La cárcel de la madre perfecta

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La cárcel de la madre perfecta

Por Diana Loi

En este texto, la psicóloga Diana Loi, desmenuza las trampas que las propias mujeres, y la cultura actual, se ponen para buscar el imposible ideal de la madre perfecta.

Paula.cl

Nuestra era trae muchos privilegios, consecuencia de tanta evolución y revolución, con sus incomparables regalos y paradigmas derribados y renovados, por lo que sin duda alguna gozamos de una libertad y creatividad nunca antes vistas. Y aún con tanta bonanza en curso crescente podríamos decir que aún no se ha liberado por completo uno de los roles más fundamentales en la historia, al menos en nuestra América Latina: la maternidad. Todavía estamos ciegamente atadas y atados a una gran cantidad de deberes-seres, la mayoría de los cuales no solo ignoramos, sino por el contrario, de los que somos completamente inconscientes. Dichos mandatos, muchas veces invisibles y camuflados de lo bueno y lo sagrado, se perpetúan en molestias –a veces menores, otras mayores–, que en algunas ocasiones generan sufrimiento e incluso enfermedad, tanto en madres como en hijos y por qué no decirlo, también en el resto de la sociedad.

Sentir y creer que tenemos que ser perfectas, buenas, abnegadas, dulces pero firmes, responsables, creativas, lúdicas, estimulantes, pacientes, ejemplo de todo lo viviente; a veces santas e irreprochables, pero también comprensivas y sabias new age, que todo lo sabemos y llevamos a cabo con malabares y certeza absoluta. Todo lo anterior inserto elegante y naturalmente en una vorágine cotidiana que incluye un trabajo todo-tiempo, todo-terreno (porque hoy las madres también queremos trabajo y autorrealización), un matrimonio estable y en permanente desafío frente a la corriente tan injusta de la costumbre y el aburrimiento, o tal vez las pruebas del infierno en un divorcio en curso o quizás la multi demanda de talentos necesarios para volver a salir al “mercado” de las citas y las relaciones en una nueva soltería (a veces elegida, otras forzada). Todo, en un carrusel de nuevos roles que tenemos que ir actualizando para no morir en el intento o recibir más golpes de los que ya podemos tolerar. Lo anterior sumado a amistades, familiares, colegas, situaciones, proyectos, realidades y sueños que no hacen más que demandar de nosotras ese 100% que ya dimos desde un principio y de donde no sabemos qué más sacar.

Frente a tan complejo, y a veces, incomprensible escenario es que se hace imperante inyectarnos con nueva (o tal vez vieja) información para hacer ese upgrade que necesitamos para salir de un paradigma obsoleto. Ese que amenaza con arrastrarnos en la inercia de una marea antigua y pesada que no solo nos corta las alas en esta nueva era etérea y vanguardista que se vive bajo los pies, sino con llenarnos de pesos y lastres muertos que a diario hacen fuerza para jalarnos al fondo de ese mar que ya va de salida y quiere llevarse un par de “souvenirs” de recuerdo. Sin más preámbulos vamos a derribar algunos mitos entonces de la vieja escuela para abrir paso a una nueva maternidad, más liviana, más orgánica, más auténtica y libre, propia de los tiempos modernos que exigen de nosotras menos esfuerzo social y más coherencia con quienes somos así, como la vida nos trajo al mundo, lo cual entre muchos otros bonus tracks hace todo más entretenido y feliz, tierra prometida pero no cumplida para el rol más desafiante, complejo, demandante y misteriosamente profundo de la humanidad: ser madre.

