El derecho a ser como soy

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El derecho a ser como soy

Por Carla Guelfenbein / ilustración Consuelo Astorga

Al tiempo que las redes sociales del mundo explotaban con imágenes y textos de las multitudinarias marchas feministas del 8 de marzo recién pasado, estas mismas redes se llenaban de videos con propagandas de los más increíbles adminículos para alterar nuestra apariencia. Aquí algunos ejemplos: una camiseta de manga larga transparente para ocultar las ‘carnes sueltas’ del antebrazo; un autoadhesivo invisible que estira la piel del cuello y mejillas en 10 segundos; una pasta de dientes negra como el carbón que en 5 minutos te deja los dientes blancos; una máscara para las pestañas con fibra plástica que las alarga hasta tocar la frente; un pincel que tatúa tus cejas para la vida, y las deja gruesas como las de una chimpancé; un parche que en 5 segundos te saca las manchas de sol, las verrugas y los granos; una base tan efectiva que borra hasta tus rasgos, en caso de que no te gusten; un sostén tan grueso como una coraza de caracol que te promete nunca aparecer con los pechos caídos.

Es paradójico que ambas miradas sobre nosotras coexistan codo a codo, que al tiempo que millones de mujeres salimos a las calles a defender nuestros derechos, a cuestionar los cánones que nos han impuesto siglos de patriarcado, sigamos víctimas de esa mirada crítica que siempre nos va a decir que estamos feas, viejas, que tenemos la nariz muy larga, los ojos muy chicos, las pestañas muy cortas, los labios muy finos, las canillas muy gruesas, los brazos muy blandos, las piernas muy cortas y llenas de celulitis, el pelo muy seco, las manos como empanadas, el trasero muy gordo, la piel muy gruesa, manchada, flácida, opaca y arrugada. Suma y sigue, hasta la eternidad.

Estoy segura de que no hay mujer que esté leyendo esta columna que no haya encontrado en esta estúpida lista que he hecho al menos tres o cuatro ‘fallas’ con las cuales se ha identificado. Vivimos en un constante esfuerzo por ‘mejorarnos’, es decir, seamos quienes seamos, tenemos una percepción de nosotras mismas como seres intrínsecamente mal hechos. Aun cuando muchas veces entre nosotras intentamos desembarazarnos de esa creencia destructiva, el mundo se encarga de recordárnoslo. Estamos mal hechas y debemos adquirir ese sinfín de adminículos para ser perfectas. Porque sí, de eso se trata: de la perfección. Cualquiera puede tener el pelo largo y sedoso y las pestañas de una Barbie, cualquiera puede ser alta y delgada, cualquiera puede ser Shakira. ¡Qué esperanzas depositan en nosotras! Aguardamos impacientes la venida de la varita mágica, y cuando llega, la usamos aplicadamente. La esperanza dura lo que demora un cometa en pasar por nuestro cielo. Pronto nos damos cuenta de que todo sigue igual, o casi igual. Pero ojo, si no lo logramos, no es porque el producto tenga algún problema, sino porque no somos lo suficientemente hábiles para lograrlo. En suma, si no crecemos los 10 centímetros, si nuestros dientes no quedan blancos como la nieve, ni las marcas de acné desaparecen, es nuestra culpa. De vuelta a la frustración, a la falta de amor por nosotras mismas, a mirarnos en el espejo y encontrarnos con la misma que hemos sido y seremos, es decir con nosotras mismas. Este es tal vez uno de los abusos menos explicitados y, sin embargo, uno de los más extendidos y desalmados de los cuales somos víctimas. Abogo entonces por el derecho inamovible e intransable a ser nosotras mismas.

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