Los 7 pecados capitales del Chile actual

Columnas

Los 7 pecados capitales del Chile actual

Por equipo Paula / ilustraciones cristián toro

Preguntamos a siete destacados columnistas cuáles consideran que son los ‘pecados’ que más le hacen daño al país, aquellos que nos impiden escucharnos, lograr acuerdos y crecer. Aparecieron clasismo, beatería, desprecio a las élites, lesbofobia, escandalizarse por todo, ‘huachitud’ y machismo. A continuación, las razones de cada uno.

01. SIEMPRE ESCANDALIZADOS, por María Angélica Bulnes, periodista de Tele 13 radio.
Por culpa de alguna vieja gritona que encontraba que todo era ‘atroz’ y ocupaba buena parte de su tiempo definiendo quién se había adjudicado el más reciente cupo en el infierno, para mí la pechoñería y la escandalera siempre han ido juntas. La alerta de beato o beata se me activa rápido cuando veo a alguien proclive a horrorizarse mucho y muy seguido.

Pensaba entonces que la consecuencia inevitable de un declive de la Iglesia Católica iba a llevar a una sociedad con menos juicios lapidarios y más espacio para entender los problemas.
No es lo que veo por estos días. La sutileza y el matiz están de baja, y en los debates, las redes sociales, los medios y la vida cotidiana abundan los siempre espantados, con el fósforo a mano y listo para incendiarse por la causa del momento.

Hasta dos décadas e incluso menos, la mayoría se regía por el dictamen exclusivo de ciertas instituciones: la Iglesia y sus cercanos definían qué era digno de condena y qué no. Como ahora tiene bastante menos poder para hacerlo, el escándalo no tiene dueño. Esa democratización ha tenido consecuencias positivas, ha permitido repensar qué es ‘pecado’ y gracias a eso una serie de actos y formas de vida aún condenadas por la jerarquía católica, el divorcio o la homosexualidad entre varios otros, son aceptadas con cada vez más naturalidad. Otra consecuencia es que caen mecanismos de protección. Hoy, a una serie de cosas que antes se consideraba simplemente faltas, se les dice delitos y ameritan sanciones y reparaciones terrenales en esta vida y no en la siguiente.

Pero como este es un poder recién adquirido, a veces lo usamos cual juguete nuevo, a destajo, todos los días y a toda hora. Casi nada se salva de ser motivo de escándalo y no hay matices ni sentido del humor. Ahí, por ejemplo, el último desafío que se impuso la alcaldesa Cathy Barriga, de saltar desde un auto aparentemente fiscal con una tenida ribeteada en chilenidad para hacer un sketch escolar al son de Drake no es un síntoma de que sus metas pueden ser algo cortas sino un horror que debe ser denunciado cuanto antes en la Contraloría.

Para otros la adopción por parte de las estudiantes universitarias del lenguaje no sexista -ese que en vez de decir “los niños y las niñas” lo cambia por “les niñes”- no es un asunto generacional asociado a sus reivindicaciones sino más bien el último síntoma de la decadencia de Occidente y su uso, tal como me aclaró una de sus detractoras, algo propio de las “ignorantes semovientes” (palabra que de acuerdo a lo que aprendí se usa en derecho para designar los bienes capaces de moverse por sí mismos… como el ganado).

Estar escandalizados y furiosos por alguna razón se ha vuelto así casi un rasgo colectivo distintivo de los tiempos. Todos los días y a toda hora hay algún grupo enojado, en versión máxima intensidad por lo último que pasó en la televisión, en la política o en el asiento de al lado. El problema es que, cuando todo se vuelve grave y se pierde el matiz se corre el riesgo de que todo deje de serlo.

Ahora, dicho eso, prefiero a la gente enojada que muda desinteresada.

