La pareja después de los hijos

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La pareja después de los hijos

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

Entre pitos y flautas, rutinas, preocupaciones, turnos, gastos, colegios, cuentas, casa, mascotas, trabajo y todo lo que trae la vida con hijos, a muchos se nos olvida preocuparnos de la pareja que fuimos, esa que comenzó el proyecto familiar. Esa pareja enamorada, soñadora, llena de planes y proyectos que luego, durante la etapa intensa de la crianza, se comienza a desgastar.

Ya no alcanzamos a conversar casi nada con nuestra pareja, con suerte logramos terminar una frase. Nos vamos distanciando a pasos agigantados y cada uno se enfrasca en sus propias preocupaciones, deberes y responsabilidades. Las discusiones tontas parecen estar a la orden del día y los espacios de encuentro a solas son casi nulos. Y muchas veces es tan difícil comunicarnos, que terminamos discutiendo por puros malos entendidos. Comer tranquilos y conversar parece una ilusión.

Es común que mi marido me espere acostado mientras yo acompaño a los más chicos para que se duerman, pero de paso me duermo yo también. Me quedo dormida sentada, con la cabeza chueca, y me despierto después de un rato por el dolor de cuello. Cuando vuelvo a mi cama, él ya va en la etapa R.E.M del sueño, lo que dificulta aún más cualquier tipo de comunicación verbal y física. La vida sexual de las parejas criando pasa a ratos perdida por el desierto de Atacama, la pobrecita. Y si la encontramos por ahí, está con síntomas graves de deshidratación y cuesta revivirla. Nos sentimos poco queridos, poco vistos y poco escuchados. Se empieza a extinguir la intimidad, que antes de los hijos, era lo que nos mantenía unidos. Y es dañino, es solitario, es triste, pero lo bueno es que tiene solución.

La solución comienza por decidir y querer vernos, mirarnos. Dejarle espacio a la intimidad. Dejar que nos vean, que vean dónde estamos parados, qué estamos sintiendo. Mostrarnos también vulnerables. Es también fundamental aumentar la cantidad de tiempo en que estamos juntos. Y este paso es difícil, ya que la mayoría del tiempo es consumido por el trabajo de cada uno y luego por las responsabilidades de la casa y los hijos. Pero esta falta de tiempo para la pareja es probablemente el mayor culpable de que nos sintamos alejados, poco queridos y poco conectados con nuestra pareja. Aquí se aplica el dicho de que no basta solo la calidad del tiempo que estamos con el otro, sino que también la cantidad de tiempo que pasamos juntos para que nuestra relación vuelva a tener más sentido. Y para que vuelva a ser entretenida. Que retribuya y sea un aspecto positivo de nuestra vida familiar.

Como es altamente difícil encontrar ese tiempo dentro de la vida diaria, una gran forma de echar a andar esta rueda de cuidado por la pareja que somos es tomarse unas mini vacaciones, un par de días solos. Repito, solos. Para reencontrarse y reconocerse. No todos tenemos la capacidad económica de hacer una escapada idílica que involucre la playa caribeña del aviso de la pareja feliz de revista, pero no es necesario. Lo importante es la cantidad de días disponibles para realmente tener tiempo de descansar y desconectar la cabeza de preocupaciones cotidianas y de la rutina. La escapada puede ser al sur, a Valparaíso, o a una cabañita prestada por ahí. Lo importante es encontrar ese momento para poder tener conversaciones en las que logremos terminar una frase y una idea, donde podamos comer juntos un plato de comida caliente y no con infinitas interrupciones de manitos sacando la comida de nuestro plato. Días donde podamos tener tiempo para reencontrarnos físicamente y retomar nuestra vida sexual sin apuros y sin pánico de que llegue un hijo a la pieza con pesadillas.

Debiera ser mandatorio y recetado por un doctor que las parejas tengamos la posibilidad de hacer esto al menos una vez al año para poder ver de nuevo a la persona de la que nos enamoramos, acordarnos de las cosas que nos atraían del otro y descubrir lo que aún tenemos en común. Disfrutar juntos va a permitir poder retomar la crianza llenos de energías renovadas, con mejor sentido del humor, conectados y queriéndonos, lo que de seguro repercute en el bienestar de los hijos porque padres y madres felices significa hijos felices. A los hijos los beneficia además tener de modelo una buena relación de pareja. Es demasiado necesario el cuidar a la pareja, no dejarla botada y alimentarla. Y para eso, hay que darnos tiempos a solas.

María José Buttazzoni es educadora de párvulos y directora del jardín infantil Ombú. Además, es co-autora del libro “Niños, a comer”, junto a la cocinera Sol Fliman, y co-fundadora de Soki, una plataforma que desarrolla cajas de juegos diseñadas para fortalecer el aprendizaje y la conexión emocional entre niños y adultos.

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