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12 Abril, 2017
orla

Deme dos

Columna de María Paz Rodríguez (@soylaro), autora de la novela Mala Madre y El gran hotel. Aquí, anotaciones sobre su vida adulta.

Por María Paz Rodríguez / Ilustración: Archivo Paula


Paula.cl

Hace 4 años me diagnosticaron una enfermedad crónica que tiene que ver con úlceras en mi colon e intestino. No es agradable de contar, ni menos de vivir, pero recuerdo que tras una crisis en que casi me muero, terminé hospitalizada. Aunque suene muy Silvio Rodríguez, esos días en la clínica soñé con serpientes; serpientes negras que se enredaban en mi cuerpo, extraña figura para imaginar mi colon inflamado, ulcerado y en constante tensión con el resto de mi ser: como si el órgano enfermo le declarase la guerra al resto y uno no supiera de qué lado ponerse. El cuerpo comienza a mandarse solo, esclavizando al resto de las partes; estado de constante extrañamiento en el cual hay que aprender todo de nuevo: cómo convivir con las serpientes negras, cómo mantenerlas a raya, cómo alejarlas y también, y lo peor, cómo cuidarlas.

En fin, cuento esto porque cuando me diagnosticaron (fui a cuatro doctores distintos y nadie se atrevía a hace un diagnóstico), la única información concluyente que pude sacar tenía que ver con el tratamiento más que con la prevención. Tomar una dosis alta de un remedio caro ($ 99.000 la caja en cualquier farmacia de las cadenas típicas, con un mínimo de dos cajas al mes). No hubo ni isapre ni terapia alternativa ni chamán que pudiera menguar el tratamiento. Ni menos alguna receta un poco más natural que me ayudara a vivir con esta enfermedad. Claro, el foco en la medicina tradicional está puesto en la solución y no en el síntoma. Pero no era suficiente. Así que busqué más allá de lo que me decían los doctores. Empecé a estudiar qué alimentos eran veneno para mí y qué me mantenía sana. Y de todos, no comer azúcar ha sido lo que mejor resultado me ha dado.

También, después de gastarme casi $ 200.000 todos los meses en mi remedio, me inscribí en la farmacia comunal de mi barrio, donde licitaron mi medicamento (mismos componentes, caja, número de comprimidos, gramos). Primero de un laboratorio donde me lo vendieron a poco menos de la mitad de lo que yo pagaba ($44.000), y luego, de otro laboratorio donde me lo venden a $13.000. “Deme dos”, les dije la última vez que fui y salí airosa.

Las farmacias comunales son una pequeña victoria ciudadana; uno de los buenos inventos que han hecho las municipalidades. A mí me salvaron un poco la vida. Ahora me llegan mails de las farmacias ofreciéndome descuentos por mi remedio, ya que hace seis meses que no lo compro donde siempre. En fin, existe algo de justicia, me digo, cada vez que vuelvo por otra caja de trece lucas.

Hoy mis crisis están inactivas, me cuido, trato de no cargar mi alimentación y de estar atenta a cualquier ruido, dolorcillo o sensación rara. A veces intuyo que viene una nube en ese horizonte de salud y me protejo; me blindo, respiro, tomo mi dosis y se pasa. El dicho de que la guata avisa es cierto, y ahora tengo un sexto sentido gracias a eso.

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