02. EL PODER DE LA BEATERÍA (O LA BEATERÍA DEL PODER), por Héctor Soto, abogado y periodista, crítico de cine y analista político.
Es posible que el diccionario se quede corto al definir la beatería como la manifestación de devociones exageradas o falsas. Porque es más que eso. Hoy no solo es religiosa. También es política y cultural en sentido amplio. Y es un fenómeno que, además de describir comportamientos, tiene que ver con ese tipo de inseguridades que obligan a las personas a abrazar con incondicionalidad perruna una determinada ortodoxia, una cierta idea de pureza, de la cual el beato o beata se sienten custodios, agentes, centinelas, inquisidores y, llegado el caso, también verdugos.

La beatería tiene algo de sobreactuación, de entusiasmo arrebatado y ridículo. Cuentan que cuando la esposa del fundador del Time, Henry Luce, se convirtió al catolicismo, la señora se anduvo pelando el cable con las verdades asociadas a la vida de los santos y a los esplendores de la fe. Hasta sus amigas le hacían el quite. Pidió una entrevista con el Papa y, bueno, atendido su rango, se la dieron. Llegó donde Pío XII con sus evangelios y rosarios a cuesta y le habló al Pontífice con tanta vehemencia de las plenitudes de su conversión y de los misterios del dogma que en algún momento, dicen, el Papa la interrumpió:

-Sí, distinguida señora: toda la razón. Pero no olvide que yo también soy católico.

Si el beato es un personaje recurrente en Chile es porque nunca hemos sido una sociedad muy pluralista y tolerante. En los tiempos en que la Iglesia roncaba, y roncaba sobre todo en la clase alta, cuando la mojigatería iban de la mano del rosario y el clasismo, la beatería no solo prohibía la palabra poto sino también el divorcio, los escotes atrevidos, el sexo, las novelas picantes y cualquier forma de condescendencia con el mundo del deseo. ¡Fuera la inmundicia!

Con el hundimiento de la Iglesia y la muerte de Dios, claro, las cosas han cambiado su poco. A falta de un dios que adorar, es fácil terminar adorando leseras. Eso explica las nuevas versiones de la beatería local, asociadas sobre todo al fanatismo político, a las versiones más literales de la agenda progre o al discurso identitario de las minorías.
Esta beatería laica, además de hacer escarnio del conservadurismo, ahora prescribe un lenguaje de corrección política que obliga a llamar persona con capacidades diferentes al lisiado, trabajadora sexual a la puta y funcionario de la eliminación de residuos sólidos al basurero. La idea es suscribir un lenguaje que no duela, lo que en principio no está mal como idea. El problema es que de tan indoloro termina diciendo poco o nada, lo que es pésimo como resultado.

La beatería desconfía del pluralismo como la gacela del león. Y es una actitud que solo se entiende y explica a la luz de la intolerancia, de la incapacidad de aceptar las diferencias y de ejercer sobre el pensamiento un control de ribetes fascista.

A no perdernos: la beatería florece en la intolerancia, pero cuando realmente muestra sus garras es cuando tiene poder y pasa a ser mayoría o cultura dominante. Es ahí cuando comienza a asfixiar.

03.LESBOFOBIA, por María José Cumplido, historiadora.
A pesar de los avances que ha tenido Chile en los derechos de la comunidad LGBTQ, persiste la discriminación y violencia cotidiana hacia nosotros. Un tema particular que hay que poner sobre la mesa es la poca visibilidad que tiene la lesbofobia dentro de la discusión pública. ¿En qué se diferencia e, incluso, particulariza la lesbofobia? En que hay una doble discriminación y situaciones de abuso; primero por ser mujer y además por ser lesbiana. En esta situación se vive la doble sensación de peligro, no solo recibimos los abusos y violencias cotidianos de todas las mujeres, sino que se le añade la violencia por tener una orientación de género distinta. Un caso paradigmático es el de Nicole Saavedra, mujer lesbiana que fue asesinada hace unos años y que aún no ha tenido justicia. Su asesino sigue impune. Esto no solo demuestra el poco interés en resolver crímenes de odio, sino también la poca cobertura y la poca discusión pública sobre un problema que viven las lesbianas cotidianamente en este país.

