Dejar la ciudad

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Dejar la ciudad

Por María Luisa Prado / Ilustración: Gertrudis Shaw

Siempre viví en Santiago y fui muy de ciudad, tanto que la primera vez que fui al sur a la casa de mi marido cuando pololeábamos, se caía el cielo lloviendo y yo me bajé en la carretera con unos zapatos planos amarillos con una rosa preciosa en la punta. Mi suegro jamás me va a bajar del columpio por ese cuento.

Cuando con mi marido decidimos venirnos a vivir a Calera de Tango, nadie me creía. Incluso mis hermanos hacían apuestas de cuánto tiempo iba a durar. Ya llevo acá cuatro años y no cambio esta vida por nada del mundo. Nos vinimos porque me salió la oportunidad de trabajar en un proyecto educativo nuevo y muy especial en Rancagua, el Colegio Ayelén. Es un colegio gratuito con 1.200 niños mayormente vulnerables a quienes formamos y educamos en habilidades blandas y valores. Los niños tienen nota de alegría, de fraternidad y pasión.

Antes de venirnos, vivíamos en un departamento. Hoy con la misma plata de ese arriendo vivimos en un terreno de cinco mil metros en una casa de madera grande, rodeada de árboles. Tenemos ovejas, perros y chanchos. Me acostumbré al polvo, al ruido de los ratones en el techo, y cuando me topo con una araña, la saco y sigo mi camino. Ya no me vuelvo loca como antes. Ver a la Gracia, mi hija de dos años y medio, alimentar a los animales o salir de la casa y volver absolutamente sucia, me pone feliz. Me gusta poder darle un espacio abierto, donde corra libre. Quiero que ella y Silvestre, mi hijo de ocho meses, crezcan en un lugar que les permita ser niños.

Vivimos en el campo, pero no somos Amish. Trato de que aprovechen las bondades de la vida al aire libre, pero sé que la televisión es un bien necesario. Eso sí, la manejo con restricciones. Se prende a las 6:30 de la tarde y ven lo que estén dando en los dos canales de niños que son los que me acomodan. Me he rehusado a tener una Smart TV. No me gusta eso que permite Netflix de que vean lo que quieran cuando lo quieran. Siento que con esto los ayudo a desarrollar la paciencia y la tolerancia a la frustración. O aprenden a disfrutar lo que están dando, o buscan otra manera de entretenerse. No tienen juegos digitales y no les presto mi celular. Obviamente saben cómo funcionan, pero no lo tienen a su alcance.

Estar acá ha tenido muchas otras cosas que para mí siempre fueron importantes pero que estando inmersa en mi vida santiaguina me fue muy difícil dimensionar. La conciencia y el contacto con distintas realidades sociales me parece fundamental en la formación de mis niños. Yo crecí enfrentándome a la gente más vulnerable desde otro lugar. En mi colegio hacíamos una especie de “turismo social”, pero quiero que mis hijos conozcan la diversidad desde cerca. Que si más adelante les interesa, hagan algo al respecto. Y si no, que al menos la incorporen en su sentido de realidad, cosa que yo no hice hasta bien grande. El mundo es injusto y uno tiene que estar agradecida. Pero también creo que hay tratar de acortar las brechas, porque nuestras similitudes son muchas más que nuestras diferencias.

Viviendo en Calera de Tango veo cómo mis hijos tienen algo que en Santiago hubiese tenido que mostrarles de una manera muy forzada y poco natural. La mejor amiga de mi hija es la Martina, que es la nieta del cuidador de la parcela donde vivimos, y que comparte casa con otras tres familias más. La Gracia va a su casa y la Martina y su hermano Ian, vienen a la nuestra. Quiero que mis niños crezcan teniendo conciencia de las distintas realidades que conviven en nuestro país y lo afortunados que somos nosotros como familia. Y ese contacto es algo que está presente en nuestra cotidianeidad. Me gusta la cercanía que tenemos con nuestros vecinos también, aunque vivamos a más metros de distancia de los que uno vive con sus vecinos en la ciudad. Muchos en Calera nos conocen, y cuando ven a la Gracia la saludan. Ella se sabe todos los nombres.

Vivir una localidad chica los hace crecer con confianza en la gente también. Acá se fía, voy a un café y dejo la cartera en la silla y el computador en la mesa y miro a alguien que esté cerca y le sonrío. Eso es todo lo que basta para encargarle a un desconocido que cuide mis cosas para ir al baño tranquila. Hay un nivel de paz realmente superior al de Santiago, más allá de los tacos. No quiero que mis hijos crezcan a la defensiva, dudando y desconfiando de todo el mundo. Y acá se vive más en comunidad.

Más allá del evidente contacto con la naturaleza, soy mamá en el campo porque me hace sentido y creo que mis hijos van a crecer siendo personas más relajadas, más conscientes socialmente, más auténticas y más tranquilas. Quizás con un tonito un poco cantadito y probablemente más sucios, pero en la vida hay que elegir las batallas.

PD: Todo lo que hago y decido, lo hago de la mano de mi marido, quien fue ferozmente obviado de la columna por estar enfocada en mi maternidad. Mis disculpas públicas a Salvador José.

María Luisa Prado es periodista y trabaja en la Fundación Educacional Impulsa.

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