La diferencia entre comestibles y comida de verdad

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La diferencia entre comestibles y comida de verdad

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

Estamos frente a una grave encrucijada alimenticia. Puede que para algunos suene exagerada y alarmista; que para otros esto aún no sea grave; y que para otros cuantos, felizmente, esto ya haya comenzado a hacerles sentido.

Lamentablemente, cuando vamos a un supermercado tradicional el 80% de los productos que ahí encontramos son ultra procesados. Están muertos, no tienen vida y no se echan a perder. Interminables y largos pasillos de una variedad enorme de cosas comestibles que finalmente, vienen todos de la misma cantidad de ingredientes mezclados y luego presentados en forma de cereales marketeados de diferentes maneras y ofreciendo distintas promesas como el 0% de algo que suena sano, o libre de otra cosa que suena a mala.

No nos estamos dando el tiempo para leer la gran cantidad de ingredientes -la mayoría impronunciables-, que le estamos dando a nuestros cuerpos. Y lo que es peor aún, lo que les estamos dando a nuestros niños, sin que ellos sean conscientes de eso. Nos hemos desvinculado de tal manera con la comida, que pensamos que todo lo que está en un supermercado es un alimento. Y la verdad es que no lo son, y debemos empezar a clasificarlos e identificarlos con diferentes nombres. Todas esas cosas que vienen en envases y empaquetados llenos de mensajes de por qué debemos comprarlos y que tienen listados interminables de ingredientes que no sabemos lo que son -muchos de ellos prohibidos en varios países-, son productos comestibles pero no son comida de verdad. No son alimentos y debemos repensarlos, reducirlos y ojalá eliminarlos de nuestra compra.

Por qué hacerlo, se preguntarán algunos, argumentando que nosotros también comíamos estas cosas y no nos pasó nada. Y el caso es que no es así. Los productos que se hacían hace 20 años no tienen nada que ver con los que se ofrecen hoy en día. La tecnología se dedica día a día a diseñar nuevas opciones comestibles para que el cliente no pueda dejar de comprar. La mayoría ultra procesados que cumplen con el magistralmente diseñado “Bliss point”; la cantidad de azúcar, sal y grasa que optimiza lo delicioso, la combinación perfecta donde encontramos la comida en su punto más rico. Pero esto quiere decir que el producto no es que sea rico en sí mismo, como lo deliciosa que puede ser una manzana roja de temporada, o el tomate de verano, sino que alguien inventó una fórmula para que nuestro cerebro lo encuentre delicioso y no pueda parar de comerlo. Y así ocurre. Pues claro, porque son altamente adictivas. La decisión de seguir comiendo o parar ya casi no tiene que ver con nosotros. No es una decisión libre. Menos para un niño.

En cuanto a la ley de etiquetado que se creó en Chile para crear un consumo más consciente, las grandes marcas de estos productos comestibles han sido capaces de evitar los sellos, con aún más ingenio al momento de desmenuzar los ingredientes y lograr que sus productos no los tengan. Citan la cantidad de azúcar de un producto pensado para niños, desmenuzando sus cantidades usando diferentes palabras, pero finalmente son azúcar. Por ejemplo, maltodextrina, dextrina, dextrosa, fructosa, glucosa, polidextrosa, jarábe de maíz alto en fructosa, jarábe de agave, melaza, panela. ¡Y atrévanse a probar estos productos!, el gusto a metal que tienen terminará por deformar el gusto y el paladar de nuestros hijos. A mi parecer, saben pésimo. Y para variar, subestimamos a los niños pensando que esto no es un ítem relevante, pero lo es, porque les estamos matando el gusto por la comida de verdad. Los estamos desvinculando aún más con los sabores deliciosos que tiene la comida. Un niño de hoy en día, cuando cumple 9 años, ya ha consumido la misma cantidad de azúcar que su abuelo a sus 90.

Muchos pensarán que sus hijos no comen casi nada de azúcar, pero es que no nos damos cuenta de ciertos hábitos que tenemos demasiado arraigados, o que teníamos en nuestra infancia, sin informarnos de cómo ha cambiado ese producto. Por ejemplo, aquel polvito de chocolate que tomábamos con leche para que quedara chocolatada, hoy es una receta compuesta por tres cuartos de azúcar, y un porcentaje mínimo de un polvo café que no es cacao de verdad. A esto hay que sumarle otros polvitos misteriosos que actúan de preservantes, saborizantes idénticos al natural, estabilizantes, y una serie de nombres terroríficos. Tampoco hemos pensando en los “cereales” que comen todos los días, que penosamente no son cereales. Son la misma masa de miles de ingredientes cortados y coloreados de diferente forma. El caso es que el cereal que se presenta como 0% y libre de todo, es exactamente lo mismo. Solo cambia su empaque, su look y su palabrería. Lo mismo con las colaciones infantiles, que creo, fervientemente, deberían prohibir su venta. Así de radical.

Tenemos la obligación de volver a vincular a nuestros niños con lo que comen. Comenzar a diferenciar aquellos productos comestibles con los alimentos y la comida de verdad. Y enseñarles esta diferencia fundamental. Nuestro carro de supermercado debe ser en un 80% comida real; frutas, verduras, granos, semillas, pasta, huevos. Un tip para esto es quedarse en el pasillo exterior del supermercado y evitar a toda costa la cantidad de pasillos inservibles, llenos de nada. Otro tip es tratar de comprar lo más posible en ferias y a productores pequeños que fabrican sus productos en una cocina y no en una fábrica. Los invito a revisar su lista de compras, su carro y sus hábitos alimenticios familiares, porque de seguro pueden modificar varios por hábitos más sanos. Y los invito a leer en voz alta, junto con sus hijos, los interminables e impronunciables ingredientes que tienen muchos de los productos dirigidos a ellos. Entiendo que es un cambio difícil y que el tema muchas veces saca ronchas porque no queremos ver esta realidad tan abismante, pero es urgente volver a la comida de verdad, a lo hecho en la casa con ingredientes conocidos. Vamos todos por ese cambio.

María José Buttazzoni es educadora de párvulos y directora del jardín infantil Ombú. Además, es co-autora del libro “Niños, a comer”, junto a la cocinera Sol Fliman, y co-fundadora de Soki, una plataforma que desarrolla cajas de juegos diseñadas para fortalecer el aprendizaje y la conexión emocional entre niños y adultos.

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