El poliamor

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El poliamor

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

Estoy segura de que más de alguien se estará preguntando qué es el poliamor. Básicamente consiste en tener varias relaciones amorosas consensuadas y simultáneas, en las cuales la sinceridad y la responsabilidad afectiva, no solo son vitales, sino que constituyen su esencia. Nada nuevo. Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre lo practicaron durante 51 años, hasta la muerte de él. Según De Beauvoir, su relación abierta con Sartre fue “el único éxito indiscutible de mi vida”.

Por supuesto, una relación que atenta contra la monogamia, por siglos concebida como la única posible, tiene sus detractores. Una de ellos es la antropóloga Helen Fisher, pero por razones muy particulares. Fisher argumenta que hay tres sistemas cerebrales en las relaciones amorosas. Uno responde a los deseos sexuales, otro al amor romántico, y otro a los sentimientos de profundo apego. Pero el problema para nosotros, es que estos tres sistemas no siempre coinciden. Por siglos la infidelidad ha sido la forma de responder a este desface. Quienes practican el poliamor, en cambio, no acuden a la mentira, ellos se sienten libres de satisfacer, en el consenso, estas tres necesidades emocionales y físicas en diferentes personas. Pero para Fisher, el problema de este consenso radica en algo esencial: los celos. Según Fisher, el ser humano ha estado programado por siglos para no compartir. Para ella “el sincerarse”, como propone el poliamor, no es una solución. A pesar de justificar a través de la ciencia una nueva forma de relacionarnos amorosamente, después de un estudio entre 5000 británicos, Fisher descubrió que el 65% de ellos lo apoyaba, pero solo el 6.5 lo practicaba. Muchos lo habían intentado y lo habían dejado. Justamente por el doloroso y largo proceso de lidiar con los celos propios y los del otro. El poliamor sostiene que los celos provienen de la inseguridad, y que el camino hacia la libertad es fortalecer el yo. Aquellos que seguían practicándolo, confesaban que una buena parte de su tiempo lo invertían en fortalecer su autoestima y ajustar “los acuerdos”. Estos últimos constituyen la base misma del poliamor. Aquí algunos de los acuerdos más usados: tu estatus de poliamor debe ser conocido por la gente con quien te relacionas; si sales de casa con tu pareja, vuelves con ella; debes practicar sexo seguro; no puedes acostarte con otro en la cama común; debes poder saber a 100% lo que sienten tus parejas con respecto a sus otras parejas; tienes derecho a veto en caso de que una tercera persona esté intoxicando la relación, o que estés pasando por una etapa difícil, en el trabajo, etc… que no te permita “gestionar” tantas situaciones.

Otros de sus detractores aluden al poliamor como una forma más del patriarcado de dominar a la mujer. En este argumento, se parte de la base que los deseos sexuales complejos son patrimonio exclusivo de los hombres, y que si la mujer acepta tener una relación abierta, es para complacer a su pareja y mantenerla a su lado. De hecho, De Beauvoir ha sido en numerosas ocasiones acusada de “servil” para con Sartre. Acusaciones que en una pincelada destruyen los fundamentos de su libro “El segundo sexo”, fundacional para tantas generaciones de mujeres. No puedo estar más en desacuerdo con ellos. El poliamor puede parecernos amoral, imposible, descabellado o atractivo, podemos sentirnos preparados para practicarlo o no, podemos mirarlo con curiosidad o con repulsión, pero no podemos negar que es la primera forma de relación entre un hombre y una mujer en que la disparidad de género queda igualada. En la que se asume que ambas partes tienen iguales necesidades, inquietudes y aspiraciones de libertad amorosa, existencial y sexual.

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