La prueba de amor

Columnas

La prueba de amor

Por por Constanza Michelson / Ilustración: Camila Ortega

Carne trémula.

Paula 1246. Sábado 10 de marzo de 2018.

Dicen que no hay amor original. Si el amor “se hace”, entonces para realizarlo actuamos algún guión.

La escena por excelencia, se llama precisamente así, “hacer una escena”. Para montarla se puede recurrir a alguna disputa conocida, un enojo de fácil entendimiento para la pareja, o bien, si se es más osado, se puede inventar un malestar rebuscado para desestabilizar la relación. Como sea, hacer una escena implica una condición fundamental: el tema de discusión es secundario, por ende, todo intento por abordarlo con calma y racionalidad es un fracaso. La escena está hecha con otro fin: sacar al otro de su eje y lograr que ocurra algo en el cuerpo; que la voz segura vacile, aumenten las palpitaciones (el corazón debe estar implicado), surja alguna mueca novedosa que indique que el otro está en un desfiladero. Y ahí, al borde, por fin pronuncie esas palabras que ya no son letras, sino que tienen el espesor del desgarro, ese “te amo” que se convierte en una ofrenda de un trozo de sí. En este punto la escena encuentra su realización y devela su hueso: de lo que se trataba era de la búsqueda de la prueba de amor. Que no es sino poner a prueba al otro para comprobar qué somos para este.

Si es una puesta a prueba, es porque a la pregunta por el amor no le basta una declaración, eso suele dejarnos con dudas; la demanda es por una demostración: que el otro dé más de lo que está dispuesto en su tranquila cotidianidad. Por eso toda respuesta, todo regalo deja siempre una leve desazón. El amor pide más, siempre un poco más. Sacar al otro de sí, como demostración de la pregunta fundamental ¿puedes vivir sin mí?

Maniobra perversa que aprendimos con nuestra primera escena, la pataleta. “Mami quédate un poco más, atiéndeme más, mira cómo me pego en la cabeza, ¿cuánto te importa?”. El amor tiene ese rastro infantil, en que amamos lo que somos para el otro. Entonces no amamos tanto al otro -especialmente en las relaciones más intensas y demandantes- como a nosotros mismos a través del otro.

Dicen que no hay amor original.

Aunque yo creo que sí. No hablo de esos nuevos nombres del amor que son más estridencia que otra cosa (como cuando el poliamor es una versión del profeta de Peñalolén con ropa progre). Hablo de la posibilidad de cambiar esa pregunta demandante ¿puedes perderme? por una propuesta: ¿nos perdemos juntos?

Seguir leyendo