Las viejas del té

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Las viejas del té

Por @PROYECTO.ONCE / Fotos: Constanza Miranda

Sobre ser parte de un grupo de diez amigas que toma once cada martes y hacer una vida juntas por más de 45 años, habla Carmen Esponda.

Soy viuda, tengo tres hijos, nueve nietos y tres bisnietos. Digo que soy viuda, pero me separé de mi marido como a los 38 años. Estuvimos juntos desde que tenía 19, porque antes nos casábamos primero y nos estrenábamos después, no como ahora, que es una maravilla.

Antes de separarme fuimos a una comida de su trabajo en La Querencia. No me acuerdo bien de quiénes eran, pero sé que había muchos empresarios. Solo recuerdo que a mí me tocó al frente de una señora que estaba tan aburrida como yo. Era Bertina Céspedes. Empezamos a conversar y resulta que necesitaba un electroencefalograma para su hijo con necesidades especiales y yo, coincidentemente, me dedicaba a hacerlos en el Instituto de Neurocirugía. Conectamos altiro.

Después de un tiempo siendo amigas, Betina, como se rebautizó mi amiga, me invitó a una once que ella hacía todas las semanas con sus cuñadas y una vecina en la Villa Frei. Era una cosa bien familiar. La primera vez que vi a “las viejas del té”, ¡las encontré tan cuicas! Nada que ver con una persona que trabajaba en un hospital. Era una decena de mujeres hablando de ropa, joyas y yo nunca fui de hablar de grandezas. Hoy lo siguen haciendo, pero las chuleteamos, nos reímos con ellas y de ellas.

Cuando me separé, era la única del grupo con ese status. Fue un tiempo durísimo y todas salieron en mi ayuda. Me fui de la casa con mi mamá y dos de mis niños a un lugar donde a duras penas cabía yo. Ellas me iban a ver y no me decían nada, porque lo importante no era el lugar, sino vernos. Un día la Betina y su marido me ofrecieron una casa que tenían en Crescente Errázuriz para ayudarme a salir adelante. ¡Era enorme! Tan linda. El único compromiso era sacarle partido y cuando pudiera, empezar a pagar arriendo. Entre todas las del grupo me ayudaron a armarla, nunca me voy a olvidar de eso. Y allí estuve 22 años, crié a mis niños, recibí a los hijos de mi hermano que murió, convertí una parte de la casa en pensión e incluso terminé celebrando el matrimonio de mi hija en el patio. Me acuerdo que las viejas del té fueron a ayudarme a pelar, picar y cocinar todo.

A veces tenía tantos pensionistas que se me achicaba el panorama: el living, comedor y las piezas eran un solo espacio. Ahí mismo hacíamos el té, como si nada. Pasaron los años, volví a la que era mi casa en La Reina y mis amigas siguieron a mi lado.

Todo lo demás sigue igual. Si bien hoy tenemos entre 70 y 90 años, algunas amigas ya han muerto y otras nuevas se han sumado, seguimos juntándonos cada martes de 4:00 a 8:00 de la noche. Lo único que cambia es la casa y la anfitriona, porque siempre nos vamos turnando. Nuestras familias saben que tenemos este panorama, así que nadie nos interrumpe. De hecho, hijos, nietos, maridos, vecinas, taxis y radiotaxis nos acarrean para que logremos llegar. Eso sí, por el frío y porque estamos más viejas, en invierno nos juntamos semana por medio. Igual nos echamos harto de menos en esta temporada, pero en primavera volvemos a la frecuencia de siempre.

Cada semana la dueña de casa de turno arma la once con más o menos lo mismo: un traguito que puede ser un pisco sour, un pichuncho, un cinzano o un vino añejo, algo dulce como un queque, un postrecito o una torta, sanguchitos y té caliente. Más grande, más chica, da lo mismo, lo importante es juntarse, reírse y conversar.

Para mí la once es un momento de pasarlo bien, de respetar y acoger las diferencias, un lugar donde encuentro apoyo, cuidado y contención que me ayuda a no caer en la soledad. Mis hijos me adoran y yo a ellos, pero viven a otro ritmo. Aquí entre todas nos abrazamos, celebramos los cumpleaños, el Día de la Madre y salimos de paseo de fin de año a la costa. No puede haber nada mejor.

Carmen Esponda vive en un pasaje de La Reina, tiene 77 años y es parte de este grupo desde principios de los 70. Actualmente, además, es la tesorera.

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