Mito 1: Tengo que ser una excelente madre

Uno de los aportes más grandes a la psicología del desarrollo viene como marraqueta debajo del brazo de un gigante inglés nacido en 1896 llamado Donald Winnicott. Este pediatra, psiquiatra y psicoanalista de vanguardia introdujo en el mundo uno de los pilares más importantes a la psicología evolutiva del ser humano, al desarrollar el concepto de las “Funciones Maternas”; acciones y dimensiones fundamentales para el correcto desarrollo del niño. Es así como enfocándose en el imponderable rol de la madre, enseñó la paradoja más decisiva de todas: que una madre para ser sana no tiene que ser ni excelente, ni buena, ni perfecta, ni ideal, sino solo “Suficientemente Buena” (Good Enough Mother). ¿Qué significa esto en idioma de los mortales? Que si una madre es demasiado “buena”, llámese dedicada, abnegada, presente (a veces omnipresente), preocupada, apegada, facilitadora o protectora (entre tantas otras), puede ser igual de contraproducente para el bebé o el niño como cuando es negligente, abandonadora o agresiva. Si bien lo último es una experiencia explícitamente más negativa, lo primero no deja de ser igualmente perjudicial. Expliquemos: cuando una madre sobreprotege al niño, más temprano que tarde tenderá a generar dependencias, atrofiamientos, simbiosis, complejos y neurosis (por lo bajo) en el niño, y (por lo alto) hasta puede llegar a problemas de adicciones, disfunciones de personalidad (todos nos hemos topado con un “pequeño tirano” inexcusable por ser niño), trastornos emocionales, conductuales y tanto más.

Si movemos el caleidoscopio un grado hacia la izquierda nos podemos encontrar con una madre que al ser perfecta, inmaculada, irreprochable en su conducta y moral, que rara vez se equivoca (por lo menos delante del niño) genera un ideal del yo tan potente y lejano que no deja más opción que desarrollar un complejo de impotencia o inferioridad a causa de la imposibilidad de satisfacer tal modelo cargado de ideales. Con lo cual, después se puede transformar en la caricatura del millennial con una mochila de apatías, condescendencias y falta de entusiasmo y compromiso, como tantos jóvenes inamovibles e inconmovibles que representan el futuro de nuestra sociedad.

Una Madre suficientemente buena es una mujer que en primer lugar es más que solo madre. Primero es persona, amiga, esposa, pareja, hija, hermana y creativa trabajadora de la comunidad. Es una mujer con historia, esencia y sombra, que lucha por su propio proceso así como el de sus cachorros a cargo; basta con ver uno de esos documentales que en segundos nos cambian la experiencia al mostrarnos sin palabras la perfección de esas madres salvajes en el reino animal que mezclan con perfecta armonía cuidado, rudeza, cansancio, juego, sexualidad, instinto, abnegación natural y su buena puesta de límites sin medir fuerza con cabeza y sin contar con ningún civilizado manual.

La Good Enough Mother es la madre que necesitamos instalar en el siglo XXI, una madre que con sus errores enseña a perdonar y tener tolerancia y paciencia, que con sus fracasos enseña compasión, que con sus incoherencias muestra humanidad; con sus llantos, la sana expresión emocional y con su egoísmo natural –o como nosotros le llamamos “independencia”–, permite la tan anhelada Individuación de los hijos, meta máxima de todo ser humano, que significa diferenciarme de mi origen integrando todo aquello que me pertenece por naturaleza, por herencia y que elijo conscientemente, al mismo tiempo que pongo límites y dejo ir aquello que no quiero llevar a la siguiente etapa evolutiva mientras aporto mi semilla propia, personal, a la humanidad.

La madre sana es aquella que se permite ser normal, no la superheroína con el disfraz apretado y la cara llena de maquillaje. Es aquella que enseña al hijo a ser él mismo y no llevar a cabo el proyecto fallido familiar. Es la que tiene la capacidad de hacer espacio en vez de llenarlo, logrando imitar a la vida tal como es, con sus deseos y frustraciones y todos los “desastres naturales” sin editar ni disimular al estilo “La vida es bella” o su contrario, una distopía moderna como lo sería la tiranía de la amargura y la paranoia del separatismo moderno.

Ser una madre suficientemente buena es ser solo la cuidadora de lo natural; bueno y malo, presente y carente. Es fomentar tanto la luz como la sombra, es permitir tanto el ascenso como las caídas, éxitos igual de importantes que fracasos. Es la que le saca el jugo a cada error en vez de condenarlo, la que permite los procesos aunque a ratos se vean feos e inadecuados. Es aquella que a cada paso elige la libertad, autenticidad e integración del ser humano que es su hijo o hija por sobre cualquier rol social o familiar que requiera ser perpetuado.

