Dejarse las canas

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Dejarse las canas

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Me han preguntado tanto por qué no me tiño las canas que siento la necesidad de escribir algo sobre eso. No es para justificar mi legítima decisión de hacer lo que quiera con mi cabeza, sino porque me llama mucho la atención que al resto le cueste tanto ver a otro envejecer.

 

Mis primeras canas deben haber aparecido hace unos 10 años. Tenía 28. Como tengo el pelo oscuro, se notaban bastante. “Tienes una cana”, me decían. “No es una, son miles”, respondía mientras me movía el pelo para mostrar el lunar blanco que se asomaba lentamente. Eso nunca fue un problema para mí, pero hubo un momento en que ya no quería que mi pelo fuera un tema de conversación y menos que me preguntaran cuándo me iba a teñir. Nunca he entendido esa pregunta.

 

A los 15 años me expuse al arcoíris completo de colores que ofrecían las tinturas del supermercado. Ignorante de los químicos que me estaba echando encima y movida por la curiosidad de verme con el pelo caoba o castaño violeta, me amparaba en las que decían “sin amoniaco”. Después de soportar el olor, pasar un algodón para sacarme el azul de la frente y las orejas, me miraba al espejo y dudaba si el esfuerzo merecía la pena. La pena mía y la de millones de animales que habían sido expuestos a los químicos que ahora estaban en mi cabeza. Aunque de eso yo no sabía nada. Raya para la suma de mi ignorancia.

 

Ya por esos años decidí que no pasaría por ese proceso más veces y, aunque me teñí en un par de ocasiones más, tenía claro que la mía sería una vejez con canas. Decisión que mantengo hasta el día de hoy porque, además de ser más consciente e informada sobre lo que me echo encima, tengo una curiosidad infinita de saber cómo me veré con el pelo gris. Y no quiero perderme la experiencia escondiéndome bajo tintura. Para mí es como meter el polvo bajo la alfombra, sabiendo que sigue ahí.

 

Admiro la vejez, no porque crea que con los años llegará la preciada sabiduría, sino simplemente porque llega. La juventud es como una mañana, como un lunes, como un 1 de enero con una larga lista de tareas por cumplir. Esta también llena de ambiciones que no saben de cansancio ni de realidades. La vejez es haber vivido el día, haciendo lo mejor que se pudo. Bien o mal, ya no importa tanto, porque para todos, el tiempo pasa. Aunque sienta mucho recordárselo a quienes prefieren no verlo con mis canas, yo prefiero saber y vivir en la certeza de que la juventud ya pasó.

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