El buen reír

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El buen reír

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Si hay algo que he buscado cada día de mi vida, es el humor. Ahí donde están echando la talla; ahí donde la risita y la tontera abundan, ahí estoy yo. No sé por qué la necesito tanto, pero siempre ando en busca del ataque de risa.

Me río de puras estupideces. Nunca de los chistes, porque la mayoría de las veces no los entiendo y me los tienen que explicar, asunto que, por supuesto, le quita gracia al momento. Tampoco me dan risa los videos de YouTube, ni los humoristas. Mi mejor risa es la del chascarro cotidiano, la situación ridícula, improbable, repentina. Y en esas circunstancias siempre busco un cómplice.

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Cuando estaba en el colegio, me encantaba sentarme a comer papas fritas y escuchar las historias de mis compañeros de curso, que eran muy chistosos. Nunca hablaba mucho, y me reía en silencio, porque mi risa es de esas mudas, con ahogo y lágrimas.

En esa época de adolescencia me reía mucho más que ahora. Probablemente el dolor de crecer y enfrentarse a la vida adulta me tenía arriba de la pelota como válvula de escape en un tiempo de cambios. Y mirándolo de esa manera, los más grandes ataques de risa han venido en tiempos difíciles. Cuando la vida se ha puesto cuesta arriba y, sin pensarlo, necesito liberar esa tensión con unas buenas carcajadas.

Cuando mi papá estaba enfermo de cáncer y le hacían quimioterapias, con mis hermanos y mi mamá pasamos largos días acompañándolo. Fue un tiempo muy extraño, todo era desconocido y podíamos ver cómo su vida se iba apagando. El último mes estuvo muy mal, casi no despertaba. Pero a pesar de lo doloroso que fue, tengo recuerdos de muchos ataques de risa. Pasaban cosas ridículas todo el tiempo, dignas de sketch del enfermo del Jappening con Ja. Hasta él se reía de las tonteras: alguien sin querer apretaba algún botón y sonaban alarmas y se prendían luces, nos tomábamos su agua, usábamos su baño y justo alguien entraba. Mil veces me quedé dormida en su cama y llegaba la enfermera a despertarnos. A veces éramos demasiados en la pieza y se nos olvidaba por un segundo que él estaba inconsciente ahí. Todas esas risas simples y espontáneas, fueron tan liberadoras como un bálsamo en un tiempo agrio, en el que la muerte era una amenaza latente.

No quiero herir susceptibilidades, y si es que alguna de las que lee está pasando por tiempos rudos, sepa que la risa es saludable. Es justo en esos momentos cuando es necesaria y sanadora. La risa nos hace humanos, vulnerables, simples, nos iguala, rompe la rigidez del momento, alivia dolores y expande respiraciones. Y para mí, es la única manera de hacer más vivible el dolor.

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