Cinco mujeres en Nueva York

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Cinco mujeres en Nueva York

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

Una mujer está sentada a la barra de un restaurante en Amsterdam Avenue. Tiene la piel oliva y apariencia de modelo. No he reservado mesa y el barman me ofrece sentarme en la barra junto a ella. Una televisión sobre nuestras cabezas muestra el testimonio de Christine Blasey Ford, quien acusa a Brett Kavanaugh, un importante juez, de haber intentado violarla cuando ambos eran estudiantes de secundaria. Mientras yo entierro los ojos en el menú, la chica charla con el barman, un hombre guapo y joven como ella. Imagino su vida, una vida glamorosa, la que llevan las mujeres bellas que se instalan solas en una barra en NY y están tan cómodas como en el living de su casa.

Pido una copa de Prosecco mientras decido qué voy a cenar. El barman nos arroja a ambas una chanza y terminamos charlando. Su nombre es Claire, tiene 31 años y trabaja de mesera en un bar cercano. Su novio la ha dejado plantada el día de su cumpleaños para ir a ver a los New York Giants con sus amigos. A los catorce años vivía con un traficante de drogas en Harlem, donde nació. El hombre era 20 años mayor que ella y estaba postrado en una silla de ruedas. Era Claire quien se las entendía con los clientes. Vivían bien, tenían droga, ropa, y un buen departamento donde a veces por la mañana encontraba a chicos tirados en el suelo, en los últimos estertores de su ‘viaje’.

El traficante le pegaba. Le pregunto cómo es posible, si él estaba en una silla de ruedas. Ella alza la barbilla e indica la pantalla, donde Christine Blasey continúa hablando. Me cuenta que quiere ser actriz, que quiere estudiar y encontrar un novio que no la abandone el día de su cumpleaños. El barman nos regala dos copas de champagne, por su cumpleaños, por nuestro encuentro. Nos despedimos con un abrazo apretado.

A la mañana siguiente estoy sentada en la oficina de Judith, la dueña de mi editorial en EE.UU., en un piso gigante decorado con obras de Klimt, Serra y Sarah Stern. El vuelo de Judith desde Washington está atrasado y en tanto Anabel me ofrece un café. Anabel es una editora senior, ha trabajado en las más grandes editoriales de EE.UU. Sobre la mesa de la sala está el Washington Post, en cuya primera plana aparece la foto de Trump acusando a Christine Blasey Ford de “ridícula”. Ambas la miramos. Anabel también tiene sus historias. Y muchas. Le pido que me cuente.

Eran los años 70, tenía 23 años y un diploma de Harvard bajo el brazo. Quería ser editora. Pronto estaba trabajando en una gran editorial, y pronto su jefe la estaba invitando a tomar café, pronto a un trago y luego a la cama. Ante su rechazo, él la acusó de negligencia y al poco tiempo estaba de nuevo en la calle. Nunca contó su historia. Esa misma tarde pido un taxi al aeropuerto. Voy a la Universidad de Rochester, donde debo dar una charla. Conduce una mujer. Se llama Guadalupe pero le dicen Guada. Es dominicana. Llegó hace algunos meses a NY y vive con otras tres mujeres en una pieza que rentan en un apartamento del Bronx. Todas las noches el dueño de casa llega borracho y toca su puerta hasta la madrugada. Por eso las ojeras, se disculpa, y por eso le gusta cuando le toca una mujer, como yo, con quien sabe puede sentirse a gusto y a salvo. Lleva la radio prendida y ambas escuchamos a un reportero vaticinar que Kavanaugh será absuelto de toda culpa y confirmado como juez de la Corte Suprema, como finalmente ocurrió. “Así es la vida”, me dice Guada. “Pero no tiene por qué serlo”, le respondo yo. Y ambas guardamos silencio.

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