Esta lengua es mía

Columnas

Esta lengua es mía

Por Ximena Torres Cautivo

Al presidente Piñera las feministas le pararon el carro por hablar de ‘nuestras’ mujeres, porque las chilenas no son propiedad suya ni de nadie; le han cobrado el piropo para la presidenta de la Cámara de Diputados, Maya Fernández; y le han echado en cara el pésimo chiste de las mujeres que se hacen las muertas, mientras los hombres se hacen los vivos. Todo es parte de una ola que busca modificar hasta la lengua. Aquí, los bemoles del tema.

El viernes fui a La Vega, en pos de patas y guatas, subproductos cárnicos esenciales para preparar callos a la madrileña. El detalle gastronómico no es trivial, porque engarza la anécdota con prácticas, en este caso, culinarias de la Madre Matria. Si es mujer consciente de sus derechos, no diga Madre Patria, que es como decir Padre Patria, y revélese contra el lenguaje patriarcal con que nos han colonizado como género los señorones de la arcaica Real Academia Española de la Lengua (RAE).

La explosión feminista de las últimas semanas, llamada de tercera generación por los entendidos, surgida en una universidad sureña y que ha prendido como un reguero de pólvora en facultades y colegios del país, ha generado desde la reacción del Gobierno en el primer mensaje a la Nación del presidente Piñera hasta una nueva y delicada manera de hablar, pasando por sanciones municipales en dos comunas de Santiago contra los hombres con incontinencia verbal, desmedidos en sus expresiones admirativas frente al sexo opuesto.

O sea, por el castigo al piropo. Esto último lo viví en mi búsqueda de callos y patas, cuando al moverme por el estacionamiento de La Vega recibí requiebros-no-requiebros del tipo: “¡Tanta cosa que se me ocurre decirle, pero ahora no podimos!”.

Dicen que la sensibilidad al piropo es directamente proporcional a la juventud. A las chicas de las nuevas generaciones el tema les escuece, no les hace gracia, las violenta. A las viejas como una, la expresión dicha al paso por un macho creativo nos divierte, nos parece simpática, nos levanta el ánimo, siempre y cuando no contemple expresiones soeces, gestos obscenos, manoteos al paso, agarrones frontales, sobajeos indeseables, obviamente. Recuerdo haber leído de adolescente en “Los Impertinentes de Isabel Allende”, a la hoy best seller planetaria chilena recomendar la visita semanal a La Vega no solo para adquirir frutas y hortalizas frescas, sino, y sobre todo, para subirse la autoestima a punta de piropos, lo que revela cómo y cuánto hemos cambiado.

Nadie podría considerar a Isabel Allende una mujer sometida. Por el contrario, es casi un símbolo nacional de liberación femenina y de feminismo, de ese que explotó en Chile a mediados de los años 60 del siglo pasado, aunque hay algunas que consideran esas columnas humorísticas de antaño parte de un “pasado deshonroso”. Ciertamente, el tema no se reduce al piropo, sino a una reflexión mucho más amplia: la discriminación a través del lenguaje. No diga esto, que no es inclusivo; diga esto otro.

DICCIONARIO DEL SIÚTICO

Lo que vivimos hoy en Chile sucede desde hace más de una década en la Madre Matria. En 2008 la ministra de Igualdad de entonces, Bibiana Aído, generó todo un guirigay al hablar de miembros y “miembras” del Congreso. De ahí en adelante la pelotera no cesa y enfrenta a la RAE con dirigentas, académicas y periodistas feministas.
Cito a la lingüista española Eulalia Lledó, quien ha dicho: “El diccionario recoge definiciones equivocadas y lesionadoras de la autoestima de las mujeres, como son las mismas definiciones de padre y madre. Mientras el significado de esta última palabra es ‘hembra que ha parido’, el de padre es ‘varón o macho que ha engendrado’. Claramente comprobamos que esa definición no representa la realidad y que el diccionario no es sexista, es más que sexista”.

En febrero pasado hubo otra explosión de apasionados argumentos y contraargumentos al respecto, cuando la diputada de Unidos Podemos Irene Montero inventó el término “portavoza”, como si la palabra ‘voz’ no fuera un sustantivo suficientemente femenino y hubiera que agregarle la ‘a’ para reforzar su femineidad y convertirlo en ‘voza’. La diputada Montero, que se refiere a su grupo parlamentario como Unidas Podemos, daba para algunas un paso más hacia la ‘visibilización’ de nuestro género oprimido, y para otras, otros y ‘otres’ (no olvidemos que hay muchos que no se sienten hombre ni mujer), un salto al abismo de la insensatez lingüística.

