La casa en que crecí: Aribel González 

Columnas

La casa en que crecí: Aribel González 

Por Constanza Guitérrez

“Me crié en una casa que está en un pasaje que queda en Avenida Independencia con Domingo Santa María. Mis papás la eligieron porque, cuando era niño, mi papá vivía a dos cuadras de ella, en una calle que se llama San Luis. Es de un piso, blanca por fuera, martelinada, con muchos pasillos y puertas. Mis amigos y los de mi hermano le decían “la casa de las puertas”. Después, le hicieron un segundo piso y cambió mucho, pero cuando yo era niña entrabas y había un pasillo: hacia un lado se encontraba una puerta que daba a otro pasillo donde estaba un baño y dos piezas, y al otro un pasillo que llevaba hacia la cocina, el comedor de diario y el patio. Este último siempre ha sido igual, con un parrón, dos limones y un naranjo.

Cuando mis papás la compraron, en el año ‘85, el barrio no era parte de Independencia, sino de Santiago, y se iba a construir ahí una estación de metro. Mi papá tenía hasta los planos, y la compraron con esa promesa. Mi pasaje estaba dividido en dos, porque una calle lo cruzaba. Había muchos niños, entre los que vivían ahí y los nietos de otras personas del barrio que iban los fines de semana. Aunque éramos todos amigos, había rivalidades entre un pasaje y otro. En un lado vivíamos niños más chicos y en el otro unos más grandes. Mi hermano, que tiene cuatro años más que yo, se juntaba con los del pasaje de al frente. Al principio nuestro pasaje estaba abierto, pero luego pusieron una reja porque en las tardes y noches había gente que iba a tomar, y al otro día encontrabas las cajas de vino tiradas. Cuando lo cerraron pudimos jugar hasta la hora que fuera. Jugábamos a la escondida, “frontón”, “alto”, tenis y fútbol. Y en la esquina había unos flippers, pero ir para allá era mal visto. A mí no me interesaban, pero a mi hermano sí, y mis papás no lo dejaban. Afuera estaba lleno de escolares y, según mis papás, ahí se juntaban los porros, los que no entraban a clases al liceo que está al frente, el Gabriela Mistral. Esos flippers ya no existen: cuando ensancharon Avenida Independencia botaron muchas fachadas y ahora ahí no hay nada, están construyendo.

Mi barrio era un barrio muy mezclado, vivían trabajadores y profesionales. Había casonas grandes con patios gigantes. Cuando era chica, nuestra actividad familiar era ir a las plazas cercanas: una era la plaza Central, que era un gran bandejón con unas casas muy mononas y bien tenidas a los lados, y la otra era la plaza Cádiz, que era más chiquitita y estaba más cerca de mi casa. Ahí jugábamos y comprábamos helados de palito en algún almacén. Cuando yo era niña no había supermercados, comprábamos en la feria que se pone al lado de mi casa los martes y los viernes, y en almacenes: La Porota y el Pancho. La Porota era un almacén típico en el que se vendían cosas como huevos y queso, y El Pancho, que quedaba a menos de una cuadra de mi casa, era un bazar donde vendían juguetes chinos, pinches, bombitas de agua, stickers, materiales del colegio como cartulinas y álbumes Salo, además de mugres como snacks y dulces. A los niños del barrio nos encantaba y le comprábamos todo, pero a los adultos no tanto porque nosotros nos queríamos gastar toda la plata ahí. Cuando fui más grande, como el año ’97, se puso un supermercado que se llamaba Dandy. No quedaba tan cerca como los almacenes, pero igual a una distancia caminable. Después, cuando yo estaba en séptimo básico, se puso un mall.

 

Mis papás también tuvieron un almacén. El ‘97 mi papá compró un local, se asoció con el hermano de mi mamá y pusieron una panadería que distribuía la marca de panes Fuchs. Hicieron una panadería muy linda, pero en el barrio nadie iba a comprar eso, así que terminó como un almácen común: siguieron teniendo los pastelitos, pero vendían de todo. Nunca lo atendí, pero los iba a acompañar y pesaba el pan. Había mucha gente vieja que compraba dos bolsitas de té, una lámina de queso, una marraqueta y nada más. Todo de a poquito, porque no tenían plata. Mis papás querían ser Fuchs, pero el barrio solo podía comprar bolsitas de té sueltas.

Ahora el Pancho y La Porota ya no existen. Desde que empezaron a construir edificios, empezaron a botar las casas. Cuando yo era chica, salía al patio y no veía nada. Ahora salgo y veo una torre gigante. Veo a los vecinos que viven en ese edificio, y asumo que ellos también pueden ver todo lo que pasa en mi patio.

Cuando estaba en quinto básico empezaron a llegar muchos peruanos al barrio. Solo peruanos. Luego, años después, empezaron a llegar haitianos, colombianos y dominicanos. Cuando hice mi proyecto de título para la universidad tomé ese tema, porque me daba cuenta de que cerca de mi casa estaba lleno de inmigrantes, pero que iba a Providencia y no se veían. En Indepedencia sí: iba a comprar el pan y estaban ahí, o iba en la micro y estaban ahí. Para hacer mi proyecto, entrevisté a muchos vecinos del barrio, y había varios que alegaban que eran muy escandalosos, no les gustaba que hicieran asados en la calle. Yo pienso que ahora que hay puestos de gente de otros países la feria ha mejorado mucho. Se usa más el espacio público. Juegan voleibol en las plazas. Tienen otras costumbres y son más alegres”.

Aribel González tiene 30 años y es diseñadora gráfica.

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