“Era un lugar donde podías imaginarte muchas cosas, porque había un montón de árboles y lugares misteriosos”. La casa en que crecí de Liliana Mora

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“Era un lugar donde podías imaginarte muchas cosas, porque había un montón de árboles y lugares misteriosos”. La casa en que crecí de Liliana Mora

Por Constanza Guitérrez

La casa en que crecí y la casa de mi abuelo estaban unidas, solo separadas por una pandereta baja, y eran como los dos lados de un espejo: ambas eran largas, de ochenta metros de profundidad por diez de frente, con unos patios gigantes. Mientras la de mi abuelo tenía un jardín impecable —con un parrón y un cerro de cactus que él mismo había ido armando, con el tiempo—, la mía era un lugar salvaje, más descuidado, porque mis papás trabajaban y se preocupaban de mi hermano y de mí. Teníamos una pileta en la que en invierno siempre había agua estancada, y las flores y plantas crecían sin control. Había una fila de árboles de limones, por lo menos siete, y también damascos y duraznos. Era un patio tan grande, que con mi hermano le poníamos nombre a los senderos que se iban armando entre la vegetación y las cosas, los que escribíamos con tiza en el cemento: General Toquito, en honor a nuestra larga dinastía de pastores alemanes llamados “Toqui”; Avenida Pupi, cosas así. Al fondo del patio había una puertita secreta que unía las dos casas. Era tan chica que ahora me llegaría a la rodilla: uno se agachaba y entraba al patio trasero de mi abuelo, a la parte donde estaba el lavadero y colgaban la ropa.

Aunque las casas estaban en el centro de Santiago, en un barrio comercial en el que había tiendas y oficinas y durante el día transitaban mucha gente y autos, dentro de ellas era como vivir en una isla calma y ajena al mundo. Era un lugar donde podías imaginarte muchas cosas, porque había un montón de árboles y lugares misteriosos. Aparte de la casa, afuera, había varias piezas, algunas con baño, que quizás respondían a un modelo de casa antigua, con habitaciones para el servicio, pero que nosotros no habitábamos, sino que usábamos como bodega. En ellas había muchos escondites, entre cuadros y muebles antiguos empolvados. Y vivir ahí era similar a estar en “El jardín secreto”. Había mucho espacio para observar, muchos lugares para estar solo. Mi papá tenía un órgano Bontempi, que era de los más modernos de esa época, con unas bases tipo “tango” y “hip hop”. Todos los días tocaba música, que iba desde los Beatles hasta cosas que estaban de moda en la época, como José Feliciano y Julio Iglesias.

Como la casa estaba en la Alameda, era protagonista de muchas cosas. Una vez pasó que mi papá iba a entrando a la casa y se encontró con un ex compañero de la universidad. Estuvieron poniéndose al día ahí en la calle hasta que mi papá le dijo “pero pasa, ven a conocer a mi señora y a mis hijos”, y el ex compañero se quedó a almorzar. Al día siguiente apareció de nuevo y mi papá, que es amiguero y muy bonachón, estuvo echando la talla con él y volvió a invitarlo a comer. Yo tenía como tres o cuatro años, pero me acuerdo de él, porque empezó a ir todos los días y porque sabía karate, así que mi hermano y yo pasamos todas esas semanas jugando a que éramos karatecas. En un momento ya hasta molestaba: a veces mi mamá estaba sola con nosotros y el amigo aparecía a ver a mi papá y se quedaba aunque no estuviera. Después de unas tres semanas, anunció que se iba de viaje y no volvería a vernos más. Mi papá estaba sorprendido, quería saber dónde se iba y por qué, y después de pensarlo un poco, su amigo le dijo que no podía decirle nada, pero que se cuidara, porque tenía una familia muy linda. “Me mandaron para investigarte, alguien te trató de cagar”. El ex compañero era un CNI.

Mi mamá siempre quiso vender la casa porque no le gustaba vivir ahí, le parecía que era peligroso para tener niños porque pasaban muchos autos afuera. Con los años, por la ubicación y el terreno, tan grande, empezaron a llegar propuestas de compra de inmobiliarias y otras empresas. La verdad es que para nosotros la casa era algo muy especial y, a la vez, un gran cacho: era tan bonita, pero tan grande, tan de otra época, que vivir ahí significaba invertir mucha plata y tiempo. Era imposible dedicarse tanto a una casa así. Éramos una familia de cuatro en una casa para muchas personas. Y siempre teníamos como una especie de “nostalgia del futuro”, siempre hablábamos del momento en que nos íbamos a ir. Finalmente se vendió el año 2013, pero mi hermano y yo ya nos habíamos ido hacía tiempo.

Liliana Mora tiene 36 años y es diseñadora gráfica.

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