Una de las banderas del feminismo siempre ha sido hacerse cargo de las discriminaciones cruzadas, porque sabemos que es muy distinto ser una mujer heterosexual de clase alta a una mujer pobre lesbiana. Las discriminaciones sí se van sumando, y las violencias también aumentan. Es por eso por lo que, desde el feminismo, es muy importante levantar estas banderas no solo para erradicar la violencia sino también para visibilizar a aquellas mujeres que tienen más dificultades para hacerse escuchar. Además, hoy somos testigos de nuevas oleadas de extrema derecha que continúan generando violencia en medios de comunicación y en las calles, insistiendo en que la comunidad LGBTQ no debería tener los mismos derechos que los ciudadanos y ciudadanas heterosexuales.

Es momento de decir basta. Hoy es necesario construir un país con menos violencia en donde todos seamos libres e iguales. Necesitamos reforzar como feministas la lucha particular de las mujeres lesbianas que exigen derechos de filiación, derecho al matrimonio igualitario, el término de la violencia y el fin de las impunidades. Necesitamos a más lesbianas en los medios hablando sobre sus problemas particulares y así generar no solo referentes sino una comunidad capaz de acoger a todas esas niñas, jóvenes y mujeres que aman a otras mujeres y que sufren violencia por ello. Acoger a quienes son expulsadas de sus casas, a quienes son golpeadas por andar de la mano con sus parejas, a las que el Estado no les permite reconocer a sus hijos, a quienes son echadas de sus trabajos, a las que deben esconder su orientación por miedo.

Si hoy vivimos en una nueva ola de feminismo, esta debe diferenciarse de las olas de los 80, donde también se invisibilizó a las lesbianas. En esta nueva ola, más transversal, más multitudinaria y más ruidosa debemos poner en el centro a todas esas otras mujeres: lesbianas, indígenas, afrodescendientes, etc. Debemos aprovechar el impacto y el cambio cultural para levantar nuevas voces y banderas y luchar por lo que siempre han luchado las feministas: un mundo más igualitario, más libre y sin violencia.

04.LA VÍA CHILENA DEL CLASISMO, Óscar Contardo, periodista y escritor. Autor de Siútico: arribismo, abajismo y vida social en Chile.
La naturaleza clasista de la convivencia entre los chilenos es un hecho. Y si escojo usar la palabra ‘naturaleza”, es porque los rasgos que cobra la arbitrariedad en el trato y la segregación en nuestro país tienen el peso y la dureza de una roca y el desparpajo de lo que, a estas alturas, nadie se atrevería a negar. No significa que el clasismo sea una invención criolla, ni algo que haya surgido porque sí; lo que vivimos es nuestra propia versión de un fenómeno muy latinoamericano, heredado de la Colonia, un orden en donde los prejuicios de clase confluyen con el racismo y se sostienen gracias el mestizaje. Proporciones distintas de ancestros europeos e indígenas que se disponen en un pantone de piel y rasgos físicos, acompañados de apellidos y símbolos de pertenencia. El resultado es una cartografía híbrida que supone una correspondencia entre aspecto -más o menos indígena, más o menos moreno-, origen familiar y educacional. El lugar en que se nace establece de manera casi inequívoca el futuro al que se aspirará; determinará los colegios, liceos, universidades y trabajos que cada quien desempeñe y el lugar que habitará. Esas son las líneas generales sobres las que hemos construido un edificio de límites, obstáculos y atajos que vamos aprendiendo en la medida que crecemos. Este orden cobra dimensiones y matices particulares en Chile.

Respiramos clasismo, nos alimentamos de él y lo reproducimos aun en perjuicio nuestro. ¿Somos más o menos clasistas que los peruanos o colombianos o mexicanos? No lo sé. Tal vez lo somos con distinto énfasis o lo vivimos de un modo más rebuscado, como una perversión amable, propia de una nación isleña, remota, que en doscientos años de república ha tenido una larga historia de estrecheces económicas interrumpida por breves períodos de bonanza. La precariedad material parece habernos obligado a aferrarnos a la obediencia como única manera de mantener el orden. A eso habría que sumarle las escasas corrientes migratorias recibidas, en comparación a nuestros vecinos del cono sur. Éramos siempre más o menos los mismos. No nos gusta lo distinto, nos acomoda la tranquilidad de lo persistente.

