos aprendían a interactuar entre especies que en la naturaleza no se encontrarían.

Las distintas especies tenían jaulas diferentes, pero estaban muy acostumbrados al contacto con humanos. Cuando estábamos en alguna instancia familiar o compartiendo en el patio, los monos y las aves se movían libremente por el jardín. Además, como los animales son muy inteligentes, todos aprendían a abrir sus propias jaulas, incluso los pájaros. Teníamos que ser ingeniosos con la forma de cerrar las puertas para evitar que salieran cuando nadie los estaba supervisando.

Recuerdo que una vez a mi mamá se le escaparon los ciervos a la Plaza de Ñuñoa, donde recién habían plantado pasto. Y la llamaron desde la municipalidad para avisarle que estaban pastando en el medio de la plaza y que iba a tener que reponer el pasto que se había dañado. Mi mamá tuvo que partir con un montón de zanahorias para tratar de atraer a los ciervos y sacarlos de la calle, mientras llegaban mi abuelo y el cuidador a ayudarla.

Todo el barrio sabía que si aparecía algún animal extraño en su jardín, era nuestro. Una vez nos llamaron porque algunos monos se salieron de sus jaulas y se fueron a instalar a la celebración de un bautizo en la casa de un vecino. Siempre teníamos incidentes así, en los que los animales se iban a robar la comida o las cosas de las casas y departamentos vecinos.

Cuando mi abuelo empezó a envejecer, dejamos de recibir nuevos animales porque él ya no podía cuidarlos. Y de a poco, el zoológico fue haciéndose cada vez más pequeño. Fue un proceso natural y paulatino. Algunos animales murieron de viejos y otros se rehabilitaron y volvieron a los zoológicos de los que provenían o se los llevaron para poblar el zoológico de Quilpué que recién se estaba inaugurando. Ahora solo queda un guacamayo azul que vive con mi mamá porque no puede volar.

Todos nuestros animales tenían nombre y manteníamos una relación con cada uno de ellos. Es impresionante la conexión que puedes tener con especies distintas a la tuya. Siento que aprendí mucho de mi abuelo. Él me enseñó que un animal no tiene doble cara, y que el cariño que nos demuestran es totalmente genuino”.

Nour Benito tiene 37 años, es siquiatra infantil y se dedica a la medicina china.

Seguir leyendo