La metáfora de Ginger

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La metáfora de Ginger

Por Josefina Hirane

Perdí mi perro y lo que ha pasado en estos 10 días de desesperación tiene que ver también con mi pasado, con una familia fragmentada que vuelve a ser una en una plaza, con la vulnerabilidad y con las prioridades. Las mías y las del resto.

Paula Digital.

Me desperté con una llamada de mi mamá a las 6 de la mañana. Aunque estaba muy dormida como para alcanzar a asustarme o a elucubrar que alguien había muerto, igual intuí que algo malo pasaba. “Hola, hija”, me dice llorando. “Mamá, ¿qué pasó?”, “La Ginger está perdida. Llevamos tres horas buscándola tu papá, la Camila (mi hermana) y Matías (el pololo de mi hermana)”.

Es difícil explicar lo que es la Ginger en mi familia. En realidad no es difícil de explicar, pero quizás sí de entender para alguien ajeno. Mi hermana la adoptó hace cinco años. Era una perrita que vivía en la calle y que el pololo de mi prima, que vivía en Pedro de Valdivia Norte con dos amigos, aguachó en su casa. Siempre le daban agua y comida. Ellos le pusieron Ginger. Mi hermana fue a carretear a esa casa, y se llevó a la Ginger de vuelta en el auto.

Al día siguiente llegó a almorzar a la casa de mi papá con el perro. Todos pensamos: se volvió loca. En qué minuto va a cuidar un perro, si es actriz, tiene un estilo de vida en el que con suerte se puede cuidar a ella misma. Pero estábamos muy equivocados: con mucho amor y dedicación la cuidó desde el primer día y Ginger se convirtió en su compañera, en su +1, en su “bebé perro”. Y, por ende, a los pocos meses este perro quiltro, medio desguañangado, gris, tembloroso, traumado –con ruidos como el del pito del árbitro en los partidos de fútbol y el de los truenos– y con alopecia nerviosa (suponemos por los dos años que vivió en la calle), tenía conquistado el corazón de toda mi familia: y cuando digo toda es toda. Por el trabajo de mi hermana, muchas veces no la puede cuidar, por lo que se turnan entre mi mamá y mi madrastra para hacerlo. Entre ellas bromean que tienen la tuición compartida. Cuando la Ginger está en la casa de mi mamá, todo gira en torno a ella. Si llegas después de que se quedó dormida, tienes que sacarte los zapatos para no despertarla. Cuando sale a trabajar en la mañana, la va a despertar con besos por todo el cuerpo. Si la Ginger refunfuña porque no se quiere levantar, mi mamá la va a buscar en su horario de almuerzo para llevársela a la Claudia, la señora de mi papá, que también la ama. Entre las dos se organizan para llevarla al dermatólogo a tratarse su alopecia, le dan flores de Bach (cada una manipula un frasco en su casa) y le ponen música terapéutica de perros para que se quede dormida.

Han sido 10 días pesadillescos. De dormir muy poco, de soñar que la encuentro, de soñar que alguien se la robó y ver la cara de ese alguien, de despertar llorando, de consolar a mi mamá, de conseguir posteos, retuits, de pedir a mis amigos que compartan y no paren de compartir, de pistas falsas, de ilusiones, de pegar afiches y más afiches y más afiches. De consultar a tarotistas, videntes, canalizadoras, brujas. De volver a rezar después de 9 años, de encomendarme a San Antonio, Santa Elena, Francisco de Asís. De pedir los días libres que me corresponden en la pega y recibir frases como: “Me parece impresentable tanto escándalo por un perro, ya basta”. Pero nunca había visto tan unida a mi familia. Y aunque tienen una buena relación de ex, es raro ver juntos a mi papá y a mi mamá de nuevo, porque aunque cada uno duerme en su casa es como si viviéramos todos juntos. Como cuando éramos chicos. El parque Ramón Cruz, donde dicen que la vieron por última vez, es nuestra casa, nuestra oficina, nuestra sala de reuniones, todo. Ahí lloramos, nos abrazamos, a veces estamos esperanzados y otras, muy frustrados. Todos queremos a nuestra Ginger de vuelta.

Yo estoy sufriendo porque la quiero y la extraño. Pero también estoy sufriendo por ver sufrir a mi mamá. El otro día, llorando, me dijo: “Yo no quería que se muriera en la calle. Yo quería cuidarla hasta el final, que se muriera en mis brazos de viejita”. Me rompió el corazón. Mi mejor amiga, que es muy sabia, me dijo: “Cuando crecemos nos toca ver que nuestras mamás también sufren y hay que contenerlas. Y es doloroso, porque siempre ha sido al revés”. Y aunque hay personas a quienes esto les puede parecer una estupidez, para nosotros no lo es. Un amigo me comentaba: “Ginger es mucho más que un perrito que aman. Ginger es una metáfora de la unión familiar”. Y es cierto. Es la unión de una familia fragmentada que desde que llegó Ginger volvió a ser más familia que nunca.

*La autora de esta columna, Josefina Hirane, es periodista hace 3 años en revista Paula.

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