Parafraseando a Edwards Bello, nos conocemos tanto y con tanta dedicación, que hacernos daños es más que un vicio, un deporte. Hablo de ‘daño’ porque el clasismo consiste básicamente en herir y asustar. En ocasiones de un modo directo, en otras con sordina o tentando excusas. Heredamos el clasismo, lo llevamos impregnado y lo difundimos independiente del lugar de la pirámide en la que nos tocó nacer. La diferencia que existe al momento de invocarlo está en la asimetría de poder que ostenta quien lo ejerce. Enrostrarle a alguien su comuna de origen para zanjar una discusión no es lo mismo que burlarse del pije -antiguamente- o del zorrón playero. Acusar de ‘resentido’ a alguien es una descalificación que anula cualquier posibilidad de diálogo y alimenta el rencor y el deseo de revancha; usar la etiqueta de ‘abajista’ solo le recuerda al aludido que sus privilegios están a la vista a pesar de su pose de vencido por la vida.

El empresario que le pide a un head hunter buscar un profesional apropiado para un puesto gerencial, pero que en lugar de darle mayor importancia a los logros académicos o laborales restringe la búsqueda solo a los exalumnos de determinados colegios, lo que está haciendo es reforzando un mundo formado por estamentos.

Ese empresario puede predicar modernidad y progreso, pero su universo es el de la hacienda y los inquilinos. Asimismo, la estudiante que cambia su dirección de residencia en el currículum, hace un gesto de repudio a su propia realidad. ¿Es un gesto de arribismo o una estrategia de sobrevivencia en un medio hostil? ¿No será que nuestra sospecha sobre los arribistas no es otra cosa que la alarma del clasismo propio?

A estos ejemplos cabría sumarles los comentarios malignos de pasillo, el roteo de ocasión o la obsesión por los sociolectos -pollera, anteojos, demasiado, me da monos- que cumplen la función de reforzar los puestos fronterizos y repasar que el número de vallas adecuado siga en pie.

El clasismo es una fuerza hegemónica, que se corrige a sí misma y se filtra incluso cuando se le critica. ¿Cómo enfrentar los reclamos de los vecinos de la rotonda Atenas que rechazaban la construcción de viviendas sociales en su barrio? Riéndose de ellos, recordándoles que no por vivir en Las Condes son lo suficientemente elegantes como para reclamar. Nada más chileno que usar el clasismo propio para criticar el clasismo ajeno. ¿Qué se habrá creído este piojo resucitado? ¿Qué no se acuerda que antes no era nadie? Inclusive en la beneficencia la división de clases es clara, en obras cuya dirección y ejecución están reservadas a los hijos de familias de élite. Fundaciones que reclutan voluntarios en facultades universitarias de acceso exclusivo, eludiendo -o derechamente ignorando- a la clase media y manteniendo una mirada paternal sobre la clase baja. El clasismo en Chile logró que la caridad fuera confundida con la solidaridad y que la culpa fuera reemplazada por la justicia.

Me gusta pensar nuestra particular forma de convivencia clasista como una compulsión obsesiva sin más destino que mantenernos en el mismo sitio siempre, aun cuando la fantasía es que avanzamos. Como un perro que se muerde la cola; es una conducta estúpida, que no logra otra cosa que mantenerlo en el mismo lugar, mareados en giros inútiles ejecutados con la esperanza de dañarse a sí mismo. Somos ese perro, ese quiltro hechizado por el hastío de vivir en un mundo con un temor desesperante al cambio. Somos un territorio sembrado de señales de alarma que nos avisan el lugar que le corresponde a cada quien; somos un pueblo concentrado en acuñar palabras -roto, siútico, cuma, flaite- que condenen al intruso, lo hieran sin matarlo del todo, porque en sus cicatrices está nuestra felicidad y en su fracaso, nuestro regocijo.

