*
MILTMP37237631
20 abril, 2017
orla

Congelar los óvulos

A los 33 años, la pregunta se repite en cada visita al ginecólogo. “Y siempre, no sé cómo, termino accediendo a pedir una hora a medicina reproductiva para que me expliquen el procedimiento para congelar mis óvulos”. Catalina Infante, columnista de Paula.cl, reflexiona sobre el tema y hace aquí sus descargos.

Por Catalina Infante / Ilustración: Paloma Moreno


Estoy en una llamada por Skype con un amigo de toda la vida que a los 32 años está recorriendo el mundo. Se ríe de mí, dice que todo lo que le hablo podría ser parte de una rutina de stand up. Tiene razón, llevo 10 minutos explicándole mi molestia y confusión acerca de si debo o no congelar mis óvulos. Vengo llegando del doctor, es la quinta vez que voy desde que dejé las pastillas anticonceptivas y siempre es el mismo ritual de preguntas: ¿Tomas pastillas? No. ¿Quieres tener hijos? No. ¿Por qué dejaste las pastillas? Porque no quiero tomar hormonas. ¿Y quieres tener hijos? No sé. ¿Pero qué edad tienes? 33. A esa altura del interrogatorio los doctores me ponen cara como si viniera saliendo de una secta de Pirque y siempre termino dando explicaciones innecesarias sobre mis tiempos, reflexiones y dudas acerca de la vida, la maternidad y el universo. Y siempre, no sé cómo, termino accediendo a pedir una hora a medicina reproductiva para que me expliquen el procedimiento para congelar mis óvulos. Hora a la cual, dicho sea, nunca asisto. Le digo a mi amigo que estoy molesta, este es el tercer ginecólogo que termina asustándome con el tema. ¿Y por qué? Porque soy mujer, porque tengo más de treinta y porque no pueden entender que no sepa si quiero o no tener hijos y que no esté haciendo nada al respecto.

Mi amigo se ríe. Claro, él es hombre, a sus 32 dejó su trabajo, a la decena de mujeres que estaban detrás de él esperando que se comprometiera, y se fue a recorrer el mundo. A él los doctores no le dicen nada, sus treinta y pocos son como una extensión de los veinte, va a bares, reflexiona sobre la vida, escribe en un cuadernito, habla conmigo por Skype desde un café en Holanda. Mientras, yo tomo mi quinto té del día para intentar no comer más azúcar, reviso compulsivamente mi celular a ver si el tipo al que le pedí más compromiso vuelve a escribirme, y googleo fotos de óvulos congelados. Por supuesto que mi amigo se ríe, yo también me río de mí misma. Qué más quisiera yo que estar en Holanda fumando y coqueteando con cuanto veinteañero encuentre. Pero no, estoy aquí preguntándome si quiero o no quiero ser madre cuando ni siquiera tengo pareja, porque al parecer para el mundo estoy atrasada con el tema y debo asegurar mi fertilidad. Mi amigo me dice que por qué me preocupo tanto. No sé si me preocupo tanto, en el día a día no pienso en eso. Mi discurso ha sido siempre intentar fluir lo más posible con el ritmo de las cosas. Pero una cosa es el discurso interno y otra la realidad de allá afuera y como buena mujer me cuesta estar segura de mí misma cuando cada vez que me enfrento al tema el mundo me dice que me apure.

Cortamos la llamada y me quedo pensando. Algo dentro de mí me dice que todo va a estar bien; las cosas suceden a su tiempo, la vida es sabia, todas esas reflexiones de matinal. Pero recuerdo los argumentos de los doctores y no puedo evitar pensar en que quizás soy demasiado naif y que mis óvulos efectivamente están envejeciendo, que cuando decida tener hijos va a ser demasiado tarde, que me voy a lamentar toda la vida y que terminaré muriendo sola llena de gatos en un departamento. Me río sola. No tengo gatos. Tampoco tengo plata para congelar mis óvulos. ¿Quizás deba dejarlo todo e irme a viajar por el mundo? Googleo pasajes a Holanda y voy por mi sexto té.

Deja tu comentario