El clic letal

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El clic letal

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

No soy dada a los ataques de nostalgia (no sé por qué siempre me ha parecido un sentimiento un poco ñoño e inútil), pero en mi último viaje a Nueva Zelanda no pude dejar de añorar el tiempo cuando las fotografías que tomábamos como recuerdos ERAN efectivamente recuerdos. Las tomábamos en momentos significativos, momentos que estaban cargados de alguna belleza o de algún sentimiento que queríamos atesorar. Yo tenía una cámara Nikon con un gran angular y un zoom, y el proceso de captar esos momentos me fascinaba. Había que elegir la luz, el ángulo y disparar en el instante preciso, decisiones que no tomabas a la ligera porque cada fotografía tendría que ser desarrollada e impresa más tarde. El proceso implicaba observar, involucrarse. La búsqueda de La Imagen era una forma de mirar, de observar atentamente lo que nos rodeaba. Con la digitalización, sin embargo, comenzaron a cambiar las cosas. Ya no importaba tomar decenas de fotos, porque alguna de ellas, por fuerza, tendría que ser más o menos buena. Podías tomarlas sin prestar demasiada atención, porque todo podría ser ‘mejorado’ después con Photoshop o cualquier otro programa. Fotografiar y fotografiarnos se transformó en un gesto mecánico.

En mi último viaje, este gesto comenzó no solo a hartarme, sino que también a asustarme. Comencé a sentir que el instante en sí mismo no tenía importancia, que lo esencial era atraparlo con el fin de mirarlo después, de vivirlo después, de compartirlo después (en las sagradas redes sociales). No había presente, y al no haber presente no había emoción. Cuando miraba a los turistas y paseantes tomarse sus selfies empecé a sentir que no estaban ahí, que sus almas estaban en otra parte, que sus cuerpos eran tan solo una carcasa. Me di cuenta de que el gesto de tomar una fotografía ya no era una forma de recordar, si no que una forma de vivir. De vivir a medias. Hace unos días me encontré con el estudio de una sicóloga de la Universidad de Connecticut, Linda Henkel, que llegó a una conclusión no muy diferente a la mía (aunque tal vez menos dramática). Lo que Henkel descubrió es que el sentido original de una fotografía, la de recordar un momento, surte, en los tiempos modernos, el efecto exactamente contrario. Mientras más fotografiamos, menos recordamos. Cuando tomas fotografías cuentas con que la cámara recordará por ti, que la cámara capturará la experiencia, lo que exime a tu cerebro de involucrarse emocionalmente, de echar a andar los mecanismos que generarán el recuerdo.

En suma, si tu cámara registra el momento, el cerebro deja de hacerlo. Hoy, alrededor del mundo, tomamos más de un billón de fotografías al día con el fin de recordar, y lo que estamos haciendo, en realidad, es olvidar. Henkel descubrió también que las selfies producen un efecto singular en el cerebro. Al vernos retratados en una imagen, nos separamos del momento, como si fuéramos un observador mirándonos desde afuera. En cambio, cuando no estamos en la fotografía miramos la imagen desde nosotros mismos, y eso nos permite recordar y volver a sentir el instante en que la foto fue tomada, con más claridad. Después de leer sus estudios, me siento más tranquila. Lo mío no es un ataque neurótico antimodernidad. Además, me ha dado una razón más para detestar las selfies, que siempre me han parecido una mezcla encubierta de narcisismo y exhibicionismo. No creo que vuelva a mi Nikon que, guardada en un cajón, vive la soledad del paso del tiempo. Pero al menos sé que mi opción siempre será vivir el instante, sin intentar atraparlo en un efímero e insustancial ‘clic’ de mi celular. Tal vez así permanezca en mi memoria para siempre.

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