El tiempo en el cuerpo

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El tiempo en el cuerpo

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Llevo más de una semana sentada trabajando en el computador, casi sin pararme. Tengo la silla literalmente pegada al cuerpo, o mejor dicho, a una parte de mi cuerpo. No es una queja, porque todo lo que más me gusta hacer lo puedo hacer sentada. Nunca he sentido real placer al hacer ejercicio o al moverme si la finalidad es únicamente esa. Y aunque he caminado kilómetros con mochila y carpa acuestas para llegar a un río lejano y escondido y he andado en bicicleta kilómetros para ahorrarme el taco, nunca he visto en el deporte algo que me invite a ejercitarlo.

Es más, me arranco de todo lo que tenga que ver con zapatillas especiales, sudaderas de marca, trotadoras, música fuerte y gente mirándose al espejo en demasía. También de todo lo que parezca una competencia. No tengo eso que tienen los deportistas, porque a mí me da lo mismo perder.

Han habido épocas en las que me he obligado a despegar mi humanidad de la silla, por un asunto exclusivamente de salud y de conciencia con el cuerpo. Además porque me encanta comer, cosa peligrosa en invierno, si es que caigo muchas veces en la mantequilla de maní. Comer es una fiesta que celebro cuatro veces al día y le pongo toda la atención y dedicación a lo que me echo a la boca.

En mis años de soltería y juventud, pagué unos de esos planes de seis meses de gimnasio, en uno que estaba a un par de cuadras de mi edificio. Mi plan de vida sana no me daba tregua, y no me importaba carretear un martes y partir a las 8 am del día siguiente al gimnasio a botar la toxina acumulada. Sentía un alivio cuando, a pesar de las pocas horas de sueño, era capaz de hacer 40 minutos de elíptica sin quedar con las piernas acalambradas. Después de hacer varios abdominales, volvía a mi casa, me duchaba y me iba al trabajo en bicicleta, como si nada. Juventud divino tesoro. Han pasado 15 años de eso y mi cuerpo lo sabe.

Cuando la oferta del gimnasio terminó, me puse a buscar otra actividad para moverme. Quería algo menos estridente. Ahí empecé a hacer yoga. Me gustaba pensar en que estaba aprendiendo una disciplina y muy rápido pude ver cómo avanzaba en mi práctica. Hago yoga hace años y nunca me he aprendido los mantras ni los nombres de las posturas. Sacrilegio para las devotas, pero yo no quiero un nuevo credo, solo quiero estirarme, respirando consciente y en silencio. La única postura que me he memorizado es la que más me gusta: Shavasana, postura del cadáver. Y para hacerla me llevo frazadas, almohadillas para los ojos y me pongo óleo 31 en la frente. Esta es por lejos, mi parte favorita de la clase.

No siento culpa ni vergüenza de mi flojera. Sí siento cierta inquietud por mi genética imperante la que, si no hago nada, me llevaría a una vejez de caderas anchas y grasa abdominal abundante, sometida a la realidad de la gravedad. La imagen anterior me asustaba mucho más a los 25 años que ahora, ad portas de los 39, en los que estoy cómoda con el cuerpo que habito y no quiero cambiarlo, quiero cuidarlo. Al mirarme al espejo siento algo de ternura y compasión, porque es un cuerpo lleno de historias: con cicatrices, operaciones, accidentes, caídas, desgastes, embarazos, lactancias largas, pérdidas gestacionales, canas gruesas, arrugas de risa. Es un cuerpo que cambia constantemente, al que le he exigido bastante y que por ahora está sano. Y aunque a veces me dan ganas de tener los abdominales de la juventud, me basta con tener ojos para ver y manos para sentir, y me perdono la flojera abrazando el tiempo que, como versa Verónica Zondek, se detiene sin sombra.

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