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CONEJO 1
27 marzo, 2017
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Conejo blanco, conejo rojo

Éxito en el extranjero, este montaje recién estrenado en CA660 es un enigmático, intenso y excepcional experimento teatral que cuestiona los paradigmas escénicos.

Por Daniela González A.


Paula.cl

¿Cómo se puede reseñar una obra de teatro sin poder hablar de ella? Las 60 personas que entramos a la sala Matta en CA660 el miércoles 22 de marzo para ver la primera función de Conejo blanco, conejo rojo, adscribimos a un compromiso de confidencialidad. Así lo harán todos los asistentes en las 11 funciones que quedan. Nada de lo que sucede allí se puede contar. Por eso, comentar esta puesta sin entrar en detalles que rompan el trato y al mismo tiempo dejar entrever ciertas luces es, quizás, parte también de este notable experimento artístico.

Escrita por el iraní Nassim Soleimanpour hace siete años, traducida a 25 idiomas y presentada más de 1.000 veces en el mundo, este es un montaje excepcional que tiene una función por semana, cada vez con un actor distinto, quien no conoce el texto sino hasta que sube al escenario y se lo entregan. Desde ahí, una vez que haya comenzado a interpretarlo, debe terminar. Sin importar lo que suceda. Son las órdenes textuales del dramaturgo.

El pasado miércoles 22 de marzo, la fecha local de estreno, quien se subió al escenario fue Alfredo Castro. Había una mesa y una escalera blanca, y también dos vasos con agua, para esta obra que dura entre 50 a 70 minutos dependiendo de muchas variables, como el mismo actor y el público. La obra, de hecho, es una especie de diálogo entre el dramaturgo y quienes están en la sala. De una forma creativa e inteligente, Nassim Soleimanpor –quien escribió esta obra cuando por orden judicial no podía salir de su país, tras haberse negado a hacer el servicio militar obligatorio– se las arregla para estar presente en el lugar y provocar una tensión constante a través de instrucciones que se siguen en conciencia y a plena voluntad. Como un juego. Uno está allí y acepta ciertas reglas solo por vivir la experiencia. Lo interesante es que se trata de un montaje que transgrede el paradigma más básico del funcionamiento género teatral: no hay director, no hay ensayos, no hay memorización de texto; y el primer (y último) enfrentamiento del autor con aquel texto se da en la obra misma.

Este experimento teatral, donde el público se convierte en pieza clave, da para volver a las preguntas más primigenias del acto artístico-escénico: por qué asistimos como espectadores a él. Qué nos entrega un montaje. Qué saca de nosotros. Cómo los asistentes se vuelven compañeros de una misma experiencia. Por qué, finalmente, nos interesa jugar. Un concepto –el de jugar– que se vuelve clave no solo en Conejo blanco, conejo rojo, sino también en cualquier acto performático. Si el juego para los niños es una de las formas de comunicación más poderosas que existen para representar y dar significado al mundo al que recién se enfrentan, una obra de teatro podría tener ese mismo poder no solo para los creadores e intérpretes, sino también para el espectador.

Conejo blanco, conejo rojo tiene múltiples lecturas y una de ellas es la reparación: la del público, que vuelve a ser elemento constitutivo del hecho artístico; la del dramaturgo, en cuanto al respeto total hacia su texto; y la del actor, como el irremplazable médium entre origen y destino.

Hasta el 21 de junio, todos los miércoles a las 20 hrs en sala Matta, CA660. Rosario Norte 660. $16.000 la entrada.

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Próximos actores en escena: 
Paz Bascuñán, Néstor Cantillana, Tamara Acosta, Héctor Morales, Ignacia Allamand, Francisco Melo, Daniel Alcaíno, Antonia Zegers, Ariel Levy, Gabriel Cañas, Héctor Noguera y Claudia Di Girólamo. Varias de las fechas tienen las entradas agotadas, porque Conejo blanco, conejo rojo, genera una curiosidad feroz. Más que ir a verla, se vive. En efecto, el texto está hecho para ser un diálogo –lleno de instrucciones- entre el dramaturgo iraní, el actor y el público.

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