Cross check y reportar

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Cross check y reportar

Por María José Buttazzoni / Ilustración Holly Jolley

Mucho se oye últimamente la frase “los niños primero” o “infancia primero”, en discursos políticos, y aún con más fuerza en movimientos educacionales. Ya se está instalando, por fin, la idea de que la primera infancia es fundamental y una ventana o espacio de tiempo que no se puede desperdiciar. Es ahí cuando debemos entregarles a los niños la mayor cantidad de herramientas posibles para un completo desarrollo cognitivo, emocional y físico.

Pero ¿logramos realmente sintonizar con los niños?, ¿podemos conectarnos con sus necesidades y responder a éstas de manera oportuna y adecuada a sus requerimientos? Con pena, siento que nos cuesta mucho.

Primero, como mamá de 4 niños, de cuando en cuando, me cuesta mucho sintonizar con las diferentes y variadas necesidades de cada uno. O más que costarme, me desgasta mucho atender estas necesidades. Cada personalidad es tan variada y única. A pesar de venir de la misma mamá y papá, y de tener el mismo estilo de crianza, mientras un hijo come y duerme increíble, otro puede ser más necesitado de cariño y atención, quejarse más de lo que uno puede aguantar, o ser muy independiente. Y así, las variaciones son infinitas. Es por esto que requiere de nuestra constante adaptación, respuesta y pacienciainfinita.com.

Desde el punto de vista de educadora de párvulos, veo que muchas veces normalizamos conductas que sabemos que no están correctas. Pero nuestra alarma muchas veces no se enciende frente a algo que sabemos que no está correcto. Otras veces ponemos nuestras necesidades adultas por encima de las necesidades de los niños. Y no es de mala intención, sino que simplemente se normaliza una conducta y fallamos como entorno de ese niño. Fallamos en denunciar o visibilizar algo que atenta contra sus derechos y que lo vulnera. Porque ser niño y ser vulnerable van de la mano.

Qué fácil es optar por no ser la voz de un niño que no tiene voz. Los valientes “Pingüinos” salieron a marchar por sus derechos y se hicieron escuchar, pero los niños dentro del grupo “primera infancia” realmente no pueden hacerlo. Somos los adultos sus voceros y defensores. Si los niños pudieran salir a marchar y hacer pancartas de protesta sobre temas en los que no están conformes, creo que como adultos estaríamos avergonzados y tristes. Ya que ellos serían capaces de visibilizar todas esas carencias que como adultos preferimos obviar. Total, pensamos, los niños después ni se acuerdan de sus primeros años. O sus recuerdos son un poco vagos y moldeables.

Para poder comprender más, es importante ver cómo ha cambiado la visión sobre los niños con respecto a creencias antiguas e instauradas:

  1. Antes se creía que el cerebro se desarrollaba dependiendo de los genes con los que uno nace. Hoy en cambio, se sabe que el cerebro se desarrolla por una combinación genética en conjunto con las experiencias vividas.
  2. Antiguamente se pensaba que las experiencias que una persona tenía antes de los tres años tenían un impacto bajo en el desarrollo posterior. Hoy en cambio, se sabe que las experiencias tempranas tienen un impacto decisivo en la arquitectura de nuestro cerebro y en lo que serán nuestras capacidades como adultos.
  3. También, se sabía que una relación de apego seguro con un cuidador creaba un contexto favorable para el desarrollo temprano y el aprendizaje, pero hoy se sabe con seguridad que estas interacciones nosolo crean ese contexto favorable, sino que afectan de manera directa el desarrollo cerebral.

Y así, podría enumerar cientos de creencias antiguas y compararlas con las actuales que demuestran la importancia de los primeros siete u ocho años. Algunas más cercanas tienen que ver, por ejemplo, con la posibilidad de pegarle a un niño. Sobre esto podemos escuchar a alguien por ahí concordar con que no es tan atroz, que incluso les hace bien, acompañado con la frase: “a mí me pegaban cuando chico y estoy de lo más bien”. Sobre este punto hago un mea culpa, una que otra vez se me ha salido un palmazo es esos días en que perdí la paciencia, por diversas razones, y la verdad es que después me siento podrida. Sobre todo, porque constantemente les digo a ellos que no se tienen que pegar, que la violencia física no está bien, y ¡zaz! que se me va el discurso por el desagüe, y así se va normalizando esta conducta.

Propongo hacer una revisión de esas conductas que muchas veces nos estorban en la conciencia. Esas conductas que normalizamos pero que sabemos que no están bien. Necesitamos cada cierto tiempo hacer un “cross check y reportar”. Una revisión cruzada de nuestro actuar/pensar/reaccionar como madres y padres y así detectar qué podemos cambiar y mejorar para sintonizar con nuestros hijos y realmente verlos. Mejor aún si es entre la pareja que cría, para que esa revisión sea realmente cruzada, y buscar estrategias más compatibles con sus necesidades.

Un ejercicio que podemos hacer para poder sintonizar con la primera infancia, y en especial con nuestros hijos, es cerrar los ojos y tratar de acordarnos cómo éramos cuando niños. ¿Qué sentíamos? ¿Quiénes eran nuestras personas favoritas? ¿Cómo nos parecía el mundo que nos rodeaba? ¿Qué cosas nos daban miedo? ¿Qué es lo nos ponía más felices?

Pongámonos en el suelo, agachados o arrodillados y miremos el mundo desde la perspectiva de los niños. ¿Qué es lo que más necesitan?, ¿cuánto de lo que les pedimos día a día tiene que ver con imponerles nuestra mirada adulta?

No nos confundamos: poner límites y criar requiere en primer lugar, de adultos conectados emocionalmente que sintonicen con sus hijos e hijas.

Listos para el despegue, Cross check y reportar.

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