“En ese lugar veía enanitos, hadas y espíritus”. La casa en que crecí: Pedro Engel

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“En ese lugar veía enanitos, hadas y espíritus”. La casa en que crecí: Pedro Engel

Por Victoria Misito / Fotografía Constanza Miranda

“La casa en que crecí está en el mismo terreno donde vivo hoy, en Príncipe de Gales. En total, llevo 61 años acá. Llegué a mis siete, junto a mis dos hermanos, David y Benjamín, y mis papás. Al principio, usábamos este espacio como área recreativa. Vivíamos en un campo a diez minutos y veníamos a bañarnos en la piscina y a almorzar. No había casi nada. Teníamos un vestidor y hacíamos picnic en unas mesas improvisadas. Unos años después, nos instalamos acá porque mi papá quería estar más cerca de la ciudad. Como él tenía una fábrica de materiales de construcción, hizo una casa muy grande y moderna para la época.

Tenía una pieza llena de duchas de distintos tamaños, los baños eran de mármol -porque a mi papá le fascinaban- y las baldosas del resto de la casa también. Había cuatro dormitorios, cuatro baños y un subterráneo inmenso que incluía tres piezas más, una bodega y lavadero. Mi lugar favorito era la cocina. En ese espacio se concentran los recuerdos más nostálgicos de mi infancia. Mi madre, junto a la Rosa, mi nana de toda la vida, quién me crió y que hoy tiene más de 100 años, preparaban las cosas más deliciosas que uno se puede imaginar. La comida era muy importante acá. Y por eso, casi todas las fotos que tengo de esa época son comiendo. La cocina siempre estaba en movimiento, sobre todo los fines de semana. Todo era muy elegante. Había entrada, tres platos de fondo diferentes y mucha variedad de postres. Ahora no existe domingo en el que no despierte recordando esos almuerzos y a mi mamá. Todavía la escucho con las ollas moviéndose por todos lados. El olor de los postres, las tortas, los pasteles. Todo lo preparaban ellas, no se compraba nada.

Mi pieza era bastante normal. Había una cama y escritorio, pero lo único que me interesaba eran mis cristales y libros. Tenía miles de ambos. Me gustaba mucho leer literatura en las noches bajo una pequeña lamparita incrustada a la mesa. Es que tengo un don, un gran regalo que Dios me dio, que es no dormir. De niño leía Julio Verne y Sandokán, y ya más de adolescente, Hermann Hesse y Freud. Me acuerdo que cada vez que mi papá iba al centro, llegaba con libros de regalo para todos. En eso no escatimábamos. También nos encantaba escuchar música, especialmente ópera. Teníamos un tocadiscos maravilloso en el living. Nos juntábamos al lado de la chimenea y compartíamos. Siempre se conversaba mucho. Contábamos historias y mis papás leían las cartas que recibían desde República Checa y Alemania. El año 61′ llegó la televisión a mi casa y la rutina cambió. El tocadiscos dejó de sonar todo el tiempo y lo sustituimos por una pantalla. Tanto nos gustaba reunirnos ahí, que, pese a que la caja de ajustes durara como 20 minutos, la veíamos igual. Siento que mi casa fue como una burbuja que mi papá creó para sobrellevar el dolor de perder a toda su familia en la Segunda Guerra Mundial. Él fue el único sobreviviente y llegó a Chile prácticamente sin nada. En nuestro hogar se sentía calor familiar.

Izquierda: Pedro Engel, el menor, junto a sus dos hermanos y su mamá Trudy Bratter. Derecha: Pedro Engel en el mismo lugar donde fue sacada la foto, 61 años después.

El verano era mi época favorita porque podía disfrutar la otra parte que más me gustaba: el bosque. En ese lugar, que sigue siendo mi espacio preferido hasta el día de hoy, veía enanitos, hadas y espíritus. Me sentaba en una mesa larga de madera y hablaba con mis parientes muertos. Fui un niño muy raro que vivió en un mundo aparte. Pero acá todos teníamos nuestros propios temas. Mis papás viajaban mucho, se iban casi seis meses; mi hermano mayor era un roquero y el del medio un poeta. Yo podía pasar horas afuera solo, pero sintiéndome acompañado. Mi mamá siempre me preguntaba “¿Qué hace mi mijito toda la tarde ahí?”. “Converso con mis amigos y familia”, le decía. “Ay qué lindo”, me contestaba.

Mi primer ritual fue a los 12 años en una pérgola que construyó mi papá en el bosque para jugar póker con sus amigos. El día que murió Marilyn Monroe entré a la pieza de mi mamá, una suite preciosa que parecía un departamentito, y la encontré llorando. Le pregunté qué había pasado y me contestó: “se murió la diosa”. Algo me pasó con esa palabra, no sé cómo describirlo, pero me retumbó. Fui corriendo a la cocina, agarré un montón de velas y las prendí en la pérgola. Cuando entró mi papá quedó un poco impactado, pero le aclaré que todo esto era porque ‘se había muerto la diosa’. Cerró la puerta y me quedé haciendo lo mío, que obviamente no sabía qué era en ese minuto. Ahí me di cuenta que llevaba la magia en el alma. Fue una iniciación muy fuerte. Sentí algo muy potente. Yo pienso que lo traía de otra vida porque nadie me enseñó. Esa tarde vino la Rosa, que también es un poco bruja, en el buen sentido, y me explicó que lo que hice fue un rito. Ella influyó mucho en mí. Me mostró la magia, me hablaba de la luna e inventábamos pócimas y remedios.

Cuando falleció mi hermano, el año 65, fue la única vez que se detuvo esta casa. Él murió, a los 19 años, en su despedida de soltero a causa de un accidente de auto. El jardín literalmente se secó. Mi mamá dejó morir toda su colección de rosas, los lirios y las calas. Fue un año muy oscuro y que nos marcó mucho como familia. Ahora todo este lugar me recuerda a él. Nosotros éramos muy unidos. Él era como mi ídolo.

El barrio era muy tranquilo y los vecinos eran como nuestra familia. A las siete de la mañana se abrían las rejas de todas las casas y a las 11 de la noche se cerraban. A mí me gustaba almorzar donde mis vecinos porque quería comida chilena y en mi casa no se hacía. Y ellos venían a mi piscina. Éramos todos tan unidos que incluso pasábamos la Navidad con los Bustamante, que vivían pegados a nosotros. También había unos vecinos, que adoro hasta el día de hoy, que tenían un kiosco que se llamaba ‘Verónica’, donde vendían dulces, pan, queso, jamón, leche. Era chiquitito, pero muy práctico. Yo amaba las calugas y la Cocoa Raff. Esta última la comíamos a cucharadas con mis hermanos en la casa del árbol. En esa época, los niños vivíamos en la calle porque no había ni autos. Me acuerdo que sentíamos que mi papá venía llegando de la fábrica a cinco cuadras de distancia. Ahí corríamos a la casa para que no se diera cuenta que estábamos jugando hasta tan tarde. Él era muy estricto y teníamos que esperarlos todos duchaditos y peinaditos para comer. En la actualidad, soy el único de todos los vecinos que queda. El resto vendió su casa hace muchos años, pero yo quiero salir de este lugar en ataúd”.

Pedro Engel tiene 67 años y estudió literatura en la Universidad de Chile. Hizo cursos de teología y religiones comparadas, especializándose en símbolos y mitos. También asistió a talleres de interpretación de los sueños y estudió astrología.

 

Año 1957. Cumpleaños Pedro Engel.
Año 2019, en el mismo lugar.

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