El futuro es femenino

Columnas

El futuro es femenino

Por

Columna de María Paz Rodríguez (@soylaro), autora de la novela Mala Madre y El gran hotel. Aquí, su relato en primera persona de la marcha #Niunamenos del miércoles 19 de octubre.

Miércoles 19 de octubre

18:30 hrs.

Quedé de juntarme con mis amigos en Plaza Italia, afuera del teatro de la Chile para la marcha #niunamenos. Primer error, casi todas las mujeres de la marcha acordaron juntarse en ese mismo lugar, en fin, soy muy alta, me veo y me vieron, por suerte. Y digo por suerte porque a las 19:00 hrs. empezó a fallar internet y los teléfonos. Los que venían atrasados se perdieron o lograron encontrarnos vía mensajes de texto que hace años no se enviaban. Una de mis amigas llevaba un lienzo. Lo hizo ella y coció letra por letra NI UNA MENOS. Lo tomamos con cierta timidez entre todos y nos sacamos una foto. Somos 15 en total y todos queremos llevar aunque sea un centímetro del lienzo amarillo, como para decir aquí estamos, vinimos.

19:00 hrs.

Plaza Italia está hasta el tope de gente. Baquedano, intransitable, Vicuña Mackenna atestada, la Alameda —donde al principio aún no detenían el tráfico— temblaba ante la masa que seguía creciendo. Éramos muchas, demasiadas. Miles y miles. Se alzaban en la concentración los carteles de colores con los nombres de Florencia, Nabila y Lucía. Carteles donde se leía “el futuro es femenino”; carteles donde se lee una y otra vez #niunamenos. Y la sensación térmica es de emoción. De ansiedad, queremos que empiece la marcha, queremos ver qué va a pasar con tantas mujeres juntas.

20:00 hrs.

En la marcha las postales son múltiples y variadas. Veo cómo un cartel de cosméticos con una modelo bien maquillada es intervenido con spray con el emblema: “mi cuerpo no es mercancía”. Veo colectivos de mujeres que bailan y gritan en una especie de ritual; andan con instrumentos y visten overoles. Aunque me da vergüenza, me quiero unir a su grupo. Con algunas amigas bailamos y gritamos y nos sentimos ridículas, pero no importa, nadie está mirando. Me encuentro con mi amiga P que seguro anda con el cartel más ingenioso y vulgar de toda la marcha. Nos abrazamos, nos hemos encontrado porque definitivamente somos las más altas de la turba. Empieza una batucada y nos acercamos. Le comento a P que normalmente me cargan las batucadas pero que aquí, ahora, las amo. Ella asiente y baila conmigo. La marcha se prende. Llevamos casi una hora y media caminando y aún no llegamos al GAM.

20:30 hrs.

Mi amiga A, llamando (por fin se arreglaron los celulares). Vino sola y quiere unirse a nuestro grupo. Le digo que me espere cerca del GAM y logramos juntarnos a pesar de las miles de personas. Siempre pienso que en las marchas uno al final se encuentra. Hace frío y ya está oscuro.

Veo cómo unos maestros, en las alturas de un edificio que están construyendo, esperan a que pase la concentración. Hasta que mi amiga C les chifla; y luego otra les grita: “mijito rico”, y así. Todas las mujeres que están pasando por ahí se aprovechan y les gritan todos esos piropos, chistes, insultos, garabatos que tantas veces hemos recibido cada vez que pasamos cerca de una construcción o de un grupo de hombres. Y los maestros, que al principio sonríen y saludan a la masa, se esconden, amparados por la altura y la distancia.

21:00 hrs.

Mi amiga S, llamando. Está atrapada en un taxi, pero viene, no se lo puede perder. Espérenme en la Biblioteca Nacional, nos dice. Y es lindo que ese sea el lugar de encuentro porque los libros son lo que históricamente nos une. Nos divisamos a lo lejos. Le grito y ella llega. Nos abrazamos. Se emociona porque más que nadie quiere estar ahí. Cada una de mis amigas tiene una razón para estar ahí. Yo tengo una razón para estar ahí. Todas alguna vez, de alguna manera, hemos sido víctimas de la violencia, acoso, abuso, machismo; formas y formas de la desigualdad de género. Seguimos, nos abrigamos, hacemos ruido.

21:30 hrs.

Llegamos a La Moneda y sorpresa: el palacio está iluminado con el hashtag #niunamenos. Me emociono y después reculo. Creer o no creer. ¿Marketing puro del Gobierno o sí, nos están mirando, habrá cambios en las leyes y en el sistema que de una vez por todas nos consideren y favorezcan? De nuevo, creer o no creer.

22:00 hrs.

Una parte de mi grupo se ha ido. Ya están cansadas y hace mucho frío. Con mi amiga S seguimos en la marcha y pasamos por un sector de la Alameda que no está iluminado. Ya no hay tanta fiesta. De a poco se acabó el baile y la energía se transparenta: a lo que vinimos, pensar, reflexionar, manifestarnos en contra de lo que ha ocurrido en Mar del Plata y en Coyhaique y en tantas otras partes de Latinoamérica y del mundo. Nos vamos agrupando en Los Héroes. Nos unimos en el centro, una mujer tiene un megáfono y grita sobre nuestros derechos; sobre la injusticia y las nombra, ahora sí: Lucía Pérez, Nabila Rifo, Florencia Aguirre. Ellas son nuestros estandartes. Ellas fueron las mártires recientes. Por ellas se convoca esta reunión. Siento que hay un algo triste y profundo en la voz de la mina del megáfono. Siento que las banderas de distintos colores y partidos ya no se mueven, y se ven negras en la sombra. Estamos ahí, juntas, unidas sin conocernos, solo por un instante, en un silencio de tumba. No dejo que me caiga una lágrima y con S ya no nos miramos.

22:20 hrs.

Decidimos irnos con S. Le pregunto a mi amiga qué va a pasar ahora. Ella me dice que se inscribió en clases de karate. Tal vez su primer enfrentamiento con sus propios fantasmas. La felicito. Me enternece imaginarla dando patadas al aire vestida de blanco. Le vuelvo a preguntar: qué pasa ahora, ¿qué hacemos con esta marcha? Ella no me contesta y es mejor así, creo. Imaginar que este día empieza algo nuevo, diferente, ese futuro femenino que prometen los slogans y que espero, no quede solo en poleras y carteles.

Seguir leyendo