“Las casas de mis amigos ya no existen, y con mis recuerdos empieza a suceder lo mismo”. La casa en que crecí de Guille Söhrens

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“Las casas de mis amigos ya no existen, y con mis recuerdos empieza a suceder lo mismo”. La casa en que crecí de Guille Söhrens

Por Constanza Gutiérrez

“Aunque soy hijo de arquitectos, no sé nada de arquitectura, pero sé que mi casa era de concreto. Está ubicada en Ñuñoa, en Montenegro con Máximo Bach, y es una casa esquina que en realidad son dos construcciones distintas, pareadas. Mis abuelos vivían en la casa que daba a Máximo Bach y yo en la que daba a Montenegro.

Al principio mi casa era de un piso, con tres piezas: una para mis papás, otra para mi hermana y una que compartíamos mi hermano mayor y yo. Pero casi todos mis recuerdos son de después, cuando yo tenía cinco años y mis papás construyeron un segundo piso. Me acuerdo que fue en un momento en el que nos fuimos de vacaciones, una vacación larga, y durante ellas se hizo gran parte de la obra. Cuando volvimos, ya estaba casi listo. Ahí la que era la pieza de mis papás pasó a ser el living y la que yo compartía con mi hermano pasó a ser la pieza de ellos. Mi hermana conservó la suya. La construcción de ese segundo piso fue un hito porque hasta ese momento mi hermano y yo dormíamos en una pieza chica juntos, y en el segundo piso pudimos separarnos.

Pero mi pieza solo nunca fue una pieza real porque pese a su profesión mis papás no hicieron ese segundo piso muy a conciencia. Simplemente generaron un gran espacio, abierto, y creo que no consideraron que había personas que iban a habitar ese lugar. La pieza de mi hermano tenía una puerta de esas tipo salón del lejano oeste, que no permitía mucha privacidad, y yo ni siquiera tenía puerta. Estaba en un espacio grande que era como una ocupación donde puse una cama, pero era un lugar abierto. Había una pared y un hoyo deforme que de alguna manera delimitaba el lugar. A los quince años puse una barra con una cortina con un velcro a los lados. Esa era toda la privacidad que tenía.

Mis papás siempre tomaban decisiones raras: una vez se cayó el techo del living, por humedad, y cuando lo hicieron de nuevo lo pintaron de un color tan feo que ni siquiera sé si era verde o café, como en ese capítulo de Roco donde alguien pinta una casa de “verfé”, un color que nunca muestran, pero del que todos decían que era horrible. Mis papás decían que les gustaba, que era por la luz, pero yo creo que era mentira, que se equivocaron y no querían admitirlo. También hicieron un lugar muy, muy oscuro en el segundo piso, que estaba entre mi pieza y el baño, y según mi papá iba a hacer ahí una sala de revelado de fotografías, aunque nunca pasó. Supongo que tomaban todas estas decisiones pensando en hacer algo en el futuro.

Otra decisión práctica de mis papás fue poner baldosas en todo el patio. Les gustaban porque eran fáciles de limpiar, pero yo las encontraba muy fomes porque quería tener pasto.Después quisieron adecuar el patio para que nosotros pudiéramos jugar, y pusieron una barra para una malla de voleibol, pero estaba demasiado alta, extrema. Nunca la usamos. También pusieron un aro de básquetbol, pero junto a una canaleta, así que era muy difícil que la pelota cayera adentro.

El que sí disfrutaba el patio era mi perro, un samoyedo muy manso y activo que nos llegó ya grande. Su nombre de inscripción era Eddie Vedder, como el vocalista de Pearl Jam, pero por alguna razón nunca le dijeron Eddie, nos lo regalaron como “Max”.  Cuando llegó, yo debo haber tenido ocho años. Nos lo regaló una familia en la que tuvieron un hijo y les daba miedo que en algún momento el perro cambiara de personalidad y se comiera a la guagua.

Max fue la gran mascota de mi casa, aunque tuvimos muchas. Siempre hubo peces, a mi mamá le encantaban. Cuando yo era muy chico hubo conejos también, después un par de gatos recogidos que duraron muy poco. Después tuvimos otro tipo de mascotas más irregulares: un tiempo un pato y una gallina y una vez mi mamá fue a la feria y había una señora vendiendo camarones de río, que estaban vivos. Le dio tanta pena que los compró todos, llegó con ellos a la casa y los dejó en el patio, en la jardinera que estaba al lado de las baldosas. Ahí estuvieron un tiempo, y después desaparecieron. Max sobrevivió a todas esas mascotas extrañas.

También teníamos muchas plantas. Mi mamá tiene una gracia muy bacán: todo se le da. Tenía copihues y hasta tabaco, que es algo imposible de plantar en este clima. También stevia antes de que estuviera de moda, hace muchos años, y nos hablaba mucho de eso, de lo bacán que era. Eso lo sacó de mi tata, que hacía esas cosas de viejo: cuando yo era chico, se pasaba caracoles por la piel porque decía que lo rejuvenecía, y después fue muy famoso que la baba de caracol era buena para la piel. O se pasaba ortiga por la pelada, porque decía que le iba a salir nuevo pelo. Ahora he visto cremas de ortiga para la calvicie. A mi abuelo no le salió pelo nuevo, pero quién sabe, quizás si no se hubiese pasado ortiga hubiese tenido aún menos.

Toda la gente de Ñuñoa te va a decir lo mismo: que se acabó la vida de barrio. Las casas de mis amigos ya no existen, y con mis recuerdos empieza a suceder lo mismo que en Volver al Futuro cuando desaparecen lentamente las personas de las fotos. Ese sector ha cambiado tanto que me cuesta recordar porque no tengo con qué asociar mis recuerdos visualmente. Paso por donde había una casa con un perro que veía todos los días y ahora hay un edificio. Es terrible. Siento que se está desvaneciendo todo ese momento de mi vida. Por eso, evito pasar por fuera de la casa, por nostalgia.

Hace unos años, un amigo de la universidad me dijo que había soñado con mi tata, al que había visto en unas fotos. En su sueño, mi abuelo estaba en una casa a la que él había ido de visita, donde un compañero de carrera. Me mandó unas fotos, ¡y era mi casa! En ellas estaba su compañero en mi pieza. Fue muy extraño ver todo con una decoración distinta, a otras personas haciendo su vida ahí, en espacios que alguna vez fueron míos. Ahora prefiero no pasar por afuera”.

 

 

Guille Söhrens tiene 29 años y es cineasta

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