05. MACHISMO Y DINAMITA, por María José O’Shea, periodista, editora de La Tercera PM y conductora de Radio Duna.
“El feminismo es una aventura colectiva, para las mujeres pero también para los hombres y para todo los demás. Una revolución que ya ha comenzado… No se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a los pequeños derechos adquiridos de los hombres, sino de dinamitarlo todo”. (Virginie Despentes, Teoría de King Kong)

Tres niñas de 16 años hablan del machismo en la vida cotidiana. Una dice que en su casa son los hombres quienes siempre se sientan en la cabecera. Otra cuenta que a sus hermanos los dejan decir garabatos y a ella no. Las tres se quejan del acoso callejero que viven y que nunca les toca ver a mujeres chiflando a un hombre en la micro. Les pregunto por las controvertidas cuotas. Si están de acuerdo, por ejemplo, en que sea obligatorio que la mitad del directorio de una empresa sean mujeres. Dicen que sí.

-Es obvio -acota una-. Porque entre un hombre y una mujer, en iguales condiciones, siempre se va a elegir al hombre porque las mujeres se quedan embarazadas.

En ese breve diálogo aparecen dos argumentos que considero fundamentales para enfrentar el machismo: la ausencia de igualdad de condiciones y, cómo no, el útero.

Creo antes que nada en el igualitarismo. “Mi poder no reposará nunca sobre la sumisión de la otra mitad de la humanidad”, apunta la escritora Virginie Despentes, una de las referentes del feminismo actual en su Teoría de King Kong.

Me gusta esa idea: la de no depender. La igualdad en derechos, en trato. La del respeto por las decisiones. La idea de que si se opta por una vida en pareja, la distribución del espacio o productos comunes -hijos, mascotas, o lo que sea- se comparta de manera igualitaria. Que en el mundo del trabajo se compita de igual a igual aun teniendo ovarios y pechugas.

Pero la idea de una sociedad igualitaria es todavía una utopía. Y para que deje de serlo, tiene que venir primero el feminismo. Incluso ese que quiere que explote todo. En el momento del cambio que vivimos, la radicalidad debiese aportar más que espantar. Lo que vemos como exagerado no lo es; los calzones colgando en los patios de la UC o las mujeres protestando pechuga al aire no son, hoy, exageradas. Son actos valientes y necesarios en la construcción de una sociedad que saque a las mujeres de la deidad doméstica y les equipare el terreno en todos los espacios en los que se mueven.

Cuotas, lenguaje inclusivo, marchas, nuevos protocolos en las universidades, empresa, en la calle, no son exageraciones. Nacen de una necesidad. De que la mujer se hartó de estar en desmedro de sus pares porque su biología hizo que en los inicios de la humanidad el hombre fuera el amo y ella la esclava, y así lo hemos perpetuado.

Y aquí viene la maternidad. A riesgo de ser lapidada, las mujeres tenemos una diferencia -¿ventaja o falla?- estructural: es nuestro cuerpo el que vino con útero. Una sociedad que quiere ser igualitaria debe hacerse cargo de eso. El feminismo levanta la voz no solo sobre la autonomía del cuerpo -parir debe ser una decisión-, sino sobre repartir el peso de la crianza. Porque ser padres -otra palabra del patriarcado- es tan grandioso como difícil; tan expansivo como restrictivo. Hombres que lleven a los controles del pediatra, hombres que sepan qué materias estudia su hijo o hija. Hombres que les den de comer y no se sientan que cumplieron por haber comprado la comida. Que paguen la pensión. Hombres que peleen por la tuición compartida cuando ya no viven en pareja.
Mirado con distancia, el asunto no parece tan complejo. Es educación para mirarnos como iguales; para que el tipo entienda a la primera que no es no y guarde su pulsión violenta. Para que la mujer no sea la que lava platos mientras él toma piscola y ve fútbol; ni la que sale del trabajo apurada -la mitad del sueldo y doble labor- porque tiene que hacer tareas mientras el padre pasa a tomar una cerveza con tal de evitar el horror doméstico.

