La voz de la conciencia

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La voz de la conciencia

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Una vez conversé largo rato con una sabia curandera ecuatoriana. Hablamos de las mujeres y nuestras luchas. De la menstruación y de cómo, esos días, son una oportunidad de entrar en un estado profundo de conocimiento personal y salud. Cuando le pregunté si creía que hoy las personas somos más conscientes del impacto que tiene en nuestro entorno la manera en la que vivimos, me detuvo en seco y me dijo: “ten mucho cuidado en la manera en la que usas la palabra conciencia. No somos estúpidas. El problema es que no hemos recibido esa educación”.

Me quedé pensando en las mil veces en que hablamos de la conciencia como si fuera un bien público, homogéneo y único, al que todos le echamos mano para tomar decisiones. Apelar a la conciencia, como al sentido común ¬–que bien poco le queda de común– puede ser una atrocidad en varios casos. Me quedé pensando, también, en ese aire de superioridad que existe en quiénes se jactan de ser más conscientes ¿Qué han recibido ellos que otros no tengan? La conciencia se toma y, al parecer, jamás se deja. Acompaña buenas causas y está en todo lo que consideramos noble. “La conciencia sólo puede existir de una manera, y es teniendo conciencia de que existe” decía Sartre. Y ahí yo me pregunto ¿todos sabemos que existe?

Creo que si alguien es capaz de hacerse las preguntas, es responsable de buscar las respuestas. También creo que no hay proceso más personal que hacerse preguntas y cuestionar lo que se nos da por default. Pero no todos somos capaces de cuestionar lo que nos rodea e imaginar que es posible vivir de otras maneras. Muchas veces porque no hemos visto, leído o conocido otras maneras. O tal vez porque estamos demasiado ocupados en nuestros quehaceres y no hay tiempo para esas cosas.

La conciencia se forma con la educación, con la búsqueda del conocimiento de la propia existencia, del entorno, del rol que tenemos en el planeta y en la sociedad. Se inicia haciendo preguntas, reflexionando y buscando respuestas. Ante eso, no hay duda de que tiene que existir una motivación, unas ganas de querer que las cosas cambien, de darle algún sentido a nuestra vida. Una especie de voz interior o del alma, como decía Shakespeare

La conciencia ecológica, los partos conscientes, la alimentación consciente, el feminismo, todo comenzó con alguien haciéndose preguntas. Y si esa persona encontró las respuestas y cree que debe compartirlas, sembró en otros la inquietud y así, hasta generar cambios realmente importantes.¬ Por eso, no subestimemos esa idea que da vueltas, esa voz que quiere ser escuchada. Esa pregunta sin respuesta, porque si la tenemos y la escuchamos, ya somos conscientes de su existencia.

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