Columna de Francisca Feuerhake: Esclavos de la experiencia

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Columna de Francisca Feuerhake: Esclavos de la experiencia

Por Francisca Feuerhake

Con esto no quiero decir que los escritores experimentados sean aburridos, pero sí me interesa leer únicamente a los que han sido capaces de resistir la tentación de las sofisticaciones y recovecos de la forma. Pocas cosas me enfurecen más que la idea de que un texto enrevesado es bueno por su cripticismo.

*Francisca Feuerhake es licenciada en Letras e ilustradora.

En mis peores momentos fantaseo con que las novelas nuevas de jóvenes autores chilenos no son leídas a cabalidad por nadie. Tal vez el único que se preocupa por ellas es su editor u otro escritor inseguro que necesita ver qué demonios se le ocurrió a ese colega contemporáneo.

A este lector apesadumbrado lo imagino en un viaje infernal a la librería a hojear esa novela recién publicada y promocionada por redes sociales que se va agrandando cada vez más, hasta erigirse como un monolito sólido en frente suyo, con una placa donde se lee la inscripción: escribe mejor que tú.

Entra a la librería a tropezones. Rápidamente percibe el ambiente y lo poco que combina su estruendosa entrada con la cara flemática del librero. Lo saluda, calmando el jadeo, y se pone a ver con ojos de ave rapaz los títulos que han llegado. La sección de cocina y autoayuda reciben la estela de viento por la velocidad que toma el lector en llegar a la sección de literatura nacional, o contemporánea, o como se llame.

Busca el librito, constata que es más bien cortito, se alivia sin sentido, vuelve a asustarse con la primera página, y luego respira en la tercera, cuando la mayoría de las novelas se ponen fomes.

Basta una metáfora manoseada o una frase lánguida para espantar toda envidia y sentimiento homicida. Se va satisfecho a su casa a escribir, él sí que sí, la verdadera novela exitosa del año, que nadie leerá.

También imagino que existen los escritores-lectores que no abren nuevas publicaciones. Miran las portadas a la distancia y hacen un escaneo mágico con el que adivinan todo lo que está escrito. Su argumento para ni siquiera tocar los nuevos libritos varía entre escasez de tiempo y la juventud del novelista debutante. “Cuando tenga tres novelas publicadas, lo leo”, podrían decir con la satisfacción de quien toma una decisión adulta y responsable.

Los médicos tienen un pensamiento similar. Recuerdo haber escuchado, a fines de los 90, una conversación telefónica entre mi papá y su hermano, en la que alguno de los dos decía, refiriéndose a un joven cirujano: “Ese cabro chico no existe. Recién a los diez años de ejercicio, eres un verdadero doctor”. Una frase desoladora pero indiscutible.

En el caso literatura, sin embargo, hay discrepancias. César Aira decía que los escritores intentaban escribir cada vez mejor porque la vida, conforme avanzaba el tiempo, se iba poniendo tan terrible que trataban de redimirla en la obra escrita, pero a la vez gastaban preciadas horas de posible felicidad en la batalla de hacer un texto mejor que el anterior.

Un círculo vicioso que, además de un suicidio, podía resultar en un libro complicado, raro, poco amable para los lectores normales, esos que van a la librería buscando una novela agradable, bien escrita, que los consuele de sus penas o los entretenga camino al trabajo. Es la eterna discusión acerca de los peligros de sobre- corregir un texto o de culturizarse demasiado y transformarse en un latero.

Con esto no quiero decir que los escritores experimentados sean aburridos, pero sí me interesa leer únicamente a los que han sido capaces de resistir la tentación de las sofisticaciones y recovecos de la forma. Pocas cosas me enfurecen más que la idea de que un texto enrevesado es bueno por su cripticismo.

Hace unos días conversaba con un escritor que ya estaba harto de su biblioteca y que en reiteradas ocasiones había tratado de deshacerse de sus libros. Llegó a decir que sería feliz si desaparecieran todos de su departamento, y luego declaró que esa antigua idea de que leer mucho hacía daño, no estaba tan alejada de la realidad.

Le pregunté si él se arrepentía de las lecturas de su vida, y dijo que no, que no las cambiaría por nada. Tampoco supe por qué no metía todos los libros en una bolsa de basura y los dejaba en la vereda, y problema solucionado.

Somos esclavos de nuestra experiencia: no podemos dejar de transformarnos en espíritus sabihondos, pestilentes de conocimientos, soluciones, entendimientos, certezas. Lo paradójico es que no hay otro modo de darse cuenta de que lo único que valía la pena, era esa creación primaria, despojada, incluso vergonzosa, ese primer texto, el chispazo inicial.

Lástima que cuando uno ya se dio cuenta de eso, es demasiado tarde. Lo único que nos queda es llorar de la risa y emoción con las frases e invenciones de los niños y cuestionarnos si algo de lo que hemos hecho valió realmente la pena. Pero, insisto: esas solo son cosas que pienso en mis peores momentos.

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