Se requiere valentía flexibilidad para ser esta madre tan natural, cuya recompensa es un permanente ciclo de evolución compartida donde la familia cumple su promesa original, la de ser un útero o matriz fértil para el crecimiento y la transformación del ser humano en su mejor versión y no la concesionaria de un sistema patriarcal obsoleto que busca adherir al orden por el orden, responsable de la sociedad deprimida y robotizada (alienada y sobreadaptada) de la que estamos tan milagrosamente intentando (y logrando) despertar.

Mito 2: Tengo que ser una madre entretenedora, estimulante y lúdica

Cuántas de nosotras nos hemos visto enfrentadas a la escena de un día cualquiera frente a la petición implícita o directa de nuestros hijos queriendo jugar y nosotras entrando en cuestión de segundos a un mar de confusión entre el no saber, no querer, estar cansada, sentirnos culpables, anestesiarnos en el deber y jugar desganadas, mecánicamente o convencernos de estar mal y obligarnos a “pasarlo bien”. Todo, en aquello que consideramos sano y correcto, sometiéndose silenciosamente a un ideal que siempre amenaza con hacernos sentir en deuda… ¿Suena familiar? Es porque forma parte de otro mito más: el que tengo que ser la entretenedora y especie de “wedding planner” de mis hijos, so castigo y consecuencia de que vayan a salir menos nivelados y preparados para el mundo tan competitivo que exige hoy tantas habilidades blandas como duras y pide de nuestros hijos una especie de “avatar social” que pueda con todo y no caiga con nada.

Se nos olvida a ratos una verdad tan simple; que la entretención es tan reciente, tan moderna, tan parte de la misma distorsión como lo son la consola de juegos mal usada o el zapping virtual que ofrecen las redes sociales con el fenómeno del marketing personal y la pseudo vivencia de conectividad y relacionamiento por cantidad más que por calidad. La nueva versión del Coliseo Romano moderno es entretener y ser entretenido: nada nuevo bajo el sol. Basta con recordar que hace tan solo unas cuantas décadas no solo la entretención era una novedad, sino también un lujo, en un mundo en el que el crecimiento de los niños tenía más que ver con comprender la realidad circundante para poder hacer frente y contribuir a la superación de la dificultad en curso que con que “el niño no se aburra un domingo en la tarde en la casa” y haya que llenarlo de actividades extraprogramáticas. No vaya ser que se atrofie y sea incapaz de nada, todo a precio de una paternidad esclavizante que nos convierte a madres y padres en choferes, proveedores de vivencias, relacionadores públicos, managers deportivos, representantes legales, chaperones, e incluso técnicos en rehabilitación cuando la entretención se nos escapa de las manos.

Y sí, todo parte de la base, como siempre suele ser: así como dice otro de los grandes, el alemán e incomparable Erich Fromm; psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista nacido en 1900 y tan conocido por obras de arte como la de amar. Él puso énfasis en la alienación del ser humano moderno, preso del ego con todas las licencias de una modernidad vacía y carente de sentido y sustancia, sin saber qué hacer con una libertad conquistada pero no madurada, sin distinguir entre el hacer y el tener con la incomparable experiencia del ser, con tanto miedo a la autenticidad como lo fue a la guerra en épocas de antaño.

Es en este infierno invisible lleno de bombas de humo y color en vez de balas y fuego, que el ser humano está perdido, formando parte y reclutando jóvenes en un ejército ya no bélico sino lúdico que esclaviza y adoctrina para el narcisismo interno en vez de la tiranía externa, cuando en realidad son lo mismo y uno solo.

Tanto nos preguntamos el por qué del descarrío y frialdad de la generación joven de hoy, sin tener clave alguna de que somos nosotros mismos los que sembramos el conocido hedonismo o nihilismo refinado versión 5.0, al dar tan inédita importancia al estímulo “positivo” y el cultivo de la hiperactividad que a ratos raya en la manía disfrazada de mil “amigos” en Facebook, diez conversaciones simultáneas en WhatsApp, quinientos likes en Instagram y diez mil seguidores en Twitter. O la versión más extrovertida de tres carretes semanales, cinco ligas de fútbol, cuarenta amigos, la moto, la bici, el gimnasio, el kickboxing, la banda, los playgroups, las clases de teatro, circo, los cumpleaños cada vez más “creativos” y versátiles, los viajes, las actividades que tienen que ser cada vez más exóticas e inigualables para adquirir algún sentido de identidad diferenciada que les haga sentir especiales.

