Enterrada bajo mis passwords

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Enterrada bajo mis passwords

Por Carla Guelfenbein / Ilustración Consuelo Astorga

¿Conocen El dicho “se cavó su propia tumba”? Esa soy yo. Y luego de cavarla quedé enterrada bajo cientos de letras y números. Ocurrió así. Hubo un tiempo en que bastaba con una sola clave para entrar a los tres o cuatro sitios que la requerían. Era fácil, una simple combinación entre los nombres de mis dos hijos, y ya. Siempre la misma, cuatro dígitos que salían escupidos de mis dedos como si vivieran allí. No había ni que pensar ni que recordar. Pero de pronto todos empezaron a pedirme una clave. Y si no la ponía, FIN, no podía entrar a comprar al sitio de mi supermercado, no podía comprar pasajes en bus, menos en avión; no podía siquiera entrar a mi propio computador sin antes introducir los cuatro caracteres que constituían mi ‘policlave’. Desafío que asumí estoica. Sin siquiera maldecir para mis adentros. Pero un día todo comenzó a complicarse de verdad. Ya no bastaban mis cuatro caracteres regalones. No, ahora había que introducir números, y también altas, y por favor, también algún signo.

Ajusté mi ‘policlave’ para cumplir con los nuevos requerimientos. Ya no resultaba tan fácil de digitar, y la casi siempre erraba un par de veces antes de lograr entrar al sitio que quería, pero bueno, me adapté, como lo hicimos todos. El problema de verdad fue cuando empezaron a pedirme que cambiara mis claves cada cierto tiempo y yo las olvidaba o las confundía. No tenía más alternativa que pasar por el engorroso proceso de pedir claves nuevas. Una y otra vez. Fue entonces que empecé a anotarlas en una libreta. La de Twitter, la de mi línea aérea, la de Instagram, la del cine, la de la clínica, la del gas, la de mi banco, de la electricidad, del cable, de Skype, Microsoft, taxis varios, Apple, Amazon, y otras tantas que me da vergüenza nombrar, como una mísera distribuidora de productos cosméticos. La gran pregunta es por qué necesitas una clave compleja para entrar a tu cuenta de supermercado si eres tú mismo quien la va a pagar. No creo que a alguien le apetezca pagar la cuenta de otro. Pero en fin, esa libretita se transformó en el testigo de mi vida. El manuscrito más personal y privado que he tenido nunca.

Hace un par de semanas ocurrió la desgracia. En una gira, la perdí. En una de las paradas abrí la maleta, y no estaba. Tuve un ataque de pánico. ¿Cómo iba a seguir viviendo, y mis pobres niños, cómo lo harían, sin luz, sin gas, sin nada, y yo tan lejos? Era evidente que algo no había funcionado. Fue entonces que empecé a investigar. Yo no podía ser el único ser humano perdido en la inmensidad de su propio computador. Y lo que encontré me sorprendió. Porque efectivamente el asunto de los passwords es un tema discutido en las más altas esferas de las universidades del mundo. Se gastan millones en dilucidar cuáles son las claves perfectas. Por supuesto, la primera ley de seguridad, la ley que nadie en su sano juicio se le ocurriría transgredir, es jamás anotarlas en ninguna parte.

Tampoco repetirlas, porque los sistemas que utilizan los hackers para decodificar las claves se han vuelto tan sofisticados como los que desarrollan las universidades para crearlas. Después de leer varios informes concienzudamente, mi conclusión es que el asunto de los passwords se volverá cada día más oscuro e insondable. Nadie sabe qué nos depara. No me sorprendería que un día no muy lejano tengamos que crear una clave para entrar dentro de nosotros mismos.

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