No parece tan difícil. El punto es que para lograrlo, primero hay que dinamitarlo todo.

06.EL DESPRECIO A LAS ÉLITES, por Felipe Bianchi, periodista de la PUC y Premio Nacional de Periodismo Deportivo. Actualmente en Mega, Fox Sports y Radio Sonar.
No hay nada peor, más tonto e inútil que el desprecio a quienes son ‘diferentes’. Al extranjero, al de otro color, al que se aferra a una religión ‘impropia’ o a preferencias sexuales “salvajes y destempladas”. También a los que tienen otro origen social. Aunque, convengamos, a veces es difícil no caer en eso. Por ejemplo con la oligarquía de este país, surgida casi en su totalidad de un pasado pobretón y de escaso vuelo, históricamente más conservadora de lo necesario y evidentemente más inculta de lo que se requiere para el progreso. Una oligarquía que no ha mostrado -salvo honrosas excepciones y en esporádicos momentos- cosas para enorgullecerse.

Si acompañamos eso con la permanente intención de hacer trampas y con los delitos originados en el feroz escenario de decadencia moral y profesional al interior del Ejército, de la Iglesia, de las universidades, de los gobiernos, de los partidos políticos, las empresas y hasta de los clubes de fútbol… es obvio que, al menos en Chile, el tope de la pirámide no tiene cómo alardear ante el resto sin generar vergüenza ajena. Qué decir respecto de sus apuestas éticas: los que fueron capaces de apoyar y defender, de corrido, a Pinochet, Karadima, Maciel o Paul Schaffer, por dar solo un puñado de ejemplos, no están precisamente capacitados para seguir dando lecciones al interior de la comunidad.

Todo eso es cierto. Sin embargo, y a partir de ello, ha surgido un ‘problemita’ que se está transformando en una suerte de vicio nacional. Un viejo pecado del nuevo Chile: el desprecio de signo contrario (de abajo hacia arriba) que tampoco conduce a nada. En la búsqueda de un antídoto para las élites, o de un simple y merecido castigo, el remedio ha resultado ser peor que la enfermedad: la adoración al dios Participación como lo más importante, casi lo único importante, no es bueno ni sano.

Entre otras cosas porque élite no es sinónimo de oligarquía. No tiene o no debiera tener nada que ver con cuna. La aparición del término está íntimamente relacionado con los ideales republicanos: quienes ejerzan el manejo y la guía cultural de una sociedad deben ser escogidos “por sus virtudes y sus méritos” y no por su origen familiar. La verdadera definición de élite es la de un grupo, o en rigor varios grupos de personas (las élites sectoriales), con mayores conocimientos y capacidades que el resto e integradas horizontalmente gracias a relaciones medianamente armónicas. Marcadas por el desafío de no esconderse en una torre amurallada sino de tener un contacto fluido con el resto de la población. En buenas cuentas, un bien. No un problema.

¿Dónde nos perdimos, entonces? ¿Qué es eso de evitar las élites sorteando los cupos en los buenos liceos y hasta la llegada al Congreso, sin mayores requisitos? ¿O la tontera de hacer encuestas televisivas con cualquiera que vaya pasando respecto de si es bueno o malo torturar? ¿Nos volvimos locos con tal de que todos participen? Hoy, a muchas universidades del país se ingresa solo pagando, sin requisito alguno de capacidad, lo que va contra de los preceptos más básicos de la civilización. Una universidad no es solo un espacio de integración social sino, y ante todo, el polo de investigación, desarrollo, innovación y pensamiento de un país. Hay que cuidarlas.

La élites no son, solamente, un grupo de desalmados, egoístas, conservadores y tramposos. Son, o debieran ser, un grupo de gente que, independiente de su cuna y origen, estudió más y pensó mejor. Dejarlos de lado, aplastarlos, minimizarlos, combatirlos, reemplazarlos por cualquiera, meterlos a todos en una misma majamama como la del tango Cambalache, no solo es un error: es un pecado grave. Que tarde o temprano cuesta muy caro.