En este escenario psicodélico conductual, situaciones que parecen sacadas de una novela de Jane Austen -como lo sería estar sentados en el living de la casa cada uno absorto en alguna actividad inolora, incolora, insabora o silenciosa- suenan a aburrimiento máximo y amenaza de extinción de la especie. Sin querer queriendo preparamos niños para la dependencia absoluta de la entretención 24/7 que los deja ignorantes de los ritmos de la vida, la creatividad interior, la imaginación, la resiliencia, la inteligencia de calle (o ser un buen quiltro como nos gusta llamarle acá en Chile). Dejamos de cultivar características tan esenciales para el nuevo Hommo Consciente como lo son la tolerancia a la frustración, la paciencia, perseverancia, silencio, satisfacción, sobriedad, madurez, empatía, visión, intuición y tantas otras maestrías, que haríamos a más de un maestro Zen revolcarse en su tumba.

Vemos tanto a los niños como mesías salvadores de nuestro largo y colectivo sufrimiento, abstinencia sensual y Dionisíaca, que les hemos cargado con la sombra inmadura y parcial de todo lo que no hemos podido vivir generación tras generación. Pero ese mismo disfrute, al que estamos llamados por destino y derecho de consciencia, así como dice nuestro querido Fromm refiriéndose al “Arte de amar”, es algo que no se puede dar por sentado y ejercer en forma irresponsablemente o automática producto de la ignorancia, sino que requiere cultivo y disciplina, como todo lo importante en la vida.

Mito 3: Sin apego no hay vida

A partir de la Segunda Guerra Mundial se comenzó a estudiar la relación de los bebés (en ese momento huérfanos de guerra) con sus cuidadoras en relación a sus necesidades y como gatillantes de patologías futuras o la incapacidad de sobrevivir. Fue de la mano de otros gigantes progenitores de la Psicología Evolutiva como lo fueron Melanie Klein (Viena, 1882) y John Bowlby (Londres,1907) que se desarrolló finalmente el concepto de Apego en la infancia, como una tipificación de las diversas formas de relacionamiento entre un bebé y su cuidadora, generalmente la madre y en excepciones otra figura materna. Desde entonces tenemos conocimiento de los tipos de apego existentes, entre ellos el Apego Seguro, Ansioso, Ambivalente, Evitativo y Desorganizado.

Si bien se abrió campo en una ciencia fundamental para comprender las diversas patologías nacientes y desarrolladas a partir de alguno de estos apegos deficientes o problemáticos, la sociedad occidental no pudo evitar ser víctima una vez más de totalitarismos, generalizaciones, reduccionismos, ignorancia popular e incluso fanatismo o dogmatismo inconsciente. Así como también creemos hoy haber inventado la rueda con un vegetarianismo de moda o los nuevos gimnasios que ofrecen Yoga o Tai chi como pesas espirituales en vez de las  pesas llenas de esteroides de los años 80, independientemente de la autenticidad de cada usuario. Y el apego no es la excepción. Aquello que comenzó como una ciencia en una época donde las relaciones primarias eran presa de depredadores y carroñeros histórico socio culturales, terminó siendo víctima de la mente moderna que busca perfeccionar bajo el yugo de la insaciable exigencia y perfeccionismo patriarcal llevando una vez más lo natural a la obsesión. Así, la maternidad cae desde un nuevo ángulo en una exigencia desmedida en un nuevo traje de salud mental que lleva a la mujer a agregar otro imposible a su currículum existencial.

El apego hay que entenderlo como es. Una vez más hay que hacer ese bello acto de humildad de aceptar que nada se sabe y nada se puede y partir retrocediendo a lo esencial: el niño no necesita un hada madrina todo presente ni omnipotente que le de leche solo de pecho bueno (jamás del malo), que no le permita ninguna necesidad, carencia o frustración, que se sienta todo contenido y genere una experiencia artificial de benevolencia idealizada en la que, así como cuenta la historia del Príncipe Siddharta, no existe mundo fuera del Palacio ni humano feo ni enfermo. Apego no es perfección ni ausencia de dolor, no es llenarse en un saciamiento existencial al estilo del Epicúreo en la Ciencia del Eneagrama (Eneatipo o Ego 7) que no sabe o no quiere saber de carencias o frustraciones maternas.

