Duelo

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Duelo

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

Hace más de cinco años que comencé a escribir en este espacio, y nunca he tenido que buscar muy lejos para encontrar de qué quiero hablar. Las ideas se concatenan con la vida, y siempre hay algo que se está moviendo, que quiere hablarte, que te preocupa, que te exalta. Pero ahora lo único que encuentro en mi horizonte es el sentimiento de duelo. No hay otras letras posibles que las que se refieren a ese barranco de dolor, a ese silencio cargado de emociones que queda después de la muerte de un ser querido.

Me refiero a la muerte de mi padre, hace doce días. A pesar de que el origen de un hombre es también el principio de su muerte, es paradójico que esta aún nos resulte tan extraña, tan ajena. El cuerpo sin su alma, sin su corazón palpitando, se transforma en algo que no reconocemos como nuestro, una carcasa. Por eso, en la tradición judía, el cuerpo se cubre con una mortaja apenas el alma lo abandona, y así en nuestras pupilas queda grabada la imagen del ser como lo conocimos en vida. Hay muchas formas de duelo, y uno no sabe cuál es la suya hasta que se vive. No hay manera de ensayarla, de premeditarla, es algo que se revela ante ti cuando ocurre. Como dice la escritora española Rosa Montero: “Tu pena decide por ti”. Tengo amigos y amigas que ante la muerte de un ser querido pierden toda su energía, su capacidad de moverse, de pensar, hasta incluso de sentir. Un vacío que acaso se asemeja a la muerte misma, como una forma de acercarse a ese ser querido que ha partido.

Cuando mi madre falleció, yo tenía diecisiete años. Vivíamos en Londres, ella y yo, cuando un tarde su doctor me llamó y me dijo que mi madre se estaba muriendo. Había partido de Chile con un cáncer que suponíamos controlado. El doctor me pidió que llamara a mi padre, a mi familia, porque sola no podía lidiar con lo que se avecinaba. Y así lo hice. Esa semana llegaron desde Chile mi padre y mis hermanos, y un par de semanas más tarde mi madre falleció. Fue todo precipitado, inesperado. Ella era tan joven. Fue un dolor rotundo el que sentí. Un dolor sin fisuras, sin aire. Rabia. Era injusto. No debía. No podía. Mi madre se había ido sin alcanzar a vivir su vida, sin apenas alcanzar a ver la de sus hijos. Pero esta vez fue diferente. Mi padre tenía noventa y siete años y hacía tiempo que quería partir. El dolor esta vez proviene de la orfandad. Por mí. Y ese dolor, aunque suene a frase hecha, a lugar común, es un dolor más dulce. Todos los días camino a su departamento y vamos, junto a mis hermanos, poco a poco encontrando un lugar para cada una de sus pertenencias, que no eran muchas, porque hacía tiempo él había comenzado a partir. Una mesa, un sillón, cuadros, pequeños objetos que guardó de sus viajes, sus fotografías, sus escritos, sus libros. Cada una de las personas que lo quisieron y que compartieron con él, se ha ido llevando algo suyo y cada día he ido pensando qué quiero traerme yo. Qué de él quiero guardar, o más bien hacer crecer dentro de mí. Porque los humanos hacemos eso, dotamos de sentido a los objetos del ser querido que ya no está y les damos vida. Hace unos días me traje sus acuarelas. Decenas de ellas. Escenas de su vida en Inglaterra, de sus viajes, de sus vistas, de sus momentos.

Y aquí estoy ahora, frente a ellas, ordenándolas e introduciéndolas en mis propios collages, los que el próximo año conformarán mi primera exposición visual, “La estación de las mujeres”. Junto a ellas, junto a todas esas mujeres, estará él, mi padre, Isidoro Guelfenbein.

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