Si de insensateces hablamos, el periodista, crítico teatral y escritor chileno Juan Andrés Piña asegura que esto del lenguaje no sexista, llevado al extremo, puede convertirse en una soberana ridiculez. Cuenta lo que ha sucedido en Venezuela, donde “la Constitución pasó de tener 100 a 600 páginas al desdoblar todos los presidentes o presidentas, magistrados o magistradas, procuradores o procuradoras, ministros o ministras”. Y agrega: “Maduro fue a inaugurar un liceo y se refirió a los liceos y a las liceas en todo su discurso. El episodio sale en mi libro”. Alude a su Diccionario del siútico, donde da cuenta de los eufemismos periodístico-políticos en boga, que, como hace notar el cronista Roberto Merino en el prólogo, apuntan “al control de lo que es pertinente decir. En este caso, el eufemismo se vuelve particularmente irritante, dado el autoritarismo y la soberbia que exhiben los que se permiten señalarles a los demás cómo tienen que hablar”.

¿EL HOMBRE MEDIEVAL MORÍA DE PARTO?

Piña comenta que durante sus años como editor de textos escolares en Arrayán y Zigzag se preocupó siempre de privilegiar las expresiones ‘ser humano’ o ‘humanidad’ en vez de ‘el hombre’, para no discriminar a las mujeres, pese a que la mayoría de los idiomas del mundo, incluido el castellano, estima que el género masculino incluye a toda la humanidad. También se ocupó de tener en los catálogos el mismo número de autoras que de autores, lo que le parece mucho más importante que hablar todo el tiempo de “niños, niñas y adolescentes”, por poner un ejemplo del lenguaje inclusivo, tan en boga al referirse a la infancia. Y que se desmorona cuando, por cuestiones de razonable economía de espacio, se les reduce a la sigla NNA en los papers, que esa sí es una práctica ninguneadora e invisibilizadora.

Dentro de estas ‘modas’, algunos términos que hay que manejar si se quiere estar a tono con la ola feminista en relación a la lengua son: “lenguaje de género” (y no se le vaya a ocurrir que estamos hablando de trapos), “lenguaje inclusivo”, “lenguaje binario o no binario” (use el segundo), “lenguaje sexista”, “lenguaje patriarcal, invisibilizador y dominante”.

¿Qué dicen las mujeres? Casi todas coinciden en un principio que resume así la española Laura Freixas, autora de Literatura y mujeres: “Prefiero decir ser humano en vez de hombre. Si digo ‘el hombre medieval moría con frecuencia en el campo de batalla’, nadie se pregunta de qué morían las mujeres. Se supone que hombre abarca ambos sexos pero, ¿acaso podemos afirmar por eso que ‘el hombre medieval muy a menudo moría de parto’?”.
Su colega cubana Wendy Guerra ha escrito: “¡Ojo!, puedes decir compañeros y compañeras, niñas y niñas, pioneras y pioneros, para ser políticamente correcto, y luego no referirte nunca más a las mujeres y ensamblar ejemplos, nombres, conceptos destinados o referidos solo al universo masculino. Esa ha sido la banda sonora de mi vida. El discurso aparentemente igualitario pero blindado de machismo”.

Rosa Montero, admirada periodista, columnista y escritora española, apela al sentido común y dice: “El lenguaje es un tejido vivo que no puede modificarse por decreto: los ortopédicos tropezones de los ‘compañeros y compañeras’ no son más que feísimas verrugas que, de seguir creciendo desordenadamente, terminarán por convertir nuestro cuerpo social en un deformado hombre (mujer) elefante. Es verdad que el lenguaje es sexista, porque la sociedad también lo es. Pero eso no se arregla con voluntaristas verrugas verbales, sino modificando la realidad. Porque el lenguaje se va adaptando a esos cambios: hace seis años, al comienzo de los matrimonios homosexuales, nos chocaba que un hombre llamara a otro ‘mi marido’, hoy ya no, porque refleja una realidad. Yo ya no uso ‘el hombre’ como genérico, porque me chirría. Utilizo ‘el ser humano’ o ‘los humanos’ y las frases quedan, creo, más naturales, porque la sociedad ya ha dejado eso atrás. A veces, estando muchas mujeres con un solo hombre, se nos ha escapado sin querer un ‘todas’ y nos hemos reído. Quién sabe, quizá en el futuro la concordancia se hará con el género que más abunde en cada momento. Pero, de ser así, saldrá naturalmente; y me temo que antes tendríamos que haber cambiado mucho”.

Conclusión: como nunca antes viene al caso el dicho “esta boca -o esta lengua- es mía”, y eso incluye el derecho a piropear masculino y femenino, que forma parte de la libertad de expresión, con todas las reglas del juego. Lo que no parece razonable son las ínfulas autoritarias disfrazadas de igualitarias para amarrarnos la lengua, que si lo pensamos bien es un ser vivo y de género femenino.

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