Una vez más el Apego es secuestrado, como tantas otras dimensiones, por la sociedad en curso para ser enrolado en el circuito del éxito, esta vez de la maternidad para proveer de seres humanos infalibles e indefectuosos. En vez de apuntar a la esencia del descubrimiento, que es permitir que el bebé tenga constancia y seguridad y evitar cualquier clase de negligencia y abandono. Pero eso genera no atreverse a destetar a la guagua hasta los dos años o dar leche en forma ansiosa y estresada, culpar a aquellas mujeres que combinan trabajo con los favores de la tecnología para hacer malabares humanos y sentirse culpables de no estar 24/7 con el crío o hacer de la vuelta del post natal una crisis de angustia.

Apego tiene que ver, nuevamente, con la capacidad de generar una experiencia de seguridad y estabilidad en el niño, lo cual no significa hacerle creer que vive en el mundo de Nunca Jamás. La seguridad no tiene que ver con la ausencia de dolor, malestar , sufrimiento o carencia. La seguridad tiene que ver con estar presente en y durante aquellas manifestaciones naturales y complejas de la vida, incluyendo una guerra mundial. El Apego no puede ser algo artificial, tiene que ser algo que venga de la persona que soy, del estado en el que estoy, de la crisis en la que me encuentro, de la relación que estoy batallando, del trabajo que me exige, del cuerpo cansado, de la mente aproblemada, de las contingencias que atacan, de los problemas que abundan, de la vulnerabilidad presente, de los duelos existentes, de los miedos que no podemos ahuyentar, de lo humanas que somos, de la evolución que transitamos, de la familia de la que venimos, las heridas que heredamos, los karmas que enfrentamos, de las limitaciones que tenemos y el entorno en el que vivimos.

El Apego no es magia, no es la solución, no es una fórmula, no es la clave de nada y no es adquirible o propio de competencias. El apego es soltarme de las exigencias, deberes-seres, culpas, fantasías, defensas y entregarme a un otro que me necesita pasajeramente, que depende en este momento y en una etapa de nuestras vidas de mí.  Pero me necesita a mí, a su madre, tal como soy, tal como encarné en el mundo, no la perfección de un Arcángel para poder recién ser feliz. El Apego es igual de natural que todo el resto de la existencia, y no depende solo de mí y lo que pueda “hacer”, sino más bien tiene que ver con la interacción entre este ser único que tengo en frente y mi persona como cuidadora, eso es todo. Y aquello requiere, más que cualquier cosa, sinceridad; con quien soy, con lo que siento, con lo que me ocurre y sí, especialmente con lo que yo también necesito. El Apego me requiere a mí como persona, como sujeto generador de semejante experiencia. Así como dice la instrucción en los aviones frente a cualquier emergencia: “primero asegúrese usted y luego asista a quien esté a su lado”. Por más egoísta que pueda parecerle a los más abnegados, es total y pura verdad: es muy poco lo que puedo hacer por un otro, sea cual sea la urgencia, si primero no estoy bien yo. Pues bien, la maternidad no es la excepción. Para que haya apego, bienestar, armonía y todas las bendiciones que anhelamos para nuestros hijos y nuestro entorno, primero tenemos que entrar en bonanza con nosotras mismas, en nuestra individualidad, feminidad, conciencia, corporalidad, emocionalidad y todo aquello que necesitamos genuinamente para estar en goce y centro de nuestra persona. Solo ahí puede darse el verdadero apego.

Ser madre hoy tiene más que ver con una experiencia genuina, espontánea, consecuencia de quién soy, de aquello que he batallado y construido, aquello que emana natural e instintivamente de mi cuerpo más que un rol fabricado y predeterminado por la mente social. Ser madre es un privilegio para una misma tanto como para los hijos, es una dimensión, un enorme arquetipo, quizás el más decisivo de la humanidad, el cual -si nos atrevemos a sacarlo del calabozo y camisa de fuerza patriarcal y cultural-, quizás logremos redimir hacia una de las experiencias más ancestrales y enriquecedoras que puede recibir como vivencia la humanidad; la Tierra Prometida del Paraíso Terrenal.

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