El sueño perdido

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El sueño perdido

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

Los padres perdemos alrededor de 700 horas de sueño durante el primer año de una guagua. ¡SETECIENTAS! Y en mi caso, si lo multiplico por cuatro hijos, he perdido 2.800 horas solo contando el primer año de cada uno. De solo pensarlo, me dan ganas de llorar, ponerme pijama y dormir para siempre.

En Estados Unidos se utiliza el concepto “sleep deprived” (deprivación de sueño) para describir el estado en que está una persona que no puede dormir. Esa falta de sueño afecta nuestro desempeño laboral, nuestro ánimo, nuestra energía vital, nuestra creatividad, entre muchas otras cosas. Cuando nace nuestra primera guagua nadie realmente nos advierte de las noches que están por venir. Largos días y largas noches de lactancia con libre demanda, o de preparar -bien aturdida-, una fórmula para la mamadera, porque a pesar de lo que uno se prepara, puede que no resulte la lactancia materna. Y está bien.

Tenemos miedo que este nuevo ser humano ya no esté protegido dentro de nuestra guata, y que ahora dependa 100% de nuestras acciones; de alimentarlo, de que no pase frío, de que respire correctamente, y miles de otros factores hasta ahora desconocidos. No solo no dormimos por dar leche, si no que por miedo y ansiedad a lo desconocido. Algunas tienen la suerte de tener guagüitas que lloran poco y nada, pero otras no, y por eso pasan noches angustiosas, cansadoras y desoladoras, ya que esta falta de sueño se va acumulando y no hay muchas instancias de recuperarlas. Están las ultra-suertudas que tienen guaguas que duermen de corrido y no toman leche durante la noche, pero no creo que sea lo más común. La mayoría de las mujeres que me rodean han pasado unos primeros meses durísimos, con hijos que lloran sin consuelo y con un diagnóstico médico del misterioso e inexplicable “cólico”. Algunas sufren con pechugas con heridas, donde el dolor para dar papa es casi peor que el parto. Otras con guagüitas que no engordan lo que el pediatra espera y se insegurizan aún más de lo que ya estaban. También mujeres que lo dan todo por amamantar y simplemente no pueden, por lo que se frustran muchísimo, ya que además hay un juicio social importante alrededor de este tema.

Cómo no mencionar que debemos retomar nuestra vida sexual después de una “cuarentena”, tiempo dictado probablemente por un hombre, al que nunca le ha salido un ser humano por un gran tajo en nuestro abdomen o por un orificio que se dilata 12 centímetros pero que no mide eso en su estado natural. Esta etapa es también muy difícil. Algunas no sienten ganas, a algunas aún les duele y muchas están tan inundadas por la hormona de la leche, que retomar la vida sexual parece muy lejano y ajeno. Pero no queda mucha opción. ¡Hay que decir que las primeras veces son incómodas, dolorosas y sale leche! ¡Y que tenemos mucho sueño!

Luego, debido a la lactancia materna, alrededor de los tres meses de la guagua se nos comienza a caer el pelo de manera terrorífica. En cada lavado sale una pelota del porte de un gato adolescente, lo que no ayuda en nada a ese cansancio permanente que nos tiene con una expresión agotada. Ahora, además, andamos feas, un poco peladas y con unos kilitos de más. Y no falta encontrarse con la conocida que viene saliendo de la clínica hace tres días y te cuenta que le cupieron sus blue jeans de antes. Fatal.

Alrededor de los 4 meses, las cosas se normalizan un poco. Ya empezamos a agarrar el ritmo de la alimentación, tenemos un horario más o menos organizado y sentimos que nuestra guagua ya no es un feto frágil, sino algo más parecido a una guagua de aviso de revista, apretable y con quien tener interacciones entretenidas. Pero siguen algunas noches interrumpidas, con muchas levantadas y con un marido que amanece radiante en la mañana y te dice: “¡que bien dormimos anoche!”.

A los 6 meses, cuando ya se puede empezar a dar otros alimentos, viene un logro importante para los cuidadores, ya que la guagua puede ser alimentada por otros y ya no depende solo de nuestra leche o de una mamadera que le de la mamá o el papá. Pero seguimos con noches de sueño interrumpido, porque siguen tomando leche o porque están con algún malestar o simplemente porque algunas guaguas tienen un mal dormir. Estas interrupciones, aunque son menos, suelen ser en las etapas del sueño profundo, por lo que el descanso es nulo y la despertada en la mañana es satánica.

De aquí en adelante, al parecer no dormiremos más. En mi caso, al tener cuatro hijos, siempre despierta alguno por una pesadilla, porque se hicieron pipí o hay uno enfermo. Y de repente aparece una noche milagrosa, rara, en la que nadie despierta, nadie se pasa a mi cama. Esa noche, que pudimos dormir de corrido, nos despertamos sorprendidas y un poco nerviosas de que nadie haya despertado. “¿Estarán vivos?” Luego nos desvelamos pensando en los pendientes, y ya dejó de ser nuestra noche de suerte, de al menos 6 horas de corrido. Porque no pedimos más.

Levantémonos una estatua mental por la cantidad de horas de sueños irrecuperables que implica tener hijos. Lo hacemos con amor y entrega absoluta, pero nos cuesta arrugas, genio, pelo, juventud y energía. Por eso, cada vez que veamos a una mamá con niños chicos, no le digamos que está con mala cara o que se ve cansada. Porque es obvio que está a-go-ta-da. En vez, digámosle que está preciosa, que lo está haciendo súper bien. Unas palabras de aliento le caen bien a cualquiera. Es fundamental que entendamos que para cuidar a otros, debemos cuidar de nosotras mismas. Dejar la culpa y la autoexigencia un rato de lado y dormir una siesta apenas podamos. También buscar ese espacio y exigirlo, ya que nuestra deprivación de sueño no es una prioridad para nadie, pero sí para nuestro bienestar y el de los que nos rodean.

Dicen que mal de muchos es consuelo de tontos, pero quizás nos tranquilice pensar que somos millones alrededor del mundo las que estamos pasando por la misma etapa. Debemos apoyarnos, hacernos sentir bien y contenernos para no perder la cordura. Así no nos sentiremos solas y aisladas. ¡Ánimo a todas las que estamos en esto! Y a darse un tiempo para ustedes mismas, que es justo y necesario. Mamás felices, hijos felices.

María José Buttazzoni es educadora de párvulos y directora del jardín infantil Ombú. Además, es co-autora del libro “Niños, a comer”, junto a la cocinera Sol Fliman, y co-fundadora de Soki, una plataforma que desarrolla cajas de juegos diseñadas para fortalecer el aprendizaje y la conexión emocional entre niños y adultos.

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