La migración, un derecho humano

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La migración, un derecho humano

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Miguel Yaksic SJ es director nacional del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), que protege y promueve la dignidad y derechos de las personas que migran a Chile.

Paula 1207. Sábado 27 de agosto de 2016.

Llevo un tiempo trabajando en la promoción y la protección de los derechos de las personas que migran. Me ha tocado encontrar historias maravillosas de esfuerzo, lucha, superación, reunificación familiar y prosperidad. También me ha tocado encontrar historias duras. Muy duras. Muchas de las personas que servimos en el SJM han debido dejar su tierra, su familia, han tenido que recorrer trayectos difíciles y peligrosos, y se han encontrado con que el proceso de inclusión social y laboral en Chile no es para nada fácil.

En este trabajo he visto personas que atacan y personas que defienden la migración. Los primeros, a lo Donald Trump, le tienen miedo a la diversidad, a las personas afrodescendientes, al otro distinto. Piensan que nos estamos llenando de extranjeros; piensan que los hombres colombianos son violentos y que las mujeres vienen a trabajar en el comercio sexual. Creen que nos quitan el trabajo, que llenan las escuelas, que profitan de los sistemas de seguridad social y que ocupan el lugar que nos pertenece en la fila del consultorio. Los segundos creen que la migración es una oportunidad. Que en un país en que la natalidad va a la baja, los migrantes van a renovar la fuerza laboral. Para muchos de ellos la oportunidad no es otra que mano de obra barata, aunque esté más calificada. Los primeros piensan que la migración hay que controlarla con muros, requisitos, vallas y burocracia. Los segundos piensan que así como hay que liberalizar las fronteras para favorecer el intercambio de bienes, hay que liberalizar el mercado de las personas.

Entremedio, están los que piensan que la migración no es algo que hay que defender ni que hay que detener. Son los que han entendido que, generaciones más generaciones menos, todos somos migrantes. Son los que saben que desde que existen los seres humanos, hay migración. Son los que han caído en la cuenta de que los migrantes no son una amenaza que controlar ni un medio que instrumentalizar, sino personas, sujetos de derechos humanos que el Estado de Chile se ha comprometido a proteger en innumerables tratados internacionales. Son los que aprendieron que todas las personas compartimos una sola y la misma dignidad: la de seres humanos. Son los que, por eso mismo, saben que antes que la comunidad de los haitianos, bolivianos o chilenos está la familia humana.

“La migración debe movernos a preguntarnos qué nos pasa con el otro distinto. A caer en cuenta de esos micromachismos, microrracismos y microdiscriminaciones que usamos cada día al pensar y hablar”.

Son los que ven que en una sala de clases de Independencia, Recoleta, Estación Central, Santiago o Quilicura no hay peruanos, haitianos, colombianos y chilenos, sino solo niñas y niños. Los flujos migratorios hacia Chile están creciendo. Y están creciendo rápido. Más rápido que en cualquier otro país de América Latina. Este crecimiento no debe alarmarnos. Debe movilizarnos. Debe mover al Estado a modificar la ley de migraciones más antigua del continente y a avanzar en una política migratoria integral con enfoque de derechos, porque en vez de alarmarnos, el crecimiento de la migración debe movernos a todos los chilenos a preguntarnos qué nos pasa con el otro distinto. A caer en la cuenta de esos micromachismos, microrracismos y microdiscriminaciones que usamos cada día en nuestra manera de pensar y de hablar. Si un extranjero nos pone nerviosos, nos da miedo, nos provoca agresividad o desprecio, tenemos una pregunta que hacernos. Porque probablemente el problema está más en nosotros que en ellos. O si veo en un extranjero una oportunidad para pagar menos, abusar en el arriendo de su vivienda, podría acordarme que esa misma historia la vivió nuestro abuelo y la podrá vivir nuestro hijo.

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