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15 junio, 2017
orla

El pecado de envejecer

Columna de Catalina Infante Beovic, editora, escritora y una de las dueñas de Librería Catalonia. .

Por Catalina Infante / Fotografía: archivo Copesa.


Paula.cl

El departamento donde vivo queda en un conjunto de bloques que se comenzó a construir en el periodo de la UP como parte de un plan de viviendas sociales destinadas a profesoras normalistas. La construcción se estancó con el Golpe Militar y fue finalizada en la década de los ochenta, peso a peso por ellas mismas.  Más de 40 años después, lo que era un barrio residencial de clase media, hoy está lleno de cafés, restoranes de moda y galerías de arte. En definitiva, el barrio se gentrificó, que es la palabra que se usa cuando los hípsters se toman los lugares. En su mayoría vive gente joven acomodada, algunos matrimonios nuevos y supongo que algunos Airbnb (comunidad de gente que comparte alojamiento en diferentes partes del mundo), por el recambio de rubios hablando idiomas raros que transita en los pasillos cada semana. Algunas de mis vecinas siguen siendo esas mismas normalistas, hoy abuelitas que viven solas, igual que yo.

Claramente soy parte de la bandada de hípsters que encontró su nido en estas viejas construcciones. Soy igual de insoportable que todos, bailando en mi departamento a las 4 am con gente que conocí en algún bar “tradicional” del barrio y haciendo que esas pobres abuelitas llamen para rogar que apague la música. Durante ciertos periodos cortos me emparejo y paso fines de semanas de matrimonio que van de galerías de arte a ver obras que no se entienden. Y un par de veces he arrendado mi departamento por Airbnb, así que prácticamente podría –en esta película penca de Lena Dunham– ser cualquier personaje. Pero en mis periodos menos sociables, donde toda esta moda de vida me cansa y pierde sentido, me detengo a observar a mis antiguas vecinas. Nos preguntamos por la salud, el frío y el estado de la vida y pienso en cómo han sido capaces de resistir al arrollador paso del tiempo, que transformó todo lo que conocían en esta ruidosa extrañeza.

Esas mujeres a mi edad y en estos mismos departamentos, aprendieron el mundo en códigos que hoy ya no existen. No solo por el fin de las Escuelas Normales, no solo por la caída del socialismo, la violencia del Golpe y la Dictadura Militar, no solo por el asentamiento voraz del capitalismo y de pronto la llegada de millennials esclavizados por las tendencias y las redes sociales. Sino simplemente y también por el paso natural de los años, que parece construir en la vejez –para bien y para mal– un muro invisible que te aísla cada vez más del griterío vívido del presente. 

No puedo evitar preguntarme qué tanto habrá cambiado el mundo en cuarenta años más. Cómo habrá desaparecido todo lo que para mí hoy es ley y norma. De qué forma la vida me habrá revuelto todas las piezas de una máquina que creía conocer bien. Me pregunto si seguiré viviendo en estos mismos bloques, llamando molesta para que bajen una música que a mí me sonará a ruido. Si me pasearé por estas calles, al igual que ellas, intentando captar los sonidos de un lenguaje que ya no busca hablarme a mí.

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