Cosa de tiempo

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Cosa de tiempo

Por Antonio Díaz Oliva / Ilustración: Gertrudis Shaw

Soy de los que cree que la geometría del amor –eso que hace que algunas personas conecten y otras no– depende de un solo elemento: timing. El tiempo es lo que hace que algunas piezas se ajusten entre sí en determinado instante. Y que esas mismas piezas desencajen en otro momento.

Digo esto porque justamente conocí a Ø en un buen momento. Ambos cursábamos maestrías y vivíamos en Nueva York, pero estábamos en Washington DC como parte de un seminario de la beca Fulbright. Éramos más de 100 estudiantes de posgrado de todas partes del mundo y durante una semana sobreviviríamos a charlas, debates, visitas a museos y monumentos con nombres ridículamente patrióticos, noches de fiestas y bares.

Todo sucedió por quedarme dormido: esa mañana, la primera mañana del seminario, me subí tarde a un bus amarillo que llevaría a un grupo de fulbrighters de una parte de la ciudad a otra. Y así, como en las películas gringas, caminé nerviosamente por el pasillo hasta encontrar el único asiento disponible: junto a Ø.

Le sonreí con un poco de nervios.
“Creo que por primera vez en mi vida”, le dije, “me sirvió de algo quedarme dormido”.
Ø rió frente a mi torpe flirteo.
“A veces los que llegan tarde”, respondió, “llegan mejor a donde sea que vayan”.
Ahora yo reí.

De esa manera me senté a su lado y nos presentamos. No se llamaba Ø, pero esta letra (vocal) aparecía dos veces en su nombre, por lo que prefiero recordarla así.

“Además”, me confesó Ø, “yo también me quedé dormida y al subirme al bus solo quedaba este asiento. Parece que era inevitable que nos sentáramos juntos”.

Lo tomamos como una señal. Y tanto ese viaje en bus, como el resto del seminario, lo pasamos juntos.

Ø era (es) danesa. Venía de vivir dos años en China, donde había trabajado para la embajada de su país. Ese primer día, luego de una serie de soporosas actividades, caminamos por DC con un grupo de gente y terminamos bailando jazz en un bar cerca de Dupont Circle. No nos separamos en toda la noche. Ø tenía novio; yo estaba soltero. Solterísimo. Y era obvio que Ø me gustaba. Y que yo también le gustaba a ella. Pero más allá de la compañía –más allá de reír; de compartir intimidades; de mis flirteos que casi siempre aterrizaban bien– no pasó nada.
Al final del seminario nos agregamos a Facebook y acordamos juntarnos una vez estuviésemos de vuelta en Nueva York.

Lo cual nunca sucedió.

Meses más tarde, nos topamos en un cruce de semáforos y estuvimos media hora hablando y riendo hasta que pasó alguien en bicicleta y nos gritó Get a fucking room! Así que eso hicimos: esa misma tarde fuimos a un bar que resultó ser un wine bar. Le mentí sobre las viñas chilenas (no resultó: Ø sabía más de vinos que yo) y nuevamente conectamos. Hablamos sobre nuestras familias, países, amigos y ex. Ahora era yo el con pareja; y ella la soltera.

En un momento, Ø me confesó que le gustaría haber estado soltera para el seminario Fulbright. Yo no le respondí nada (pese que pensaba lo mismo) y bebí de mi copa de vino. Seguimos hablando y a eso de las dos de la mañana, cuando cerraron el local, en medio de la calle nos miramos con cara de “¿y ahora qué hacemos?”. Siguió una pausa incómoda, y luego otra pausa aún más incómoda, y así nos dimos un abrazo tan largo como tenso y cada uno caminó a su estación de metro.

Quedamos vernos otro día, esta vez para un café; pero nunca sucedió.

Un año más tarde tanto ella como yo vivíamos en Washington DC. Ø trabajaba para la embajada de Dinamarca y yo enseñaba escritura creativa y español en una universidad. Al lado de la kaleidoscópica Nueva York, DC nos parecía una ciudad diplomáticamente puritana y por lo tanto decidimos juntarnos para basurearla. En ese entonces, Ø tenía novio y yo también estaba en una relación, por lo que mantuvimos cualquier tensión y atracción a raya. Pero otra vez hablamos y hablamos y lo que era una cerveza se alargó hasta las tres de la mañana.

Un poco antes de salir del bar se puso a llover; una de esas lluvias veraniegas tropicales con rayos y todo, por lo que corrimos hasta una tienda con un toldo. Era un pequeño espacio semicircular que se salvaba de la lluvia. Era, sin duda, demasiado angosto: nuestros cuerpos, inevitablemente, quedaron juntos. Y en algún momento nos tomamos de las manos. Solo bastaba que uno de los dos diera vuelta la cara y listo. Lo cual sucedió. Brevemente. Pero en ese momento la lluvia disminuyó hasta que el único sonido éramos nosotros, y nos dimos cuenta de que si seguíamos por la misma senda mañana nos sentiríamos culpables. Que si bien cada vez que nos veíamos sentíamos cierta tensión inevitable, y las horas pasaban volando, y nos gustaba estar juntos, siempre había algo que fallaba. El tiempo. Tal vez nunca tendríamos eso de nuestra parte. Porque de seguro la próxima vez uno de los dos (si no ambos) estaría en medio de una relación.

“Mejor pido un Uber, ¿no?”.
“Sí”, le respondí, “mejor”.
Minutos más tarde, Ø se subió a un auto negro y yo caminé a mi casa. No quisimos despedirnos. Tal vez porque si bien el tiempo era nuestro peor enemigo, también era posible que en algún momento jugara a nuestro favor.

 

Antonio Díaz Oliva (ADO) es escritor y también ha trabajado como periodista, ghostwriter, intérprete, traductor y profesor universitario en Bogotá, Santiago de Chile, Washington DC y Nueva York. Actualmente dirige una colección de autores y autoras clásicos en formato de bolsillo para la editorial Neón, cuyo último título es Lunes o martes de Virginia Woolf.

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