“Mi hermano y yo estábamos afuera en el pasaje con los amigos cuando empezó a temblar. Cuando por fin se detuvo, la pared de la casa del lado quedó colgando encima de la nuestra sujeta solo por unos fierros delgados”. La casa en que crecí: Carolina Mutschler

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“Mi hermano y yo estábamos afuera en el pasaje con los amigos cuando empezó a temblar. Cuando por fin se detuvo, la pared de la casa del lado quedó colgando encima de la nuestra sujeta solo por unos fierros delgados”. La casa en que crecí: Carolina Mutschler

Por Consuelo Lomas

Nuestra casa estaba en el plan de Viña del Mar, en un pasaje pavimentado en forma de ele al que se entraba por Dos Poniente y daba a Cuatro Norte. Viví allí con mis papás y mi hermano hasta que ese separaron y mi papá se fue a vivir a otro lugar. La nuestra era de las casas más antiguas del pasaje, tenía forma de cubo con techo cubierto de tejas españolas. Había sido de una tía abuela de mi papá y se mantuvo en la familia hasta que llegamos nosotros a ocuparla. La fachada era de color blanco y daba directo a la calle, no había antejardín, solo tres peldaños que separaban la puerta principal de la vereda. Al entrar se veía la escalera de madera que llevaba al segundo piso donde estaban los tres dormitorios de la casa y una pequeña sala de estar en el medio. Recuerdo que me gustaba mucho ese espacio común, porque cuando éramos chicos instalamos ahí un tren eléctrico de juguete, y mi papá fue armando pequeñas estructuras con papel y fósforos para agregarle casas, una estación de trenes y árboles alrededor del riel.

En el primer piso estaba la cocina, que tenía piso de azulejos verde pistacho, y el living separado del comedor por una especie de cortina hecha de varas finas de madera que se plegaba hacia un lado. Ahí teníamos una chimenea con la que se calefaccionaba la casa en invierno.  Las paredes estaban forradas con un papel mural antiguo color crema que tenía un diseño estilo rococó. Otra de las paredes del living estaba casi completamente cubierta por un mueble modular de madera con puertas y compartimentos de distintos tamaños. Ahí se guardaba el tocadiscos de los años 70 que tenían mis papás y el televisor. Como era el único de la casa, el living era el punto de reunión los fines de semana para ver algún programa sentados en el sillón café aterciopelado que estaba enfrente.

Con mi hermano, que tiene dos años menos que yo, pasamos por etapas en las que peleábamos un poco, pero mientras vivimos en esa casa jugábamos mucho juntos. En el pasaje teníamos de vecinos a una pareja de hermanos de la misma edad que nosotros y los cuatro íbamos a todas partes juntos. Nuestros panoramas en esa época eran siempre afuera. Quizás porque la calle era más segura y porque Viña todavía era una ciudad muy tranquila nos daban permiso para salir y nos íbamos a la Avenida Perú a jugar saltando entre las rocas que separan la vereda de la playa o afuera del casino, donde había una pequeña loma cubierta de pasto por la que nos echábamos a rodar cuesta abajo. A mi hermano le gustaba trepar por las ramas de los árboles enormes y antiguos que habían en esa parte de la ciudad, con raíces gruesas que sobresalían de la tierra. Tiempo después, en la esquina con calle San Martín instalaron una pequeña plaza de juegos con columpios y resbalines de fierro que rápidamente se convirtió en un punto de encuentro de los niños del barrio.

Como nuestra casa era antigua, necesitaba mantención. Mi papá ya no vivía con nosotros y mi mamá dudaba mucho si sería mejor venderla o quedarnos ahí. Después de pensarlo bastante, a fines de 1984, decidió que iba a hacer las remodelaciones necesarias para quedarnos y por eso, en diciembre de ese mismo año, nos fuimos a vivir con mis abuelos. La idea era irnos a pasar las vacaciones con ellos mientras se hacían reparaciones y volver cuando empezaran las clases, pero nunca regresamos. Como los abuelos vivían a un par de cuadras de nosotros, mi hermano y yo seguíamos yendo regularmente a jugar con nuestros vecinos. El 3 de marzo de 1985, estábamos afuera en el pasaje con los amigos cuando empezó a temblar. El movimiento era cada vez más fuerte y toda la gente corría de un lado para otro. Cuando por fin se detuvo, la pared de la casa del lado quedó colgando encima de la nuestra, sujeta solo por unos fierros delgados. En eso llegó mi mamá a buscarnos y nos subió al auto para que volviéramos todos a la casa de mis abuelos. Como las réplicas seguían, mi papá decidió que teníamos que irnos donde mis abuelos paternos que vivían en el cerro, ya que ahí estaríamos más seguros. Acampamos en su living por varios días hasta que la tierra dejó de moverse.

Nunca volvimos a la casa del pasaje Masot. Hubo daños estructurales como resultado del terremoto y mi familia decidió que lo mejor era venderla. Yo tenía 11 años en ese entonces, y mucho de mi infancia se quedó en esa casa. Hace algunos años volví a Viña del Mar y visité mi antiguo barrio. El pedazo del pasaje que era de tierra hace tiempo que había sido asfaltado y los negocios familiares que habían en la esquina fueron reemplazados por locales comerciales modernos. Si bien en todo el plan de Viña se han multiplicado rápidamente los edificios y en nuestra cuadra ya habían varios, nuestra casa seguía intacta. Al cerrar los ojos, hago el ejercicio de recorrerla por dentro con sus detalles. Y mi memoria parece no fallar. Me acuerdo hasta del número de teléfono cuando aún tenían seis dígitos. Lo más relevante no es la exactitud de las imágenes, sino la mezcla entre felicidad, ternura y nostalgia que busco cuando me sumerjo entre esos recuerdos.

Carolina Mutschler (45) es psicóloga especialista en salud mental y bienestar de la mujer y vive en Santiago.

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