07.HUACHITUD, por Constanza Michelson, psicoanalista y escritora. Columnista en The Clinic, La Tercera y Huffington Post (España).
Un hombre recordaba cómo en la infancia lo inquietaban los suspiros de la madre. Un suspiro es una respiración tan larga hacia dentro, como para alcanzar a tocar el corazón y expulsar el secreto envuelto en aire tibio. Y qué secreto tiene una madre, pues sino el de que en ella habita una mujer que no coincide del todo con el rol materno. El hijo, a pesar de conocer a esa mujer por dentro, no quiere saber demasiado de ese secreto. El hijo soporta ser huacho de padre, pero no de madre. A la madre la quiere completa.


Chile es ese hijo. Tiene el origen común del resto de Latinoamérica, una colonización que parió hijos de padre desconocido y, además, la particularidad de un mito fundante: la huachitud del padre de la patria. Como escribió la antropóloga chilena Sonia Montecino en Madres y huachos, somos de una bastardía esencial. Si huacho en la lengua quechua alude a un huérfano protegido por el incanato, en el imaginario del Chile de aspiración europea nombra una vergüenza y la hipertrofia de la figura de la madre, quizás a modo de compensación. No hay padre ni una tribu que acoja a sus crías, pero al menos hay una madre santa y sacrificada.

Ahí donde el dicho “la madre es sagrada” se hace carne, hay un suspiro de mujer que se disputa entre la virtud y el agobio.

El pecado del abuelo de la patria, don Ambrosio, funda esa institución tramposa: la madre chilena. Su ausencia se trasvasija sintomáticamente en la vergüenza del hijo, por eso la madre lo viene a salvar, inventándole un padre. Cada vez que la madre tradicional decía al hijo “y qué diría tu padre”, aun cuando, presente o no, ese hombre no tuviera demasiado que decir, esa mujer lo estaba creando. Ella entonces investía a un hombre con la dignidad patriarcal, para salvar al niño del desprecio social.

A Chile se le pasó la vergüenza. Al igual que en el resto de las sociedades occidentales, las instituciones patriarcales han ido haciendo agua: a los militares, curas, profesores y padres se les cayó el uniforme. Cambió la moral. En Chile nunca más un hijo sería ilegítimo. No más huachos.

La madre, en los tiempos del Chile del jaguar, pasó a ser la mujer multitask, la que podía gozar del entusiasmo de la apertura económica, siempre y cuando siguiera siendo abnegada en su rol materno. La madre todo lo puede.

La mujer cansada de los noventa fue dando paso a otra importación del imaginario materno: la madre actual preocupada del apego. Muchas aceptan abandonar el cuento del éxito profesional a costa de la familia. Ya no tiene que inventar a un padre para incluir al hijo en lo social, una madre hoy puede ser sola, o incluso de cualquier sexo. Aunque los padres contemporáneos se motivan y participan de la crianza activamente, las madres siguen suspirando. Las nuevas tendencias del parto con dolor, los manuales de crianza, y otras exigencias, decantan en Chile en la orfandad, ya no de padre, sino que de tribu. Tanto la mujer empoderada de los noventa como la madre (hombre o mujer) posmoderna siguen esclavas a la santidad: la reproducción de la especie y todos sus costos se viven de manera privada.

Porque en Chile la bastardía esencial no cesa en el vicio de la privatización de la vida. Madre es el nombre de un oficio solitario, donde nada coincide: los sueldos, el costo de salud, los horarios de las salas cuna y del trabajo. Solo una madre sacrificada se las arregla.

En el primer gobierno de Michelle Bachelet, una madre adicta falleció en la calle. A su hijo de dos años lo encontraron muerto debajo de una cama con un pedacito de pan. Ningún pariente, ningún vecino se dio cuenta a tiempo. La Presidenta declaró que en Chile nunca más un niño estaría solo. Pero seguimos huachos, taciturnos en la falsa moral del mérito personal.

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